Nunca antes en la principal formación política de Castilla y León, el Partido Popular, se habían celebrado unas primarias. Bienvenida la apertura en los procedimientos en un protagonista de nuestra sociedad que solía designar “digitalmente” a sus líderes, quiero decir, a los sucesores de los líderes salientes.

Pero independientemente de lo sucedido durante toda la semana que culmina, no deja de asombrar las cifras de afiliados -por miles- que presentan los partidos políticos y que resulta que a la hora de la verdad no son tantos. No sólo en el centroderecha, en todos están presuntamente infladas las listas. Una cosa es el simpatizante que, quizás dio sus datos en una ocasión, y pasaron los años e incluso se ha presentado por otras listas en su pueblo pero sigue figurando en un censo que, a la luz de los hechos, no es real ni representa la radiografía instantánea de una masa social de unas siglas políticas. En el PSOE de Ponferrada, una de las agrupaciones principales de Castilla y León, incluso años atrás en Villablino, se demostró que una vez puestas al día y depuradas las cifras eran ínfimas. Al menos eran ya reales.

En el Partido Popular el lunes se partió con unos compromisos y características a cumplir. Pero ha sido asombroso, porque muchos cargos comarcales de la provincia y de juntas locales nos lo hacían llegar, cómo se iba cambiando de requisitos, especialmente en el tema de cuántas cuotas y qué cantidades eran necesarias para poder estar inscritos con derecho a voto. Hasta que llegó el día y se armó el caos.

 Peio García

La mente de este periodista de provincias no entiende cómo en juntas locales, por pequeñas que fueran, llegaban señores de Salamanca acreditados para avalar y controlar el proceso de votaciones. Hasta he reconocido a un portavoz municipal de los tiempos de Julián Lanzarote -exalcalde charro- en una de las mesas leonesas. La amplia mayoría de los populares ha quedado como enmudecida y maniatada. El “aparato” ha funcionado como un reloj de Losada. Y el resultado ha sido más que evidente.

En muchos lugares los “carrasquistas” poco a poco apartados se han tomado su revancha silenciosa pero visual; en otros la figura de Antonio Silván no parecía calar por más que todo un Gobierno regional, con Herrera a la cabeza, quisiera arreglar su sucesión tarde y mal apoyando al leonés. 

De la proyección mediática y la valía del alcalde de León no hay duda alguna. Si alguien tiene talante es él. Pocas veces el perdedor anima a los suyos en noches de derrota y tiende la mano con estilo como lo ha hecho él con Alfonso Fernández Mañueco. En verdad, se lo han puesto tremendamente difícil. Y lo que empezó con una puesta en escena y presentación en el Foro del Ritz donde todos estuvimos -me recordaba a la presentación del Club Siglo XXI de un joven bigotudo apellidado Aznar- ha puesto su punto y aparte con la victoria amplia del alcalde de Salamanca. Tener a Cospedal, Maíllo y casi todo el aparato de tu parte es una ventaja que no se ha podido superar.

No será por trabajo, dedicación y esfuerzo. Silván tiene un gran cartel electoral. Mañueco, en términos de mercadotecnia, es más gris. Pero a mi mente se ha vuelto la vieja coalición de Tomás Villanueva-Isabel Carrasco y Fernández Mañueco preparando el asalto a Valladolid de un titubeante Herrera.

Y es que Juan Vicente, que no olvidemos es el presidente de la Junta, se ha equivocado. Ha apurado los tiempos en exceso, las dudas se han vuelto debilidad en las filas populares; si tenía un preferido no debía haber esperado a los últimos días, si no deseaba a Mañueco ¿para qué lo tenía de número dos orgánico durante años? 

En todo caso, mañana será otro día. Mañueco tiene dos años para preparar una candidatura fuerte y una campaña que asegure “el granero” del PP español. Y Silván cuenta con un ayuntamiento nada despreciable para demostrar que también en lo local pueden hacerse grandes cosas. ¿Integración? Es posible pero las heridas abiertas son profundas y recientes.