La última consecuencia de la candidatura de Silván a la Presidencia del PP de Castilla y León es que, a medio plazo, un político leonés pueda ser presidente de la Junta.  Ya hubo otra ocasión. Hace años y en el PSOE. Cuando Jaime González fue el cabeza de lista socialista a la Presidencia de Junta. El propio interesado sabía que tenía pocas posibilidades y, en el fondo, él se tiró a la piscina para hacer un favor a su amigo del alma, Rodríguez Zapatero, quien era considerado por muchos dirigentes del PSOE como el mejor candidato para aquellas autonómicas. Zapatero tenía claro que lo suyo era la política nacional y por eso le pidió a su amigo Jaime, quien ya había sido vicepresidente en el gobierno de Demetrio Madrid, que presentase su candidatura para hacer olvidar la suya. Y así fue.

Pero ahora es otra situación y otras personas. Si Silván gana las elecciones internas este viernes tendrá muchas posibilidades de ser el candidato del PP a la Junta en las autonómicas de 2019, pasado mañana, como quien dice. Es cierto que León ya no es un problema para el resto de la Comunidad, aunque su vertebración no sea muy brillante. Pero es que Castilla y León es así, es decir la suma de nueve provincias sin mucha conciencia autonómica o regional. Ahí está la propia definición de la Comunidad: Castilla y León, con una conjunción copulativa de alto valor político, que deja bien claro que es la suma de dos realidades distintas.

Pero, bueno, ése ya no es el debate y la UPL no es tampoco el partido decisorio de otros tiempos, en los que ponía y quitaba alcaldes y hasta era la llave de la Diputación y de Caja España. El leonesismo político ya no mueve masas, aunque es cierto que en la conciencia colectiva permanece dormido el leonesismo sociológico.

Silván puede poner fin a este debate. Un leonés en la Presidencia de la Junta es una asignatura política pendiente para que esta Comunidad se haga mayor de edad de una vez por todas. ¿Es éste un valor positivo de la candidatura de Silván? Seguramente así lo ha entendido el propio Herrera, al nominarlo como su predilecto frente al otro hijo amamantado también a sus pechos, Mañueco, un salmantino producto de la burocracia del partido, un funcionario del engranaje del poder. Pero poco más.

Ha dicho Mañueco que él había propuesto integrar a Silván en su candidatura como secretario general. Era un acuerdo imposible. Detrás de la sonrisa de Silván hay mucha ambición y un proyecto de partido y de Comunidad muy definido. Herrera lo conoce bien, por eso lo ungió. Pero en Madrid no lo ven tan claro y hacen responsable de esta rivalidad al propio Herrera y, por extensión, a Silván. Es decir, la pelota está en el tejado.

Anoche Silván se presentó con éxito en Valladolid. Acudieron miembros del gobierno Herrera y altos cargos del partido. Se dejaron hacer la foto con el candidato. Buen síntoma. León y Valladolid son las provincias más importantes y decisorias en número de votos. Pero, ojo, el voto es secreto y personal. Nadie garantiza lealtad ante un voto dentro de un sobre cerrado y en una urna lacrada.

En cualquier caso, bienvenidas sean estas primarias en un partido tan fosilizado y con tantas telarañas como el PP. Bienvenido sea el debate, aunque sean entre iguales, amigos y casi hermanos, porque significa aire fresco y remover los podridos cimientos de un partido falto de renovación.

Si gana Silván será bueno para León y, se supone, que también para el PP. De ahí a que sea bueno para Castilla y León ya va un trecho, que Silván deberá recorrer haciendo realidad lo que promete: ilusión, renovación, transparencia, dar la voz a los ciudadanos y gobernar desde la calle, no desde los despachos. La solución, el viernes.