Num: 7333 | Lunes 5 de diciembre de 2022
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Opinión


El día de la comunidad no fue a Villalar. Nunca he ido a ese pueblo por tal fecha, aunque sí en otras, sin gente ni fanfarrias. Preferí en esta ocasión pasarlo en Valderas y comer un suculento bacalao en los Gatitos con unos amigos. El bacalao de Valderas como el pulpo de Cacabelos son productos del mar que no tienen parangón en los puertos en los que se pesca, pues estos pescados secos se preparan mejor en el interior, por una tradición de siglos en relación con las ferias y los arrieros.

No fui a Villalar, no por desaire a los comuneros ni tampoco porque discrepe con la Comunidad de Castilla y León. La Guerra de las Comunidades y la derrota en Villalar son un punto de referencia y un hito de nuestra historia. Mito de las libertades castellanas, el movimiento comunero ha gozado, en la provincia de León, de escaso interés -pese al temprano libro de Díaz Jiménez y Molleda-, cuando no de un rechazo político; pues algunos pretenden olvidar u obviar el importante papel que la ciudad de León jugó en ese movimiento, y el destacado activismo de algunos líderes leoneses.

Al contrario de León, dicha guerra, o revuelta como quieren algunos, ha sido objeto de una abundante bibliografía y de numerosas interpretaciones, algunas interesadas por lo menos en dos sentidos: su caracterización y su ámbito territorial. Las Comunidades no fueron una revuelta xenófoba, ni un enfrentamiento entre el patriciado urbano y la aristocracia, ni siquiera una algarada antiseñorial, aunque algo de todo eso hubo en un movimiento tan complejo. En realidad, como señala Joseph Pérez, las comunidades procuraron acabar con la situación privilegiada que ocupaban los caballeros en muchos municipios, y buscaron limitar las prerrogativas de la Corona.

Esos fueron los dos auténticos leit motiv de la revolución, quedando en segundo plano las protestas fiscales, verdadero origen del movimiento. Se trataba de una lucha por la representación política, que es siempre una lucha por el poder político. Pretendieron democratizar la vida municipal, pues desde principios del siglo XV los municipios de Castilla estaban gobernados por una oligarquía cerrada, escasamente representativa de la población; y, al mismo tiempo, limitar el poder de la corona.

Fue, por tanto, un movimiento esencialmente urbano. Aunque posteriormente sus efectos alcanzaron también al campo -de ahí el carácter antiseñorial del que habla Gutiérrez Nieto-, las comunidades fueron una revolución urbana: en las ciudades nació, se desarrolló y murió. El trasfondo del levantamiento comunero es el de un mundo ciudadano, de ciudades muy pobladas para la época. En el levantamiento cuajaron las ilusiones, aspiraciones e inquietudes de aquellas poblaciones urbanas. Ellas dieron sentido a la palabra "Comunidad", entendida como defensa de los hombres del común, frente a los oligarcas y poderosos. No es extraño así que junto con algunos caballeros, las Comunidades se nutrieran de artesanos y capas populares de las ciudades.

También les cupo un papel destacado a los eclesiásticos, algunos de los cuales, como el obispo Acuña o el prior de Santo Domingo de León, fueron auténticos dirigentes comuneros. Ciertamente su actitud varió de unas ciudades a otras. En León, el papel del cabildo no fue unánime, pero en general la mayoría de los canónigos se declararon comuneros, como reflejan algunas actas capitulares. Josep Pérez señala que algunos canónigos de León manifestaron su inquietud sobre la Junta y fueron algo reticentes en su apoyo, lo que obligó a Ramiro Nuñez de Guzmán a denunciar su actitud en diciembre de 1520: “algunos señores de la dicha iglesia no estaban bien en las cosas de la comunidad e hacian e dezian algunas veces cosas en perjuycio de la dicha comunidad e de la Sancta Junta”; pero en general la mayoría se mantuvo comunera.

De las ciudades salieron los jefes del movimiento comunero, tanto militares (Padilla, Bravo, Maldonado), como políticos (Pedro Laso de la Vega, el licenciado Bernardino, Alonso de Saravia, Ramiro Nuñez de Guzmán, Antonio de Quiñones); de las ciudades salieron las milicias, sus recursos financieros, sus partidarios más entusiastas, entre los que abundaban los artesanos. Allí se forjaron formas nuevas de hacer política: asambleas populares que se reunían en las iglesias y discutían los problemas candentes; los conventos y Universidades dieron al movimiento sus intelectuales y sus propagandistas. En ese sentido el movimiento comunero fue urbano y popular.

La guerra de las comunidades fue, por último, un movimiento estrictamente castellano y leonés. Es cierto que durante 1520-21 hubo revueltas en casi todas las regiones de la Corona de Castilla, pero no todas pueden ligarse con el movimiento comunero. Según Josef Pérez, para incluir una ciudad en dicho movimiento se necesitan dos requisitos: la sumisión a la Junta General, reconociendo su autoridad en materia administrativa, fiscal, judicial, política, militar y religiosa; y la sustitución de las autoridades locales por una administración revolucionaria de carácter más representativo.

En la ciudad de León las protestas por la política seguida por el rey Carlos son constantes desde 1517, y en la ciudad cuajó un poderoso movimiento comunero y popular, dirigido por el conde de Guzmán. Frente al pueblo, el regimiento (a excepción de Hernando de Villafañe) y el cabildo catedralicio (sólo dos canónigos serían contrarios a la comunidad, Diego de Valderas y Juan de Villafañe); la nobleza leonesa, con muy pocas excepciones (los Nuñez de Guzmán), fue partidaria del rey: los marqueses de Astorga y Villafranca, los Bazán de Palacios de la Valduerna, Hernando de la Vega, señor de Grajal de Campos y por supuesto el conde de Luna. Lo extraño de los dirigentes de ambos sectores es que la mayoría eran parientes entre sí; por ejemplo: Ramiro Nuñez, Antonio de Quiñones, el conde de Luna, el marqués Astorga, etc..

Esto es lo que quieren olvidar los leonesistas, que no acuden a Villalar por despecho, pero que al día siguiente se manifiestan en León para honrar a los héroes de 1808. Es decir, que al contrario de los comuneros, toman como ejemplo una algarada no contra los franceses, como dicen, sino en apoyo de Fernando VII, el rey felón. De los que se trata es de visualizar su enfrentamiento con la Comunidad y reivindicar, con lo que está cayendo, un reino leonés autónomo. Este año parece que al acto han acudido representantes de León, Zamora y Salamanca, y de varios grupúsculos de este movimiento: UPL, PAL, PREPAL; aunque todos juntos no dan ni para llenar una plazoleta como la que está frente al palacio de los Guzmánes que, ¡oh paradoja!, fueron los dirigentes del movimiento comunero leonés.

La actitud del Bierzo en la Guerra de las Comunidades contrasta con la de León, pues en nuestra tierra el movimiento comunero no tuvo ninguna significación, probablemente porque los problemas eran los mismos que los de la Meseta, pero sobre todo por que nuestra comarca había vivido las consecuencias nefastas de la segunda guerra irmandiña y las luchas fratricidas entre los herederos de Pedro Álvarez Osorio, conde de Lemos. Los bercianos estaban cansados de guerras, del mismo modo que están cansados de los bercianistas. Estos ni siquiera se ponen de acuerdo entre ellos ni tampoco saben muy bien lo que reivindican, aunque hay ahora alguna tendencia que mira hacia el partido socialista.

Creo que ni los leonesistas ni los bercianistas son conscientes del hartazgo que provocan sus lamentos victimistas, en unos momentos en los que se habla de eliminar entes burocráticos que no sirven más que para alimentar vagos, y no de aumentarlos. Buena parte de los problemas que tenemos los españoles es justamente por un Estado que no podemos mantener porque el dispendio de dinero que supone va contra la calidad de vida de los ciudadanos. En lugar de pensar en concentrar municipios, eliminar diputaciones e incluso transpasar al gobierno central ciertas competencias que las Autonomías son incapaces de cumplir, algunos erre que erre siguen dándonos la tabarra con sus reivindicaciones localistas.

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