Nos expone un lamento el poeta Joaquín Moreno Murube en su obra “Los cielos que perdimos” por todo lo que se ha ido extraviando de la Semana Santa que conocimos de nuestros antepasados y que nos esforzamos en conservar, como podemos, con éxito más bien escaso. Efectivamente son habituales los lamentos de nuestros consiliarios y demás directores espirituales por la falta de formación cofrade cuya principal e inmediata consecuencia esa desnaturalización de nuestros valores como miembros de este tipo de hermandades.

Quizá la clave no esté tanto en intentar aumentar artificialmente el número de cofrades sino en mantener la salud espiritual de nuestras cofradías. Habría que valorar entonces si es acertado permitir la integración de cofrades que lo son tan solo por causas estéticas, culturales o sociológicas. De este modo, las procesiones nunca deberían separarse de la pureza para dejar de ser catequesis urbana y, por el simple hecho de atraer público, convertirse en una prolongación tardía del carnaval para el lucimiento de personas con elementos ornamentales que nada tendrían que ver con la Semana Santa. El mantenimiento de esa pureza considero que es buena defensa frente a la falta de respeto creciente de algunos espectadores, una falta que va mucho más allá de cruzar las procesiones o de violentar su silencio. El anticlericalismo creciente podría conducir a soluciones que no serían tan descabelladas realmente como la contratación de seguridad privada ante la indiferencia de las fuerzas de seguridad manejadas por ciertos dirigentes políticos  en algunas ciudades. Yo, por ejemplo, jamás cruzo un desfile de carnaval, una manifestación o una concentración de personas por discrepante que pueda ser con sus planteamientos o por poco que me puedan agradar.

Debemos olvidarnos de rivalidades entre cofradías y de disputas por horarios o por espacios que tendríamos que hacer compatibles. Cada día considero más necesario un blindaje de los cristianos frente a aquellos que nos atacan con inquina, gratuitamente y de forma obsesiva. Hemos llegado a una de las mayores encrucijadas de nuestra historia: ¿la Iglesia debe seguir manteniendo su silencio, debe seguir poniendo la otra mejilla, debe pedir perdón constantemente por las culpas que puedan tener a nivel particular algunos de sus miembros? Si así fuere, por la doctrina que le es inherente, nos podríamos plantear entonces otra compleja disyuntiva: ¿el cristiano seglar debe suplir el silencio de la Iglesia contraatacando la beligerancia con que son combatidas sus creencias en todo tipo de medios?