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Opinión


20 de febrero de 2020

“Cito” Linares


Ignacio, “Cito” Linares, fue el periodista más relevante del Bierzo en el último tercio del siglo XX. Del Bierzo, Cabrera, Valdeorras y Laciana, como a él le gustaba decir. Su voz era el vínculo que unía a los pobladores de estas comarcas del noroeste interior, que suman cerca de doscientos mil habitantes. Linares, acompañado siempre de su extraordinaria mujer, Yolanda Ordás, que sigue al pie del micrófono desde hace más de sesenta años, y sin perder un ápice de la belleza de su voz, y de su pasión por ese oficio maravilloso. Ignacio y Yolanda son dos personas que trascienden su profesión y se han convertido en símbolos de esta tierra, de fidelidad al Bierzo, de buen hacer y de amor a la gente y a las noticias y las historias que por aquí suceden.

 

Ignacio Linares tenía un perfil público como egregio periodista, pero yo ahora quería resaltar otro, no digo privado, sino diferente. En parte conocido, y en parte no tanto. Porque si bien todos los niños bercianos sabían muy bien que “Cito” era nada menos que el “Mago Chalupa” de la cabalgata de Reyes de cada año, el mago bueno que intercedía por nosotros ante las remotas majestades de Oriente, había otra faceta suya que solo pudimos disfrutar los chavales que fuimos a los campamentos juveniles de los años sesenta del siglo pasado. Y que tenían lugar en una pradera hermosísima, junto al gélido río Curueño, en la pequeña villa leonesa de La Vecilla, una tierra llena de horizontes de montaña y árboles, rica en casas nobles de piedra y tiempo. Con sus canales que recorren el pueblo, con sus veraneantes pacíficos y sabios.

 

Allí, en el campamento, “Cito” Linares era el padre de todos los niños. El amigo, el compañero, la persona buena a la que acudíamos cuando nos apretaba la morriña por nuestros padres, por nuestra casa, por nuestra ciudad, o cuando teníamos algún pequeño problema. “Cito” era la acogida, la confianza y el afecto detrás de aquella voz suya potente y bien timbrada. Nos ayudaba siempre, pero eso no era todo.

 

Porque había otro “Cito” cada día, para todos los muchachos de aquellos campamentos: el que nos hacía reír en cualquier momento. Con sus canturreos divertidos e inventados sobre la marcha, con sus parodias y bromas, con sus carcajadas y sus ocurrencias, que surgían en todos los momentos de aquellas convivencias. Igual en la comida, que en el baño helado en las aguas del Curueño; igual durante las marchas por el monte que en el tiempo dedicado al deporte o a aprender los rudimentos de los primeros auxilios sanitarios o la marquetería, tareas a las que nos dedicábamos por las tardes. Siempre aparecía “Cito” por allí, y siempre se dibujaba la sonrisa en todos los acampados.

 

Pero eso aún era poco para lo que nos esperaba cada noche en el fuego de campamento. Ahí las actuaciones de “Cito” eran siempre sensacionales, desternillantes, con un punto surrealista. Eran una gran fiesta y éramos muchos los asistentes que pasábamos el día esperando el momento en que “Cito” nos hiciera reír con sus chistes, con su amplio repertorio de imitaciones, con su calor y su cariño hacia nosotros. Porque aquellas actuaciones eran un modo de querernos.

 

Por eso “Cito”, para muchos chavales del Bierzo, siempre será una fortuna que pudimos compartir; un regalo de humor y bondad que la vida nos hizo en aquellas convivencias a mil metros de altura, con el rocío cayendo en la noche. Y la alegría.

 

CÉSAR GAVELA

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