Desconozco si a la mayoría de ustedes les sucede igual. Lo cierto es que desde finales del mes de julio y principios de agosto, entre vacaciones, ausencias y calores, resulta tremendamente complicado avanzar laboralmente hablando como en el resto del año. La provisionalidad se instala en nuestras vidas y todo parece ser un salir del paso en un día a día donde decisiones o acciones importantes quedan en suspenso para momentos más templados, por frescos creo entender y no más relajados.

En una comida estival un alto cargo político me espetó: “Para después de La Encina”. Bien es cierto que el susodicho era berciano ejerciente a pesar de sus responsabilidades allende del Manzanal, pero el resto de comensales asintieron sin dudarlo; y eso que no eran comarcanos. A mí me hizo gracia en ese momento, pero durante días después fui escuchando esa coletilla en más lugares a personas de lo más variopinto de nuestra sociedad. Tanto es así que, involuntariamente hasta este periodista asimiló como propia la muletilla final a modo de chiste o gracieta.

El asunto no tendría más recorrido que el anecdótico si no tuviera rasgos de plaga. Esto es, en el fondo de la cuestión lo que subyace es una especie de contagio general que una vez finalizado el curso, escolar, la vida se transforma. Somos un pueblo al que le gusta salir a la calle, disfrutar de las terrazas, comer y cenar fuera siempre que se pueda, hablar en demasía y escuchar poco, contar nuestras vidas y milagros a los supuestos amigos, celebrar lo bueno y lo malo de la vida de puertas afuera y, en definitiva, llevar nuestra sociabilidad por bandera ante otros pueblos del centro y norte continental.

El número de bares y establecimientos de ocio nocturno nos delata. Y bien pensado, a pesar de ver en el botellón adolescente una aberración, el resto se ahorra con esta forma de ser mucho en terapeutas de salud mental. Algo es algo.