Esta semana, como en los viejos tiempos, en una bodega vallisoletana se reunieron todos los presidentes de la Junta con el presidente regional del Partido Popular actual. La imagen, que en esta ocasión también vale más que mil palabras, ofrecía una estampa de las personas que un día lo fueron todo en Castilla y León y que, en definitiva, han hecho historia aquí y fuera de nuestras nueve provincias y media.

Aquel primer suspiro de cuatro años con dos presidentes socialistas iniciales parece irreal para todo aquel que tenga menos de 30 años, simplemente, porque no lo vivieron y porque la historia, a pesar de ser una gran maestra para la vida, no está de moda entre nuestra juventud.

Ical

José María Aznar entró rozando el larguero, en minoría y con todo en contra, hasta en su propio partido político que se debatía entre una derecha conservadora y otra más abierta y liberal. Los dos años de Aznar fueron de tal intensidad y efecto mediático que no sólo levantaron la moral de una región anodina, tardía y recelosa del proceso autonómico; sino que sirvieron de acicate para iniciar la construcción de una alternativa nacional al socialismo felipista que parecía invencible y todo lo ocupaba.

Aznar nunca quiso irse, al menos no tan pronto, pero el destino le empujó al que ayudaron también colaboradores como Juan José Lucas, Miguel Ángel Rodríguez, Rodrigo Rato, Carlos Aragonés, Miguel Ángel Cortés…Y cómo no, Ana Botella.

El método estaba establecido, pero no iniciado. El Plan para Castilla y León lo desarrolló Juan José Lucas, con un intervalo de Jesús Posada que tampoco se quería ir, pero que fue compensado por su generosidad con cargos relevantes a nivel nacional. Y por último, Juan Vicente Herrera, el presidente que modernizó y amplió en especial la Administración Regional y logró dar continuidad al proyecto popular. ¿El lunar? Su relevo accidentado.

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