La minería, como los toros, como el futbol… tiene su propio vocabulario, que para los mineros siempre resulta familiar. Pero, además, cuando se aborda el tema desde el mundo sindical, desde la política o desde los medios de comunicación se utilizan una serie de expresiones, que, de tanto repetirlas, se convierten en tópicos. Así por ejemplo se emplea con mucha frecuencia la expresión “sector minero” o “sector de la minería”. Pues bien, hoy queremos hablar del sector minero.

Cuando allá por la década de los noventa comenzó la mal llamada reconversión industrial que afectaría muy directamente a dicho sector minero, algunos advertíamos que más que de reconversión había que hablar de destrucción. Desgraciadamente el tiempo nos ha ido dando la razón y hoy, cada vez que se oye hablar de minería uno se pregunta: ¿Pero todavía quedan minas? ¿Dónde están? Porque nombres tan emblemáticos como Antracitas de Fabero, Combustibles de Fabero, Antracitas de Marrón, Gaiztarro, Escandal, Caleyo, Negrín… son ya meros nombres para la historia…  y en las centrales térmicas nuestro carbón es el gran ausente.

Lo cierto es que todos los políticos, da igual del signo que sean, hablan siempre de su gran preocupación por el sector minero, pero uno llega fácilmente a la conclusión de que o no saben de qué están hablando o de que mienten deliberadamente, puesto que con unos y con otros las cosas siguen igual, es decir, cada vez peor. ¿Quién tiene la culpa?

Hoy día el carbón se encamina fundamentalmente para quemar en las centrales térmicas y producir electricidad. Las centrales quieren comprarlo al menor precio posible y, evidentemente, es más competitivo, más barato, el carbón que se importa de países extranjeros que el que se produce en nuestras minas. Y al empresario minero le resulta más rentable importar el negro mineral que producirlo. En consecuencia la minería, especialmente la de interior, está condenada a muerte. Hemos canonizado la economía de libre mercado y como lo único que importa es ganar dinero y cuanto más mejor en esa lógica nuestras minas sobran.

Aunque las comparaciones sean odiosas, supongamos que se hiciera otro tanto con la uva. El vino del Bierzo tiene mucha y merecida fama. Imaginemos que en otro país o en otra zona se consiguen plantar miles de hectáreas de viñedo con una calidad semejante a la berciana y bastante más barata, y que en lugar de hacer vino con las uvas del Bierzo se hiciera con las de fuera. Habríamos hundido gran parte de la agricultura berciana. Pero ¿eso puede ser aceptable? Más o menos es lo que pasa con el carbón.

En realidad desde los inicios de la “reconversión” ya estaba dictada la sentencia de muerte de la minería. Para evitar un conflicto social se hizo el invento de las prejubilaciones y, si bien nos alegramos por quienes disfrutan de ellas, hay que reconocer que parece un poco o bastante sospechoso que se haya optado por una opción nada rentable como es pagar lo mismo sin trabajar que trabajando. En definitiva lo que se pretendía era que desaparecieran poco a poco los mineros para poder cerrar las minas. Otro tanto podría decirse de las subvenciones a las empresas. Subvenciones ¿para qué? ¿Para invertir en las minas? Todo indica que no ha sido así y ello nos mueve a pensar que tenemos motivos para ser comprensivos con el ministro de industria, que no parece dispuesto a regalar un dinero cuyo destino tal vez poco o nada tenga que ver con la minería.

Entre tanto, la carretera que une mi pueblo con el puerto de Manzanal es un ejemplo de buen trazado y ejemplar conservación. Sería demasiado ingenuo pensar que sus promotores buscaban el bien de La Cepeda, haciendo a sus gentes más fácil la comunicación con El Bierzo. Queda claro que  se construyó y se conserva para que cientos de camiones acerquen a la Central Térmica de Compostilla el carbón extranjero que desplaza sin piedad al autóctono.

Habida cuenta de todo esto, ¿qué quieren decir o que piensan hacer aquellos que hablan tanto de salvar el sector minero? Ahora no lo sabemos, pero resulta fácil de demostrar cómo en su día bastantes políticos y sindicalistas sucumbieron en el intento de defender todo lo que se ha ido perdiendo, vendiéndose cada cuál sabrá a qué precio. Y ahora ¿qué?