Num: 7179 | Lunes 4 de julio de 2022
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Opinión


A veces a uno le cuesta mucho escribir, sobre todo porque aunque entre otras cosas me dedique al noble arte de la escritura, hay que reconocer que la palabra siempre supone un límite a la hora de expresar y de transmitir lo que uno siente por dentro. Hoy es un día triste, como lo llevan siendo todos los días desde que nos invadió esta pandemia, pero para mí hoy es un día un poco más triste si cabe. Con el paso de los días me he acostumbrado a estar en casa, no es que me cueste mucho, la verdad, ya que yo soy casero de por sí, y, como casi todo el mundo, me he impuesto una serie de rutinas para pasar el día lo más entretenido posible. Tengo que decir que me está viniendo muy bien, quien lo iba a decir. Tomo jugos naturales, hago yoga, ejercicio, medito mucho, salgo a que me de el sol en el balcón, pruebo cosas nuevas en la cocina, y aplaudo todos los días a las ocho de la tarde. Somos animales de costumbres, está claro, y por acostumbrar también me he acostumbrado al sonido de las ambulancias día sí y día también. Al principio no le das importancia, lo tratas como un asunto banal, otra ambulancia que pasa. Supongo que es la manera inconsciente que tenemos de protegernos emocionalmente contra lo que supone oír todos los días entres dos y tres ambulancias pasando por tu barrio. ¡Ojo! sólo por mi barrio. Hoy, al escuchar una de esas ambulancias mientras tomaba el sol en el balcón he caído en la cuenta de las historias que hay detrás del sonido de una ambulancia. He pensado en la persona a la que va a recoger, si es mayor (lo más probable), si está muy grave. He pensado en la familia de esa persona, si viven con él o se tienen que conformar con recibir noticias o, en el peor de los casos, si esa ambulancia lo que lleva en su sirena es el sonido de la muerte. He pensado en lo triste que debe ser no poder despedirte de un ser querido en persona, lo desgarrador y angustioso que debe ser el saber que, si eres creyente, no podrás ofrecer ninguna ceremonia por su alma hasta que las restricciones de movimiento se acaben. Y he pensado también en los sanitarios que tienen que hacer este trabajo. Como su armazón emocional se va erosionando lentamente pero sin descanso con cada enfermo que tienen que recoger. Y entonces, al darme cuenta de lo que conlleva cada ambulancia, cada enfermo, cada muerto, no he podido más que llorar, llorar por nosotros, los humanos, por lo mal que lo hemos hecho y por el bien que aún podemos hacer. He llorado por ese señor mayor que veo todos los días enfrente de mi balcón aplaudiendo, abrigado hasta los topes y con la mujer agarrándole por si acaso, he llorado por los niños pequeños que salen a aplaudir disfrazados de sus súper héroes favoritos, he llorado también por las estériles disputas entre defensores de unos y defensores de otros, he llorado tanto hoy… también por mí, por mi familia, por toda la gente a la que quiero, y sobre todo he llorado por Don Manuel. Don Manuel era un señor que conocía. Buena gente, cabezón, muy mayor pero con plena autonomía, un señor que le gustaba cantar coplas, que había trabajado en la siderurgia y fue algo rojo, que casi no tenía dientes pero no perdonaba nunca el pinchito de tortilla y su cañita, que siempre salía con su abrigo, su gorra y su cachaba. Un hombre con tanta vida a sus espaldas que era un placer sentarse con él y escuchar lo que tuviera que decir, aunque sólo fueran simples anécdotas de su larga estancia en esta tierra…. Hoy encontraron el cuerpo de Don Manuel sin vida en el apartamento que tenía alquilado. Llevaba cinco días muerto. Murió solo, acostado en la cama. Supongo que se echaría a ver si se le pasaba la tos o el dolor de garganta que tenía, quien sabe. No he sido consciente de lo terriblemente devastador que está siendo esta pandemia hasta que la muerte de Don Manuel me ha golpeado en la cara. Pido a Dios que nos perdone, que como especie lo hemos hecho muy mal pero que aún hay tiempo para mejorar. Sólo espero que tanto dolor nos lleve a tomar conciencia de lo que estamos haciendo con este mundo. Descanse en paz Don Manuel, espero que allá arriba tengan buenos pinchos de tortilla.

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