Num: 6967 | Sábado 4 de diciembre de 2021
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Opinión


Hay fechas en las que todo se junta, no sabría decir el motivo pero mientras unos días del año pasan sin pena ni gloria, otros se quedan enganchados en nuestras retinas, amarrados a nuestros recuerdos, algunos sólo personales, otros abarcan más gente. Once de marzo, mediados de marzo, como queramos, el caso es que decirlo de una u otra manera significa traer el recuerdo del mayor atentado en España, el maremoto de Japón, y, yendo más lejos en el tiempo, no sé cuántos recordaremos que en 1977 el Gobierno Español, presidido por Adolfo Suárez, aprobó una amnistía total, por entonces yo era una niña, pero algo resuena en mi memoria.

Personalmente, hace aproximadamente un año, descubrí un bultito en mi cuerpo, que antes no estaba, que no tenía por qué estar, y que me resultaba un tanto sospechoso. En abril se confirmaron mis sospechas. Y aquí estoy un año después con muchas vivencias, la mayoría de buenas a buenísimas, cambios y anécdotas.

Pero hoy no quiero recordar esto último, sino otro acontecimiento, el fallecimiento de un sacerdote, joven, entregado a sus parroquias, sus pueblos, entre ellos el mío y de mis padres, de toda mi familia. Lo conocí muchos años antes de que fuese destinado a estos pueblos, Ocero, Sésamo, el arciprestazgo de Rivas del Sil, cuando él nos daba las charlas a los catequistas antes del comienzo del curso de catequesis, por entonces era sacerdote palotino, encontró su destino como sacerdote diocesano y delegado de catequesis. Estoy hablando de don José Ángel. Lo tenía difícil o cuando menos no fácil, en algunos de esos pueblos, la gente prácticamente había dejado de ir a misa, ni siquiera las cuatro viejecitas del pueblo, cómo mucho iban dos. Eso sí la fiesta del pueblo seguía siendo la fiesta, menos mal, además había una gran desconfianza hacia los sacerdotes. El panorama no era para echar cohetes. Así que llegó él, a mi tía le apreció que tenía una “forma” rara de dar la misa, acercó el altar a los fieles, centrándolo un poco, se acercaba a la gente para hacerles participar durante la homilía, ensayaba los cantos con ellos, se reía mucho y bromeaba, les preguntaba, se mezclaba con todos fuera de las horas de misa, iba al bar a tomar un café con todos, incluso los que no pisaban la iglesia, trataba a todos por igual, se disfrazaba en carnaval, participaba en la fiesta del pueblo no sólo en los actos litúrgicos. Según mi tía parecía uno más entre los de Ocero. Y el no va más, ¡se dedicó a arreglar el cementerio! Recuerdo que cuando mi tía y otras señoras del pueblo me lo comentaban, mi madre incluida, yo me sonreía, le daban una importancia tremenda a que el sacerdote se preocupase por cambiarle el aspecto al cementerio, llenándolo de flores y jardincillos, y eso que no estaba muy bien de salud….Faltaban unos años para que el Señor le concediese aproximadamente un año para acudir a su última llamada.

Hay desde luego muchos motivos por los que siempre le recordaremos, todos los que en algún momento tuvimos la gracia de conocerle y disfrutar de su vida, pero para mí hay una en especial: su homilía en el funeral de mi madre. No se podía decir que ella fuese su feligresa, vivíamos en Ponferrada y ella acudía a misa en la ciudad, desde luego se conocían, a veces también íbamos a la eucaristía en Ocero, él la visitaba si estaba ingresada en el hospital, y bromeaban juntos, los dos eran muy guasones. Precisamente en eso hizo hincapié en la homilía de su funeral: la sonrisa de mi madre, en cómo disfrutaba y bromeaba, aún en medio de sus dificultades y molestias físicas. Ella disfrutaba con la vida, dijo y hacía disfrutar a los que la trataban. Fue para mí un gran consuelo, no me quitó el dolor por su muerte, pero me hizo aferrarme al recuerdo de mi madre sonriendo y riéndose a carcajadas. Celebrar su vida. Últimamente me enteré de que se preocupó de hablar con quienes la conocían en Ocero, para poder hablar de ella con mayor profundidad, en hacerle una despedida más personal, haciendo hincapié en su optimismo ante la vida, su aptitud de dar gracias simplemente por estar viva. Gracias una vez más, no me sorprendió, conociéndolo era de esperar esa preocupación.

Pocos años después, creo que dos años desde la muerte de mi madre, él enfermó y comenzó la última etapa de su viaje. Siempre que sus fuerzas y los tratamientos se lo permitían, seguía atendiendo sus labores pastorales en sus parroquias, seguía bromeando con todos, cuando nos veíamos hablábamos de Ocero, de lo que yo hacía, de mis tías, mis primos….de sus planes, de Dios y los sacerdotes.

A pesar de esperada, su muerte fue una conmoción. Y su funeral impactante, sus compañeros en el sacerdocio, hermanos suyos, con rostros llenos de dolor, sus feligreses, los niños a los que daba catequesis, gente que seguía sin acudir a la misa dominical, pero que sí fueron a despedir a un sacerdote, a un hombre al que apreciaban y por el que fueron muy apreciados, su madre y familiares de sangre. Todos iguales, todos con los mismos sentimientos a flor de piel, dolor porque se había ido un sacerdote, joven, carismático, un compañero, un pastor, un hijo, un amigo….insustituible, porque ahí está la grandeza de todos y cada uno de nosotros: somos insustituibles. Eso no significa que la obra no pueda ser continuada y quede inacabada. Dios tiene “otros instrumentos”.

Hoy prefiero celebrar la vida de este sacerdote, celebrar que lo tuvimos entre nosotros.

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