Num: 1557 | Domingo 24 de junio de 2018
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El gran padre blanco

Celso López Gavela, en una imagen de archivo de BierzoDiario.

De esa forma en una crónica de entonces se le definió. No porque el periodista de turno fuese arapajoe sino porque Celso era para la mayoría de los ponferradinos como una autoridad a la que se admiraba y hasta casi se veneraba como una especie de abuelo mayor, de oráculo, de familiar veterano de toda una ciudad a la que se acudía para mil y una razones.

Sin ser no sólo de Ponferrada, ni tan siquiera berciano; nació en Ibias en 1925, sí fue el alcalde de la instauración y desarrollo de la democracia y el que dio una serie de servicios e infraestructuras de ciudad a la capital berciana. Pensemos en el nuevo Hospital, en la Estación de Autobuses, en la Casa de Cultura, en la nueva Comisaría, en el Museo de Ponferrada, en los continuos desarrollos del polígono de las Huertas y otros puntos cardinales de la ciudad. Al final, sin quererlo, el PSOE en Ponferrada era Celso y Celso era Ponferrada. De hecho desde 1979 hasta 1995 ocupó la Alcaldía de la ciudad. Muchos dicen que esa última legislatura le sobró, que ya estaba cansado, que el equipo necesitaba recambio de líder; pero lo cierto es que con él el socialismo nunca perdió; podría tener mayoría absoluta o relativa, pero mayoría en definitiva.

López Gavela tuvo tiempo de ser procurador regional, del 83 al 89, precisamente la única legislatura en que el socialismo ha gobernado en Castilla y León. Eran tiempos de grandes nombres del socialismo más cercano como Pepe Álvarez de Paz, Demetrio Madrid, Juan José Laborda…Lo cierto es que fue la época dorada del socialismo: Celso en Ponferrada y Conrado Alonso Buitrón timonando a nivel comarcal. Eran el último eslabón de la pirámide del felipismo que parecía invencible durante años y años.

Senador, porque al final tenía hasta aspecto de senador, del 83 al 87 y del 89 al 93. Presidente del PSCyL del 88 al 94. Y hubiese permanecido más tiempo en política si él hubiese querido, por mucho que la oposición dentro y fuera con los años avanzaba.

Le gustaba veranear en Portugal, de donde la leyenda urbana le atribuía una casa de verano. Pasar algún rato que otro en el mirador de Lombillo, sentarse en uno de sus bancos y relajarse. Era recto y seco cuando lo tenía claro, pero en general, se sabía ganar al respetable que llegó a forjar en torno a él una figura, repetimos, casi familiar. Descanse en paz

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