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Opinión


13 de junio de 2013

El Cementerio de Cacabelos

El cementerio de Cacabelos se construyó en el año 1885 en parte sobre los restos de la derruida iglesia de Santa María de la Edrada, en parte sobre un terreno privado de don Antonio Morete Alba, que el ayuntamiento adquirió por la cantidad de 4.996 pesetas.


El cementerio de Cacabelos se construyó en el año 1885 en parte sobre los restos de la derruida iglesia de Santa María de la Edrada, en parte sobre un terreno privado de don Antonio Morete Alba, que el ayuntamiento adquirió por la cantidad de 4.996 pesetas. La iglesia de la Edrada, cuyos orígenes se remontan a la temprana Edad Media, había sido, al igual que la iglesia parroquial de la Plaza, tradicional lugar de enterramiento de muchos cacabelenses, tanto en el interior del templo como en sus aledaños. Lo sabemos por los libros parroquiales y por las excavaciones arqueológicas, de las que hablaremos después. En esas excavaciones apareció una necrópolis, con numerosas tumbas.

A comienzos del siglo XIX la iglesia, que las fuentes sitúan siempre extramuros de la villa, estaba abandonada, caída la techumbre y con sus muros en gran parte derruidos. Su interior se había convertido en un espacio agreste, selvático en el que entraban los ganados a pastar las hierbas y malezas que en el crecían. Por esa razón, el arzobispo de Santiago, a cuya diócesis pertenecía entonces Cacabelos, ordenó que sus muros se demolieran completamente, su espacio se desacralizara y, como recuerdo se colocara una cruz de hierro sobre un pedestal de piedra donde había estado el altar, cruz que, si no recuerdo mal, aún se conserva.

La construcción de cementerios fuera de las villas y ciudades fue una medida higiénica, que los gobiernos ilustrados y liberales obligaron a los ayuntamientos a cumplir, desde el siglo XVIII y aún más en el siglo XIX, aun que tal medida solo se fue imponiendo paulatinamente; en el caso de Cacabelos, como vemos, en su último cuarto de siglo, pese a que contaba por entonces con algo más de 2.000 habitantes. Hasta entonces las iglesias de la Edrada y de la Plaza, en su interior y en su exterior, habían cumplido durante siglos con esa función.

La iglesia de Santa María de la Edrada y el cementerio sobre ella se sitúan espacialmente sobre el solar de la vieja ciudad de Bergidum Flavium, pues en Cacabelos coinciden los datos que nos transmiten las fuentes sobre su ubicación: coordenadas de Ptolomeo (8.30 de longitud y 44.10 de latitud), distancia que la separaba de Asturica Augusta (50 millas), Lucus Augusti (70 millas) y Bracara Augusta, en las vías XVIII, XIX y XX del Itineriario de Antonino, e importancia histórica. Ya sé que se discute sobre el lugar exacto: la Edrada o Castro Ventosa, pero hoy no hay duda que lo fueron ambos, aunque en momentos diferentes.

Esta ciudad fue municipio romano, como se deduce de la lápida de Cayo Valerio Arabino, hallada en Tarragona, que menciona a un sacerdote augustal en la capital de la provincia, que había nacido en Bergidum Flavium y recorrido en ella el cursus honorum como ciudad (in republica) de derecho latino concedido por los Flavios. Fue una mansión (mansio) en las vías que unían las capitales de los tres conventos jurídicos del noroeste; y fue también centro administrativo y político de las explotaciones auríferas del Bierzo (Las Médulas, La Leitosa, los Cáscaros, etc.). No se trata, por tanto, de un núcleo insignificante sino de una población de una cierta importancia

Por esa razón es lógico que en ella aparezcan con frecuencia restos de tégulas, ladrillos y cerámicas, monedas, bronces, vidrio e incluso lápidas; restos que pueden contemplarse en el MARCA, en el museo de la villa. El espacio que ocupó -hoy una amplia vega rica y fértil en el pago de La Edrada- se sitúa entre el río Cúa y la reguera Argancina o Argentiñe. Los mencionados restos han aparecido, siempre casualmente, en varios lugares de tal pago, también en el propio cementerio, como recoge Gómez Moreno en el Catálogo monumental de la provincia de León: “en el cementerio se reconoció un gran macizo de argamasa, que creyeron sería un horno, y un pozo rectangular, en el que había siete cráneos de toro metido en su testuz, todos ellos quizá víctimas de sacrificios”.

Un siglo después de construido el camposanto, se había quedado pequeño para un pueblo que había doblado su población. La corporación comunista que gobernaba entonces, presidida por Santos Uría Cascallana, tomó la decisión de construir uno nuevo. Primero se pensó en uno municipal, pero el pueblo de Quilós se opuso, alegando que ellos ya tenían el terreno para levantar uno nuevo, como efectivamente harían poco después. Ante esta negativa, la corporación comunista compró un solar a las afueras, al lado de la carretera que desde Cacabelos se dirige a Magaz de Arriba. Como en tantas otras cuestiones, la medida no fue del gusto de todos, porque muchos vecinos querían mantener el centenario cementerio.

Como medida provisional, se pensó en ampliar aquel, adquiriendo para ello en su lado sur una finca estrecha pero de la misma longitud del cementerio a una familia que había emigrado a Francia. La finca se cercó con un muro pero antes de comenzar las obras, se encargó una excavación arqueológica pensando en la posibilidad de hallar restos de interés. De este modo, en los años 1987-1989, Miguel Figuerola exhumó la necrópolis medieval, con numerosas tumbas de lajas  de pizarra y abundantes restos humanos, en la parte oeste, mientras que en la zona este se descubrieron cimientos de viviendas, una atarjea y una zona probablemente de baños.

Mientras se hacía esta excavación de urgencia, unas nuevas elecciones en 1987 dieron la victoria a los socialistas. Los comunistas, ahora en la oposición, ante el hallazgo de esos restos defendieron conservar y proteger los restos arqueológicos, y que la zona fuera declarada BIC; pero el alcalde José Antonio Morete, con el visto bueno del arqueólogo provincial, presionado por algunas personas que querían ampliar cuanto antes el cementerio, tomó la decisión de continuar con las obras. De este modo se destruyeron los hallazgos, al dedicar una gran parte del espacio a tumbas donde inhumar los cadáveres, dejando sólo una pequeña parte al este para nichos. La mayoría de los restos, sino todos, desaparecieron para siempre.

Años después, siendo alcalde por el PP José Luis Prada Méndez, que había creado un Patronato para la defensa del Patrimonio de Cacabelos, se compró otra larga tira de terreno en el lado norte del cementerio, no para este uso sino para excavarla, lo que se hizo el año 2002. En esa nueva excavación aparecieron restos de viviendas y una larga atarjea, la misma que debía cortar el camposanto de norte a sur y unirse con la descubierta en la zona ampliada, de muy buena factura para recoger las aguas fecales de la antigua ciudad. Los restos fueron precariamente protegidos, porque la construcción de una estructura era muy costosa. Así continuaron las cosas durante algunos años, con gobiernos socialistas, que apenas mostraron el menor interés por los restos, pese a su reclamo turístico y su interés histórico.

Pero Cacabelos, al contrario que buena parte del Bierzo, ha seguido creciendo en el nuevo milenio; hoy supera ampliamente los cinco mil habitantes. El cementerio se ha quedado otra vez pequeño para tanta población y nuevamente la corporación, presidida por el popular Adolfo Canedo, se plantea solucionar el problema, que cada día es más acuciante. Durante algún tiempo ha buscado la colaboración ciudadana para encontrar alguna solución, pidiendo que se emitan sugerencias; pero son ahora los socialistas los que se niegan a ampliar el cementerio y destruir los restos arqueológicos ¡Incoherencias de la política!.

En estos momentos se barajan dos posibilidades, ya que nadie defienda la destrucción del yacimiento: cubrir los restos y construir sobre ellos solamente nichos o bien hacer un nuevo cementerio. A mi no me gusta ver el yacimiento a la intemperie, porque el deterioro de las estructuras sacadas a la luz es evidente; habría que protegerlo de algún modo, incluso es preferible taparlo esperando una mejor ocasión. En ese sentido no me parece mal construir nichos sobre el yacimiento sellado; pero esto no soluciona el problema, solo lo aplaza unos años más, puesto que sobre un espacio tan pequeño no pueden construirse muchos nichos, aunque también es cierto que cada vez es más frecuente la incineración.

Creo que la corporación, sin partidismo, debería plantearse una decisión consensuada sobre ese espacio; si no se llega a ella, habrá que pensar en la construcción de un nuevo cementerio, si realmente es necesario, a tenor del paulatino abandono de la práctica de la inhumación. No es una mala idea lo de un cementerio privado, como ha propuesto Adolfo Canedo; pero dudo que Cacabelos tenga entidad para una iniciativa de este tipo, porque el número de defunciones al año debe de rondar sobre las cuarenta poco más o menos. Ahora bien, quizá alguno piense que puede ser rentable a largo plazo. ¡Es una solución! Si no es así, la iniciativa ha de ser pública; el pueblo necesita ese servicio. ¡Tan difícil es ponerse de acuerdo!

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