En estos últimos días el Alcalde de mi pueblo ha manifestado su enorme enfado a través de los diversos medios de comunicación. No he tenido tiempo de ver los telediarios, pero lo he visto en vivo y en directo, mientras contemplábamos cómo la bella, frondosa y extensa sierra de mi pueblo, Quintana del Castillo, era reducida cenizas. Mientras el Alcalde hacía unas declaraciones llenas de indignación, veíamos acercarse las enormes llamas y revolotear en medio de la desesperación a centenares de aves rapaces. Peor suerte habrán tenido los corzos y los jabalíes, que no tienen alas para volar.

Los dos hombres que intentaron combatir el fuego en sus inicios tuvieron la mala suerte de que, si se descuidan, ellos mismos son devorados por las llamas, como lo fue el camión  contra incendios que quedó totalmente calcinado. Les deseamos la más pronta recuperación. Más tarde llegaron otros efectivos, terrestres y aéreos,  y, no sin un gran esfuerzo, consiguieron que el fuego se detuviera. Hasta aquí todo aceptable, menos lo destruido en terreno de Palaciosmil, que no de Villameca. De momento la sierra de Quintana seguía espléndida y exuberante. Llegó la noche, y todo el mundo en paz. Tal vez este fue el gran error: el exceso de confianza.

Al día siguiente el fuego se reavivó y siguió avanzando.  No es la primera vez que arden esos montes. Hasta hace no muchos años cuando surgía un incendio, en el monte o en los pueblos, al toque de campana acudía el vecindario y lo controlaba. Recuerdo perfectamente la última vez que subimos para apagar un fuego en una zona que ahora también se ha visto afectada. Era un dolor ver arder los pinares. No teníamos agua. Tan solo ramas de roble, y un mechero. Con todo el dolor de corazón prendimos fuego a otros pinares cercanos, conscientes de que ese nuevo fuego iría hacia el frente que venía ardiendo, formando así una barrera. No pretendemos ser simplistas ni siquiera tener razón, pero la impresión que hemos sacado estos días es que ha habido descoordinación y falta de pericia. Es cierto que no faltaron helicópteros e hidroaviones y que al final día, e incluso entrada la noche, aparcó por allí todo un ejército, y nunca mejor dicho, con infinidad de camiones y máquinas, pero las llamas seguían avanzando. Me consta que la gente, como el Alcalde, está muy quemada, si se nos permite la expresión. Es posible que quienes han dirigido la operación piensen que lo han hecho bien y no negamos su buena voluntad, pero los resultados han sido nefastos.

Lo que queda claro es que, con un poco más de esfuerzo o de gasto el primer día, se habrían ahorrado muchos miles de euros, porque no se hubiera destruido tanta riqueza, y porque se evitarían los gatos del impresionante despliegue de medios de los días siguientes. Y para qué hablar si se invirtiera más en limpieza de montes, cortafuegos, vigilancia y buena preparación del personal. Créanme que el enfado del Alcalde está más que justificado.