Con frecuencia se oyen quejas por eso de la crisis, y entendemos que haya gente que tenga muchas razones para quejarse, unos más que otros; pero, si comparamos con la situación que están viviendo cientos de miles de personas que tienen que huir de su patria, dejándolo todo, para salvar la vida, veremos que aún hay situaciones mucho peores. No obstante, tenemos el peligro de mirar para otra parte y hacer oídos sordos ante la dramática situación que están viviendo en este momento tantos hermanos nuestros.

Parece mentira que en pleno siglo XXI el mundo esté tan mal y que en lugar de avanzar hacia una humanidad más civilizada esté aflorando y campeando a sus anchas lo peor del ser humano. No obstante se están empezando a notar algunos indicios de que Europa intenta salir de ese letargo y conformismo que ha sido su seña de identidad en los últimos tiempos, aunque aún le queda mucho camino por andar.

Ya se sabe que no es fácil hacer frente, por ejemplo, al tema de la inmigración, a pesar de toda la buena voluntad que se ponga en ello, pero nos alegramos de este cambio de actitud. Como dijo el Papa, esto es una vergüenza. Ha tenido que aparecer la foto del cadáver de un niño ahogado, arrastrado por las olas hasta una playa, para que nos demos cuenta de la gravedad de la situación. Pero, aunque no se vean, su muchísimos los niños y adultos que yacen en el fondo del mar.

No olvidemos que refugiados somos todos, que por muy cómodos que nos sintamos donde estamos, un día tendremos que salir de aquí. Da igual que seamos ricos o pobres, sabios o ignorantes, europeos o centroafricanos. En este mundo estamos de paso. Es verdad que en el cielo hay sitio para todos, pero ya se nos ha advertido que la medida que usemos con los demás, la usarán con  nosotros. Y si alguien no tiene fe, no por eso va evitar tener que dar cuenta de sus obras, pero en último término que no olvide un principio fundamental de la ley natural: no quieras para otro lo que no quieres para ti.