Num: 6917 | Viernes 15 de octubre de 2021
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Opinión


Esta reflexión de hoy tiene dos vertientes: una de denuncia y otra de reconocimiento, y ambas consecuencia del acelerado cambio en las relaciones sociales que, arrastradas por la tecnología, nos obliga a todos a subirnos al tren o a perecer de pereza y calentitos en nuestra “zona de confort”, como gustan decir últimamente tantos melindres.

Si hay algo en las redes sociales y, peor aún, en los medios digitales más clásicos como son blogs y otras especies o plataformas, que merezca el repudio más absoluto, es el anonimato.

Pero voy más lejos. El anonimato que oculta puntuales ataques, insultos personales y toda variedad de “fake news”, que no es sino una excrecencia con la que se cuenta y se ignora por hipótesis, no es el más abyecto. No.

El anonimato más reprobable es el de los agazapados. El de aquellos que, no teniendo la gallardía, el valor y la honestidad de mostrarse a los demás, de dar la cara como aval de sus deposiciones, se montan chiringuitos, púlpitos digitales desde los cuales aleccionar a unos y juzgar a otros, con un barniz de superior conocimiento y buen hacer que no es más que el deseo de hacerse perdonar o ignorar el único valor del que hacen gala: su cobardía. De forma que sus contenidos carecen de valor y ni siquiera merecen ser considerados. Todo lo más denunciados a la espera de que algún día las leyes nos protejan a todos de tanto cobarde oportunista. Fin de la denuncia.

 

Ahora, más de lo mismo pero al revés. Yo me quito el sombrero –aunque no sea pieza que adorne mi cabeza no siendo por prescripción facultativa– ante aquellos que, sin ninguna necesidad y por íntima convicción, se exponen a la lapidación permanente en redes y púlpitos por elegir el camino de la aportación personal al descalabro que significa la acción política en nuestras avanzadas sociedades. Son la antítesis y carnaza de los agazapados.

Su exposición a la mala y la buena fe de periodistas, comentaristas y opinadores de todo género que, en uso de un pretendido derecho a laminar al político o aspirante a político por el hecho de serlo y con independencia de sus objetivos y cualidades, hace que mi admiración por estos la sea sin ambages. Y añado que esta admiración es tan intensa como intenso es el repudio también por aquellos que terminan o empiezan utilizando la política en beneficio propio navegando a vela o a motor por las procelosas aguas de la corrupción, sean estas de color rojo, azul, naranja, morado o de color mierda, que tanto da y menos dará conforme se avance en la desarticulación de esas telas de araña que terminan formando, tan difíciles de desmontar pero no imposible.

 

Y aunque parezca esta reflexión de hoy pesimista puedo asegurarles a ustedes que no lo es. Si bien soy incapaz de predecir el mañana, ni tan siquiera en semanas, sí estoy seguro de que, a pesar de los inconvenientes como los apuntados que nos presenta el acelerado y nuevo orden, nuestro presente es más limpio cada día y más lo será a poco que los valientes ignoren y superen con su valor la cobardía de los agazapados.

 

Juan Manuel Martínez Valdueza

18 de enero de 2018

 

 

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