Num: 6067 | Martes 18 de junio de 2019
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Opinión


La mayoría de los niños de la ciudad se reían de él, le insultaban, le gastaban bromas. Yo, sin embargo, estaba del lado de los niños que lo miraban con respeto. Con pena. Eso era porque fui educado en una de las más humildes y eficaces escuelas de compasión de todo el noroeste de España: la que formaban mi madre y mi abuela materna Florentina. Maestras que conocían el arte de la dulzura triste. De la generosidad y la empatía.

 

Ceferino era un hombre muy pobre que, además, estaba contrahecho. Un marginado que iba por Ponferrada arrastrando un remolque. Era una figura de cada mañana y de cada tarde. Con boina, bajito, con barba de chivo, muy delgado, mal vestido, con una boca extraña, desdentado, fumador, abandonado por todas las suertes.

 

A veces iba bebido, muchas veces. Y siempre sin nadie, sin futuro, sin presente. Incluso sin tristeza porque él ya no podía permitirse ese lujo. Se limitaba a respirar, a caminar, a pararse a veces y a quedarse amarrado al remolque un rato largo, en medio de la calle. Como ido del mundo, como ido de sí mismo. Hasta que algún insulto, o alguna broma cruel lo despertaba.

 

Entonces Ceferino se ponía de nuevo a empujar el remolque por la ciudad del Dólar y del carbón. Y empezaban a pasar los comercios, las calles, los hostales, los talleres, los almacenes, los parques. También los mineros que llegaban del tajo por la tarde, y los viajeros que iban o venían a la estación del tren. Y los que volvían a la Cabrera, a Valdeorras o a Fabero en autobús. O en los Land Rover que subían hasta Oencia o Paradaseca. Y el miedo de todos a la Guardia Civil, y a los policías de paisano. También pasaban las chicas guapas, los curas y las monjas, los ancianos lentos y rurales, y las mujeres de los ricos, las que iban de compras a León o a Madrid.

 

Ceferino avanzaba como un muerto tragicómico por la ciudad. Un muerto con un cigarro que se le apagaba a menudo. Un muerto que canturreaba para defenderse del frío de su vivir; del desprecio de tantos, de su extravío que no dejaba de crecer. Ceferino se apoyaba en el remolque, que para él era también un andador porque tenía muchas dificultades para caminar. Aunque no por ello dejaba de recoger chatarra, papeles, trapos… Poca chatarra, pocos papeles, pocos trapos.

 

Su territorio era el barrio de la Puebla, no creo que se atreviese a subir, debido a sus limitaciones, por las cuestas que llevan a la zona antigua. Ceferino era un mártir del barrio llano; un clamor de miseria y huida. Y no sé si alguien le cuidaba. Tampoco supe por qué zona vivía, en qué lugar se guarecía para pasar la noche. Solo sé que bebía, todo lo que podía, y que pedía tabaco y alcohol a la gente. A los que terminaban dándoselo después de reírse de él cruelmente, ya podrían.

 

No sé cuándo murió Ceferino; seguro que fue hace muchos años. Pero sé que el estupendo fotógrafo villafranquino que es Ramón Cela, le hizo una foto definitiva, donde se concreta magistralmente el desamparo de un hombre peculiar. También su misterioso coraje. Porque Ceferino no se doblegó ante la vida. Aunque no tuviese nada, aunque solo contara con la deshilachada memoria de su dolor. Era aquel un tiempo en el que las ayudas sociales llegaban a poco. También un tiempo en el que nadie pudo con la libertad de Ceferino, con su anhelo de seguir hasta la muerte con su remolque. Con su vino peleón y con su remota y desolada picardía.

 

CÉSAR GAVELA

 

Esta entrada tiene 2 comentario(s).

  1. Estupendo artículo, César. Ceferino vivía en la calle Santo Domingo número 7, en la parte baja de Flores del Sil, con su hermano Sindo y con su hermana Adela. A media mañana abandonaba la casa y, ciertamente, hacía su vida en La Puebla. Los niños de su calle, a pesar de su maltrecho cuerpo, temíamos sus reacciones, a veces, desproporcionadas, Cuidaba su remolque de tres ruedas, verdaderamente, como dice usted, su andador con mimo aunque para los niños era como un juguete en el que en ocasiones, se subían unos cuantos, y otro corría por la calle, todavía sin asfaltar, adelante. Lamento no recordar cuando falleció pero sí que han pasado muchos años. Un saludo.

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