“Bienaventurados cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa, alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5, 12).

 

Muchas han sido las persecuciones que ha padecido el cristianismo desde sus orígenes: entre otras las llevadas a cabo por los judíos en los primeros tiempos; las diez persecuciones romanas, desde Nerón a Juliano; las acaecidas durante la Revolución Francesa (la Vendée, primer genocidio del mundo moderno); y todas las del siglo XX que costaron la vida a unos 45 millones, entre los que contamos a 10000 católicos en España. Lejos de cesar, esta sangría continúa y las cifras de asesinados por seguir a Cristo se mantienen en lo poco que llevamos de siglo XXI pues las persecuciones se intensifican en dos vertientes: las que generan genocidio (Irán, Pakistán, Indonesia…) y las que no lo generan, por ahora, como las de la izquierda radical y anticlerical en España que es la que tenemos más cerca.

A pesar de ese tortuoso trayecto y según las últimas estadísticas, dos mil ciento treinta millones de personas se declaran cristianos, lo que supone aproximadamente un 34% de la población mundial; de ellos, el 50%, mil sesenta y cinco millones de cristianos aproximadamente seríamos católicos y, a gran distancia, nos seguirían los cristianos ortodoxos. En España los cristianos católicos por sí solos, y según diversas fuentes, estaríamos en una horquilla del 70-75% de la población total. Puestas así las cosas, es evidente que si el catolicismo fuera un partido político ganaríamos siempre las elecciones por mayoría absoluta aplastante y no estaríamos hablando del fin del bipartidismo porque imperaría el monopartidismo. Por suerte para todos los anticlericales nunca seremos un partido político.

Ante tales datos la pregunta inmediata sería ¿cómo es posible que la creencia más numerosa a nivel mundial y nacional sea la más perseguida? Dos son las causas principales a mi modo de ver. La primera es que la inmensa mayoría de los católicos, en especial nuestros jerarcas, no responden a las provocaciones. La minoría anticlerical se distingue precisamente por lo contrario, esto es por lenguaraces y provocadores al máximo, dando la impresión de ser muchos más de los que son. En segundo lugar, los católicos de a pie tenemos lo que yo llamo “los leones devoradores de nuestro tiempo”, la vergüenza y el miedo de reconocernos como tales. Una causa alimenta a la otra sin solución de continuidad puesto que cuantas más voces dan los anticlericales tanto más se crecen ante nuestro silencio y tanto más nos acoquinan. Surge entonces un complejo debate tal cual es si el católico debe ser combativo y cuáles deben ser las armas que debe utilizar. Entre seguir estrictamente la doctrina de Cristo, en cuanto a poner la otra mejilla, y la espada de los cruzados existe, a mi juicio, una posición intermedia: el combate con la palabra y la valentía para pregonar a los cuatro vientos nuestra condición y nuestra doctrina. De esta vergüenza, de este miedo me doy cuenta cada día pero, por ejemplo, lo constaté palpablemente en la presentación de una gala navideña católica cuando expuse el mismo discurso y al pedir reconocer a voz en grito “soy cristiano” solo pude escuchar un pequeño y acomplejado murmullo.

Las redes sociales han sido tomadas al asalto por la minoría anticlerical mientras el miedo de la mayoría silenciosa se hace evidente. En ocasiones surgen luces en el túnel como la campaña “respeta mi fe” en la que varios famosos clamaban por ese respeto frente a las ofensas de FEMEN o de Rita Maestre, entre otros. Pero no basta, los católicos necesitamos ser valientes, vencer el león devorador de nuestro tiempo y asumir que el nuevo martirio es superar la vergüenza que no tienen los que van contra nosotros. Debemos auto-convencernos que ser católico no es ser rarito; somos seguidores de Cristo cuya doctrina se asienta en la solidaridad, la misericordia, la fe y el amor al prójimo y, por eso, no debemos dudar de vocear tan alto como nos sea posible y de escribir muy claro “soy católico”.

Es muy evidente que Zapatero se equivocó, no existe una alianza de civilizaciones sino un choque frontal entre las mismas, una lucha fratricida entre la barbarie y la humanidad, una invasión del mundo occidental acobardado por nuestros propios dirigentes que no nos defienden cuando nos asesinan en las calles y, curiosamente, nos piden limitar el derecho fundamental de la libre expresión para proteger una identidad que tienen el deber de salvaguardar ellos sin que tengamos que agachar la cabeza renunciando a derechos, avances, costumbres o tradiciones. La dejación de nuestros dirigentes, la ingenuidad de los palmeros izquierdistas y nuestra propia vergüenza y cobardía son los pilares sobre los que se sustenta el avance de culturas nocivas para la preservación de los logros materiales y morales de occidente. Opto por el combate con la palabra pero no me cabe la menor duda que, si las cosas siguen así, llegará el momento de una décima cruzada, eso o la destrucción en el mundo occidental y civilizado de derechos y libertades que costaron mucha sangre, mucho sudor y muchos siglos.

A disfrutar de la Navidad autóctona, es una de nuestras costumbres más entrañables y no debemos permitir que nos la roben ni gente despreciable como Cármena, con sus ideas estúpidas de suprimir la Navidad para celebrar el solsticio, ni los yihadistas con su terror y sus costumbres tan bárbaras como foráneas. Una cosa más, los que clamáis contra la Navidad o la Semana Santa ser consecuentes, no disfrutéis de la celebración y, por favor, no dejéis de acudir a trabajar.