No es de ahora no, que ya hace muchos años que Astorga está lastrada por una serie de carencias fundamentales. De esas carencias el tema candente de la estación de tren, que eclosiona en los últimos días, representa un buen ejemplo. Son temas que aparentan una importancia secundaria pero, con el paso inexorable del tiempo, no hacen otra cosa sino agudizarse hasta aflorar la gravedad que no parecen tener cuando lo cierto es que contribuyen a sentenciar de muerte nuestro progreso.

Hace mucho que no paseo por la estación de tren y si no paseo por un lugar tan bucólico y entrañable es porque la última vez que lo hice se me cayó el alma a los pies. Recuerdo que me pasé casi una hora sin observar la presencia de empleado alguno, parecía un lugar olvidado, como ausente de vida, desangelado, sucio, triste; lo que, en otra época, había sido un bar era una estancia fría, vacua, inservible. De inmediato pensé en la imagen que se llevarían de Astorga los viajeros de paso habiendo contemplado todo esto y recordaba con nostalgia el bullicio de otros tiempos cuando aquella mujer tenía que gritar fuerte, para hacerse oír, ¡mantecadas, hojaldres!

La cuestión es que tampoco podemos tirar cohetes si acudimos a nuestra estación de autobuses aunque, por suerte, allí existe un restaurante de calidad que le aporta al lugar la vida de la que carecería de no ser por su existencia. Cuando estuve destinado en Madrid y tenía que subir al autobús en la gasolinera a las tres de la madrugada, solitario y congelado, me preguntaba si nadie entendía que una estación de autobuses debe existir básicamente para no pasar por estos trances, para estar a cubierto de madrugada y calentito tomando un café mientras llega el transporte esperado.

Hace tiempo que es un problema repostar nuestro vehículo de madrugada en esta ciudad, se ve que tampoco nadie es consciente del gran inconveniente que esto puede representar. Más de una vez, estando de guardia, mi despiste y la ausencia de gasolineras abiertas, me obligaron a tener que pedir prestado un coche a altas horas para acudir raudo a cumplir con mi deber. De camino pensaba en el problema que hubiera tenido si se hubiera tratado de una urgencia vital en mi familia puesto que, por entonces, yo era el único motorizado en el seno de la misma.

Cuando el actual centro de especialidades (perdón, ¿es un centro de especialidades?) estaba próximo a su inauguración le pregunté a relevante persona si ese centro contaría con un paritorio y me aseguró, me prometió, que iba a ser así. Hoy, no solo carecemos de paritorio sino que realmente las “especialidades” son realmente escasas. La importancia de una sala de maternidad es imprescindible para esta ciudad si de verdad quiere llamarse ciudad. Para empezar, hoy por hoy, es falso lo que reza en el DNI de nuestros niños cuando leemos “nacido en Astorga”. Tan solo por una triquiñuela legal del Registro Civil que permite, en virtud del art. 16.2 de su Ley, inscribir a un bebé como “nacido a todos los efectos legales en el lugar en que se realice el asiento de nacimiento” podemos pensar que existen niños astorganos de nacimiento cuando no es realmente así. Evidentemente esto del lugar de nacimiento no es sino un motivo de orgullo para disponer de la sala de maternidad pero lo más importante que debe justificar su existencia es la integridad de nuestras mujeres y de nuestros hijos que pueden venir al mundo camino de León con el consiguiente riesgo e incomodidad.

Es indiscutible que los vientos soplan de otra manera actualmente, o que al menos soplan, y que, poco a poco, vamos saliendo del ostracismo, del tedio y de la parálisis que sufrió la ciudad en la legislatura anterior. No obstante lo cual debemos tener muy en cuenta carencias como las que he venido a recordar aquí con un puñado de ejemplos que son la punta del iceberg, carencias muy nocivas, las unas por imagen y las otras por el bienestar y la salud de los ciudadanos. Hay que entender al empresario cuando se da cuenta que su negocio no es rentable por la noche o en ciertos lugares pero es ahí donde debe ser ayudado por los organismos públicos porque el funcionamiento de algunos servicios es tan vital que no debe ser valorado por la cadencia de sus usuarios sino porque pueden ser imprescindibles en un determinado momento para Juana y en otro para Juan; es el mismo símil del ascensor, el vecino del primero puede que lo use menos pero al final lo tendrá que usar un día. Es tarea complicada solventar estas cosas, lo sé, pero no cabe duda que podrían paliarse en gran medida con la colaboración estrecha entre empresarios y organismos públicos, todo redundaría en la calidad de vida del ciudadano y en la prosperidad de la ciudad.