Aunque ya ha quedado atrás la Semana Santa y este artículo pueda parecer anacrónico, no deseo pasar por alto la celebración del vía crucis  celebrado en el Castillo de los Templarios de Ponferrada. Sinceramente creo que nada tiene que envidiar al que cada viernes santo tiene lugar en torno al Coliseo en Roma, presidido por el Papa. Salvadas las distancias entre el anfiteatro romano y la fortaleza templaria, por lo demás,  si hubiera que establecer algunas diferencias, éstas serían a favor del vía crucis berciano. El marco tan singular, la iluminación, la megafonía, la lectura de los textos por Yolanda Ordás y por Servando, el sacristán de la Encina, la música., el clima de silencio y oración, todo esto han hecho que de los actos de la Semana Santa ponferradina éste destaque de manera especial.

La verdad es que, cuando entrábamos el Castillo para participar en esta oración resultaba un poco penoso ver a mucha gente salir, como que la cosa no iba con ellos o como quien no está dispuesto a hacer ningún sacrificio por quien ha muerto por nosotros. Afortunadamente fueron muchos los que participaron con devoción.

Lo que ya no es tan fácil de evitar es la llegada a la vida de cada persona de la cruz o cruces que a todos nos toca llevar. O sea, que más bien es imposible sustraerse del auténtico vía crucis que unas veces se llama enfermedad, otra fracaso personal, muerte de un ser querido, desengaño amoroso, problema laboral, familiar… Y la verdad que no es lo mismo vivirlo en solitario y sin ayuda que teniendo como referencia a quien llevó primero su cruz de manera tan ejemplar.

Pero, sobre todo, estamos asistiendo a un vía crucis imparable en varias partes del mundo, en el que seguidores de Jesús están siguiendo sus mismas huellas y dando la cara y la vida por Él, como esos ciento cincuenta universitarios cristianos de Kenia, o los doce cristianos arrojados hace unos días al mar, o las más de doscientas niñas nigerianas secuestradas y otros miles de cristianos que han tenido que dejar sus casas y sus trabajos, mujeres violadas o vendidas como esclavas, cristianos crucificados, decapitados, quemados o enterrados vivos…

Entre tanto nosotros no estamos dispuestos muchas veces a hacer lo más mínimo por nuestra fe. Ellos llenan las iglesias aunque puedan morir quemados o fusilados en ellas, y nosotros nos quedamos cómodamente en casa o preferimos cualquier cosa a participar en las celebraciones religiosas. Y generalmente, cuando nos quejamos, nos quejamos de vicio.

Aquel primer vía crucis de la historia fue necesario para nuestra salvación, pero también el que a cada uno le toque hacer en su propia vida. No consintamos en que sea un camino a ninguna parte que sólo nos trae sufrimiento y hagamos de él también un camino de salvación.