Son malos tiempos para los arquitectos. Desde el llamado “estallido de la burbuja inmobiliaria” este gremio ha tenido que bajar unos peldaños en sus honorarios y realizar trabajos que antes eran propios de aparejadores y arquitectos técnicos no superiores. Es como esas constructoras medianas que no cayeron pero redimensionaron su plantilla y recursos materiales para especializarse en reformas y mantenimientos con tal de seguir en pie.

Tulio García, el joven de rizos que soñaba mil y un proyectos para realizar en su Ponferrada pronto encontró en Ciudadanos la firma que le catapultaría al mercado o, cuando menos, a pelear por hacer realidad muchas cosas que en sus años de estudiante de Arquitectura diseñaba para la capital del Bierzo. Los de color naranja tenían en él lo que buscaban: joven, bien parecido y con formación. Y así se convirtió en un día coordinador de Cs en Ponferrada.

El Partido Popular, cuyo drama interno se devoraba a Carlos López Riesco, colocó a Gloria Fernández Merayo como cabeza de una lista donde la renovación fue casi absoluta y, en segundo lugar, el golpe de efecto ante la posible fuga de votos hacia Ciudadanos se intentó amortiguar con el sorprendente fichaje de Tulio García, quien finalmente sería el número siete de la candidatura. Desde entonces, todo hay que decirlo, en la formación naranja no existe un liderazgo orgánico, esto es interno, claro. Aún así los correligionarios de Albert obtuvieron dos concejales.

Tulio en el PP era un extraño. Un pulpo en un garaje. Pero su juventud e inexperiencia le permitían a priori labrar un futuro dentro del centroderecha ponferradino. Además, la concejalía de Urbanismo le favorecía el intentar hacer realidad su sueño arquitectónico de Ponferrada. Pero el sueño, el bonito sueño, ha tenido un amargo despertar. La ciudad que más cambió para mejor en su fisonomía urbana había dejado de tener recursos económicos; una crisis económica también había frenado en seco la iniciativa privada. Gobernar en mayoría minoritaria añadía mayor dificultad y el engranaje no acababa de funcionar.

Anécdotas aparte, como el de utilizar un vehículo municipal en fin de semana para “visitar las terrazas”, fue una prueba de la maldad del juego político. La oposición, fragmentada, pero con experiencia, no le pasaba una. Y a este sarampión juvenil se añadían las jugadas con la prensa. Tulio caía bien pero el gremio sabía que hablaba confiado hasta un poco más de lo políticamente aconsejable. Pronto también sufrió en sus carnes el juego del tira y afloja entre periodista y político.

¿La gota final? Francamente no la sabemos. Pero lo de “volver a su profesión” no nos lo creemos. Esa es la verdad. Más bien la tendencia general en la ciudad ha sido, y tan solo han pasado unas horas de este artículo, en pensar que el chico ha dicho: “Basta”. Y se fue del sueño para vivir la cruda realidad.