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Opinión


29 de septiembre de 2015

Aviso para políticos


Las elecciones catalanas del pasado domingo tienen muchas más lecturas que las derivadas de sus resultados. Son, sobre todo, un aviso para la clase política, para los políticos españoles de ahora mismo, y son un ejemplo del fracaso de una actitud que ahora está muy de moda, sobre todo en el PP y en el Gobierno central: el tancredismo, la renuncia al ejercicio de la Política –con mayúsculas-.

Las urnas del domingo dejan una sociedad catalana fracturada, dividida en dos bandos casi irreconciliables. Uno de los peores escenarios posibles. Los vencedores no han alcanzado sus objetivos y, por ello, van a tener muy difícil legitimar sus proyectos secesionistas y cumplir las enormes expectativas que han provocado en cientos de miles de ciudadanos. Los perdedores tampoco han conseguido su objetivo de frenar en seco el secesionismo con tanta insistencia a la legalidad y con el uso abusivo del  voto del miedo. A las dos partes, los dos bloques –como en la Guerra Fría- les ha faltado altura de miras y, sobre todo, voluntad para ejercer el noble arte de la Política –otra vez con mayúsculas-, es decir la negociación, el diálogo, la presentación de propuestas, el debate, la transparencia y, finalmente, un planteamiento auténticamente democrático para el ejercicio de la voluntad popular.

Es el sino histórico de España como proyecto de nación. Siempre han existido grandes políticos de Estado para llevar a cabo la reconstrucción tras una catástrofe; pero generalmente siempre se han echado de menos para atajar desde su origen las enormes crisis institucionales que han acabado siempre en las tragedias conocidas por todos.

Cataluña es un claro ejemplo. Políticos catalanes de enorme valentía y compromiso colaboraron en sentar las bases de la restauración democrática española en las décadas de los setenta y ochenta del pasado siglo. En perfecta sintonía con la misma generación de políticos de altura del resto de España se pactó la Constitución de 1978 y con ella un sistema consensuado para garantizar la convivencia y, sobre todo, el desarrollo social, económico, político y cultural de España. La acción de todos hizo posible la mejor y más larga época de estabilidad de la Historia de España.

Hasta ahora. Jubilados o muertos los integrantes de aquella generación histórica de políticos, ahora gobiernan este país profesionales de la política –con minúsculas-con miras cortoplacistas, sin horizontes, con desmesurada ambición material  y sin el sentido del sacrificio, de la renuncia y de la generosidad necesarios para llevar a cabo auténticas labores de Estado por encima de fronteras internas y de objetivos electorales inmediatos.

La división de la sociedad catalana no es sólo un problema catalán sino de España y su solución va a requerir altas dosis de imaginación, de ejercicio político y de muchos cambios y reformas. Sí, reformas, a lo que tanto miedo tiene el español medio. Hay que reformar para mejorar y corregir los muchos defectos y errores acumulados. La Constitución, por ejemplo, no es una verdad inmutable sino una herramienta flexible para garantizar la convivencia entre todos.

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