Transcurre el año 2139 sin pena ni gloria y los ciudadanos parisinos deambulan por las calles de su ciudad venida a menos –sencillamente por el paso del tiempo, que no perdona– cuando su alcalde, de nombre impronunciable, desde el Hôtel de Ville anuncia el evento: el próximo año, coincidiendo con el doscientos aniversario de la visita de Hitler a París –recuerden, unos días después de la capitulación de Francia ante los germanos el día 17 de junio de 1940–, habrá una magna recreación histórica para conmemorar este evento.

Convoca asimismo a las asociaciones francesas –especialmente a la Asociación Hitleriana Francesa– y no francesas de recreaciones históricas para que con su valiosa aportación garanticen el brillo y realismo de los actos, sean estos desfiles u homenajes ad hoc.

Las relucientes y altas botas germanas habrán de marcar el paso nuevamente por los Campos Elíseos amparadas por hileras de verticales y coloridos estandartes que ondearán al viento su marea de cruces negras y gamadas.

Habrán de recrearse también, para solaz de quienes se acerquen al evento, fusilamientos de ciudadanos franceses ejecutados por pelotones de soldados alemanes, en plazas aún por determinar, así como fusilamientos, también ejecutados por pelotones alemanes pero de menor tamaño, con ráfagas de ametralladora MG-42 o similar, de ciudadanos franceses caracterizados de miembros de la Resistencia.

Se aprovechará la ocasión para rendir honores a las tropas de aquellos países que lucharon, simultáneamente, en uno y otro bando del conflicto, y habrá hermanamiento de ciudades aún por definir, eso sí, de uno y otro bando del conflicto también.

Algunas voces –relacionadas por lo general con los defensores de la memoria de las minorías perseguidas y masacradas por el nazismo– se han alzado contra este tipo de manifestaciones, pero le pasan desapercibidas a una opinión pública siempre a favor, desde hace siglos, de que al final aquí no ha pasado nada y la Segunda Guerra Mundial, tan antigua, pelillos a la mar.

Y es que, por lo visto, para las autoridades municipales francesas el paso del dictador nazi por París pone un timbre de vistoso orgullo en su particular historia, lo que llevado al presente mediante este acto le puede ayudar a recuperar su posición económica –y turística– al nivel que tuvo en el ya remoto pasado.

 

¡Qué cosas se imagina uno! ¿A que no tiene ningún sentido?

 

 

Juan M. Martínez Valdueza

14 de septiembre de 2017