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Opinión


20 de febrero de 2015

Desde la Fe hacia el honor


Profesor universitario e Intendente Policial


La naturaleza humana es muy compleja. Afortunadamente. Nuestros sentimientos y acciones son a veces contradictorios generándonos luchas interiores y desorientación. Las consecuencias de todo este proceso en ocasiones son dramáticas e incluso irreversibles.

 

Nuestra triste guerra civil, supuso para todos los que la vivieron un drama, penurias y calamidades de las que nunca se recuperaron del todo. Para algunas personas además de todo ello, se encontraron frente a una encrucijada en la que tuvieron que optar por dar preferencia a sus convicciones religiosas o al juramento de fidelidad a la República.

 

Releyendo el libro titulado “Católicos del bando Rojo” cuyo autor es Daniel Arasa me entró un sentimiento de angustia que crecía a medida que leía las biografías de los personajes. Todos ellos tienen como denominador común ser personas de fe católica que sirvieron en el bando republicano. Me centraré en algunos de ellos, no por más importantes, sino porque cada uno posee una singularidad que me llamó especialmente la atención.

 

El general Antonio Escobar Huerta, alcanzó fama con la novela “La guerra del general Escobar” en la que se narran los hechos históricos donde el general Escobar al mando de la Guardia Civil impidió el triunfo del levantamiento militar del 18 de julio de 1936 en Barcelona. Fue el encargado por el gobierno de la Generalitat de sofocar los núcleos de los denominados rebeldes en la capital catalana. Como el presidente Lluís Companys  y su gobierno no estaban muy seguros de su fidelidad y dudaban de que se unieran a los militares sublevados, respiraron con mucha tranquilidad, cuando el propio general al pasar por delante de la Conselleria d´Ordre Públic este le saludó militarmente y le dijo: ¡A sus órdenes señor Presidente! para acto seguido sofocar la rebelión de sus compañeros de armas. Ni que decir tiene que esta acción supondría que lo que pretendía ser un golpe militar se convirtiera en una prolongada guerra civil, al ser Barcelona clave en los planes de los sublevados.

 

El general Escobar era profundamente católico al igual que su esposa. Fue herido gravemente en varias ocasiones y pidió al presidente Azaña permiso para viajar a dar las gracias a la Virgen de Lourdes por su curación. El gobierno republicano no quería otorgárselo porque muchos salieron del país para no volver. Pero  Azaña confiaba en él y en su palabra. Fue y volvió porque era hombre de honor. Cuando pudo abandonar España ante la inminente derrota no lo hizo por patriotismo. Sufrió mucho con la quema de iglesias y asesinatos de religiosos e intentó siempre que pudo protegerlos.

 

Fue fusilado y cuando le comunicaron su condena a muerte escribió de su puño y letra al comienzo del texto por el que le sentenciaban: “Bendita sea la Divina Voluntad”. El propio cardenal Segura pidió que no se le fusilara. Nada se pudo hacer. Fue fusilado en el castillo de Montjuïc por un pelotón de guardias civiles. La orden de disparar la dio él mismo con un crucifijo en la mano. Delante de su cadáver desfilaron rindiéndole honores unidades militares y de guardias civiles. Hecho este que sólo se reserva para hombres de honor.

 

El general Juan Hernández Saravia, era además de militar terciario carmelita. Hombre de profunda religiosidad. También fue el colaborador militar más estrecho de Manuel Azaña. No deja de ser al menos curioso que el hombre que dijera que España había dejado de ser católica, depositara su máxima confianza en personas como Saravia o Escobar quienes eran precisamente fervientes católicos. Saravia ostentó el mando de importantes operaciones del Ejército Republicano como la ofensiva sobre Teruel. Los milicianos no se fiaban de él pero día a día les demostraba que era fiel al juramento que todo militar realizó a la República.  Con motivo de uno de sus traslados, le asignaron una casita en Valencia. Como alto cargo de la República que era los dueños de la casa retiraron todos los símbolos religiosos que había en la casa pues daban por supuesto que debía ser así. Al llegar, el general y su esposa llenaron la casa de crucifijos e imágenes religiosas para sorpresa de todos.

 

Sufrió por los ataques a la Iglesia pero culpaba de ello no al gobierno sino a grupos de exaltados. Su afectación por el presidente Azaña no le impedía ver con desazón como todo lo religioso era apartado de la vida de los republicanos. Se exilió a Méjico donde entró a formar parte de distintos gobiernos de la República en el exilio. Allí murió y fue enterrado envuelto en el sudario de terciario carmelita.

 

El general Vicente Rojo Lluch, fue el mejor estratega del bando republicano. También ferviente católico, siempre llevaba consigo una cruz que le acompañaba incluso en su lecho. Todo el mundo lo sabía, pero lo consideraban católico, militar y patriota. Este hombre sufrió profundamente en su interior la lucha entre su juramento y su fe. Especialmente dura fue esa pugna pues su esposa, Teresa, era profundamente católica y no podía entender como su marido luchaba en el mismo bando que aquellos que quemaban iglesias. Aún así, siempre estuvo a su lado como consideraba que era su deber.

 

Rojo fue el artífice de las mejores maniobras del Ejército Republicano. Gracias a él y al General Miaja este ejército no fue arrollado el primer año de la guerra. Ayudó todo lo que pudo junto con su esposa a los religiosos perseguidos llegándolos a ocultar incluso en su casa. Al terminar la contienda, se fue al exilio para volver  a España y morir en 1966. La noticia apareció en los periódicos sin ninguna descalificación sobre su persona. Fue un soldado fiel a su juramento que  nunca participó ni permitió que se cometieran persecuciones ni atrocidades.

 

Debió ser cruel para estas personas sentirse identificados en su fe y en sus valores con aquellos frente a los que luchaban. Su juramento y obligaciones militares les posicionaron en un drama incluso familiar. Intento imaginar los escasos momentos que tuvieran de intimidad con sus esposas y amigos más allegados haciendo frente a esta lucha de convicciones.

 

Hay un principio militar que se conoce como “La soledad del mando”. Significa que aquel que detenta el mando se ve abocado a tomar decisiones en soledad y a asumir las responsabilidades derivadas de las mismas. Cuanto mayor mando se tiene el nivel de soledad es mayor. Estos tres generales estuvieron en la cúpula militar republicana. Pues bien, si ya les pesaba la soledad del mando, podemos imaginarnos el peso añadido de su lucha entre fe y juramento.

 

Estas breves reflexiones intentan aproximarse a las incertidumbres e inquietudes de tres hombres a quienes el destino los sometió a una prueba diabólica. Hombres de fe y honor.

 

 

 

 

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