Desperezarse a las 10 de la mañana para saborear un gran tazón de colacao con algo sólido suponía el comienzo de la jornada. Al no tener cuentas pendientes con el colegio, se disfrutaba de una concesión de libertad por parte de los padres inusual. Y por las mañanas tocaba ir al jardín, para los de antes Parque del Generalísimo, para los de ahora Jardín de la Sinagoga; qué pesados se ponen los políticos cuando para la gente normal y corriente siempre ha sido y será el Jardín, a secas, y todo el mundo lo entiende.

Cazar caracoles después de la tormenta de verano, jugar en la arena a carreras de chapas a través de circuitos imposibles, ir a comprar por unas pocas pesetas unas pipas y unos chicles al puesto del señor Santos y la señora Pilar, jugar a guardias y ladrones, al escondite por la frondosa rosaleda y disfrutar de las marionetas de Gorgorito en las fiestas de agosto ocupaban buena parte de nuestros veranos.

En otras ocasiones, la bicicleta, símbolo de libertad, nos permitía acercarnos hasta la fuente de Castrillo de los Polvazares en Maragatería; hasta la Forti, de fortificante por sus aguas, en la Cepeda o recorrer una y mil veces de arriba abajo el paseo de la Muralla. «Niño más despacio», reñía una respetable señora viuda que caminaba con don Hortensio y don Bernardo Velado, dos sacerdotes cuya estampa iba implícita al citado lugar de la Bimilenaria.

A veces acompañaba a mi padre al Casino, donde los señores muy serios se permitían no llevar corbata unas semanas ante el calor. Y mientras jugaban sus partidas y tomaban sus cafés de después de comer, yo en los enormes sillones leía el ABC y la prensa de Astorga. Para no respirar el intenso humo de cigarros y habanos, el conserje Jesús me abría la biblioteca donde me sentía en el paraíso rodeado de libros que me atraparon para siempre.

En ABC