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El inmoralista
El crepúsculo de los dioses

Por Arturo Suárez-Bárcena.
Actualizado el 27/01/2010 a las 16:20(CET)
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Eran como media docenita. Los veía como pavos reales revestidos de oropeles, papel timbrado, en alguna ocasión una levita un tanto desfasada y la arrogancia del que sabe que está más allá del bien y del mal, que es como se siente todo hombre cuando está haciendo fortuna, cuando los balances arrancan una sonrisa de lado y las cajas fuertes se nutren de doblones de oro, incienso y mirra.

Eran como media docenita, los había serios y con cara de colegiales reprimidos, serios y enlutados, con ese aire de niño tímido y empollón al que luego las notas le salen bien y los padres y los tutores están muy orgullosos, pero que sin embargo caen mal entre el populacho, entre los ramplones y los golfos; los había de una sonrisa infanticida, de unas arrugas disimuladas y un atuendo muy Ágatha Ruiz de la Prada, eran los que huían de los formalismos y convencionalismos, pero que, sin embargo, habían elegido un camino inadecuado para su propósito; estaban los que arrastraban los silencios como si arrastrasen una pila de santidad y agua bendita, los que tenían ese aspecto de opusino del que su propia sombra huía, estaban, en fin, los de siempre, los que nunca quisieron abandonar una zona o una calle, anclados a un origen del que los números no consiguieron apartarlos.

Eran como media docenita que miraban desde un alto torreón, eras los felices años en los que las viviendas se multiplicaban y las nuevas edificaciones eran torreones borgianos que ocupan los desmontes y los antiguos solares que no valían gran cosa, era la época dorada del ladrillo, cuando el que no sabía qué hacer sabía que tenía que meterse a promotor, cuando hasta el que no supo atarse los zapatos aprendió a construir unifamiliares. Era el momento glorioso en el que la media docenita, o algunos de la media docenita, invitaban a los tipos de las inmobiliarias, o a los tipos de las constructoras, una comida, varias firmas, varias comidas, más firmas aún, y así la vida pasaba en rosa como en las viejas canciones de Edith Piaf.

Era el momento de lucir joyas, coches y vanidad. Los locales de negocio, almidonados con rótulos que le dan la santidad de lo que debiera ser un servicio público, estaban atestados de hombres con maletines en cuyo interior rebotaban papeles con valores desconocidos, atestados de tímidos mileuristas que se lanzaban a la aventura más humilde que era comprarse una vivienda, esa aventura que tan poco tiene que ver con las de los grandes conquistadores o los afortunados seductores, pero que era todo un derroche de adrenalina cuando se estampaba una firma y uno se sabía propietario de nada, porque en realidad el único que ostenta el dominio en forma de prestamista es el señor del banco, Botín u otros tantos como él, o sea.

Pero se fue pasando de la concurrencia abundante, del griterío y correrías por los pasillos, del no puedo atenderte, letrado, de la loca euforia de los primeros años del segundo milenio, a la soledad y el silencio actual, a los pasillos pisados por nadie, a los dioses que pasean desconcertados entre habitaciones en las que ya nadie les espera, en las que fuman con la mirada perdida y hablan solos de los tiempos pasados. Puede que tuvieran mucho de Norma Desmond, de la gran actriz del cine mudo que no quiso entender que toda la gloria que acaparó en los años precedentes se había disipado como se disiparon las ambiciones del Führer o como se disipó el Ciclón B en las duchas de la muerte, no, seguramente él, ella, ellos, ellas, no querían entender el cambio, como no lo quería entender la actriz que no pudo incorporarse a la locomotora del sonido, a las películas en las que el gesto ya no lo era todo porque había unas palabras que suplían la exageración de expresividad que requirió la época anterior. Él, ella, ellos, ellas, la media docenita no querían entender el ocaso de los dioses y seguían por la calle con el talante altivo mientras, probablemente, en otros lugares, los otros dioses, ya habían iniciado los despidos de los que fueron contratados hace menos tiempo, cuando se los necesitó para dar el servicio desmedido de los años del boom.

En cierta ocasión me lo dijo un catedrático, cuando me explicaba la diferencia entre el secretario judicial y el notario: el primero da fe, el segundo la vende. Pues la fe, que tanto y tan cara se vendió en los últimos años, ha caído en un ateísmo profundo que amenaza con prolongarse.

Doy fe.

 
 










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