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Opinión


20 de diciembre de 2012

Cuento de Adviento2


Verídico: Voy a empezar por algo que me resultó chocante. La semana pasada en un programa de televisión escuché a la presentadora decir: “La navidad ha llegado a nuestro plató. Mirad qué flor de Pascua (poinsetia para los entendidos)”. Inocente de mí, me paré delante del aparato de la tele esperando ver un nacimiento tradicional o un Niño Jesús. Pues no, resulta que en el portal de Belén había poinsetias. ¿Acaso ese es el gran misterio? ¿Una flor de Pascua en lugar de un frágil y tierno Niño? En fin, no me contestéis, dejaría de ser un misterio…

Y ahora vamos con el cuento, preferible a esta realidad que se impone.

“Los castaños rebeldes”. Como muy bien sabréis con la llegada del otoño hay algunos árboles que no pierden sus hojas, se llaman “árboles de hoja perenne”. A otros se les caen, los llamados “de hoja caduca”. Aprovechan ese tiempo para renovarse y coger nuevos bríos para el resto del año. A este último grupo pertenecen los “castaños”, protagonistas de esta historia, que hasta es posible que ocurriese de verdad .

Pues bien, no muy lejos de Ponferrada, hace ….un montón de tiempo, existía un extenso bosque de castaños que producían, las ya famosas por entonces, castañas bercianas, como os iba diciendo con la llegada de los primeros fríos del otoño y los vientos, los árboles empezaron a perder sus hojas. Pero en el centro del bosque, en una esquinita junto a un barranco, un pequeño grupo de castaños empezaron a discutir entre sí:

-Mira, a mí no me da la gana de perder mis hojas, me quedo horrible el resto del otoño, ¡qué frío y qué vergüenza! Desnudo totalmente. Yo estoy harto.

Desde la otra punta otro une su voz a las quejas: -Totalmente de acuerdo, tienes razón. Menudo fastidio, ahí están los pinos y las encinas tan verdes ellos. ¿Por qué nosotros no podemos ser iguales?

Empezaron a hablar todos a la vez, dándose la razón y decididos a no perder ese otoño ni una sola hoja. Así se acabó el silencio en lo profundo del bosque.

Entre todas las voces se oyó una muy tímida de los árboles situados cerca de un arroyuelo:

-¿Estáis seguros?La Gran EncinaCentenaria nos dice que si hacemos semejante barbaridad ocurrirá una desgracia, moriremos.

Por supuesto no hicieron el más mínimo caso. ¡A una vieja encina la iban a escuchar! ¡Anda ya! A un vejestorio….

Así según el otoño se iba tiñendo de ocres y amarillos, un pequeño grupo de castaños mantuvo su color, sus hojas verdes, negándose a hacer aquello que la naturaleza les había indicado por decisión del Buen Dios.

Según pasaban los días, viendo que nada pasaba, los árboles se estiraban más y más de orgullo. Movían sus ramas llenas de hojas burlándose del resto de compañeros que no habían querido imitarles.

-¡Uy, qué miedo! Mis hojas no pararan de moverse…Qué horror, cómo me pesan. Estas hojas nos hacen cosquillas…¡Fíjate, pues no pasa nada, ninguna catástrofe! ¡Ni es el fin del mundo! ¡Eh! ¿Tenéis frío?

Desde lo alto de una loma,la ViejísimaEncinaCentenaria, los miraba con pena:

-¡Qué error más grande! ¡Qué gran error! ¡Qué lástima que no quieran escucharme…! Inconscientes…

Así pasó el otoño, el invierno, llegó la primavera, el verano y otra vez el otoño… y los castaños rebeldes, más seguros que nunca viendo que no pasaba nada, continuaron con su cabezonería de no perder ni una sola hoja. Así durante algo más de dos años.

Entonces llegó un invierno de los de “antes”, frío… pero frío, frío. Grandes nevadas, vientos fortísimos y los árboles, como toda “vida”, empezaron a sentirse débiles y enfermos. Sus raíces no encontraban alimento en la tierra, su savia comenzó a secarse. El espanto empezó a hacer mella entre todos ellos, se miraban entre sí sin entender nada. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué el resto de sus hermanos, sin hojas, no se morían?

-¡Ayudadnos! Les gritaban.

Todos los demás castaños, con gran dolor, les contestaron:

-No podemos hacer nada, la tierra que está a vuestro alrededor está muerta, sin alimento. Las hojas que nosotros perdemos todos los años son las que la alimentan y luego nosotros podemos hacerlo de ella. Lo sentimos. Vosotros mismos os habéis condenado.

Recuerdo que la primera vez que escuché esta historia (no conozco su origen, y he adaptado los protagonistas) me pareció cruel, muy duro el castigo, porque luego, con la llegada de la primavera, todos los árboles secos fueron talados para plantar otros nuevos. ¡Uff, qué excesivo! Pero así es, no fueron castigados, su soberbia les llevó a semejante fin. Es posible que no entendamos algunas cosas de nuestras vidas, por qué tienen que ser así, a veces desagradables, molestas, todo es por nuestro bien. Dios no haría nada que nos perjudicase, pensadlo. Hasta “cayó” a la tierra para hacerse nuestro alimento.

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