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Opinión


24 de octubre de 2022

Envidia insana e inevitable


Hace unos días, mientras realizaba un viaje por Valencia, pude leer en un periódico que esa Comunidad iba a recibir 1.208 millones en inversiones del Estado, lo que significaba que la partida destinada a ese territorio crecía un 3,8% respecto a lo presupuestado el año en curso. En otro medio, se informaba que el Ayuntamiento de la capital del Turia y la Cámara de Comercio habían creado una oficina para captar inversiones locales, nacionales y extranjeras, con el fin de convertir a Valencia en un polo de atracción económica. Finalmente, otra publicación destacaba en sus páginas que la dirección general de carreteras del Ministerio de Transportes preveía quintuplicar la inversión del año pasado en la Comunidad. En concreto, se iban a destinar 87 millones a la creación de infraestructuras y 91 a conservación y explotación.

Por esas mismas fechas, se podía leer en la prensa leonesa y, también en la astorgana, que los Presupuestos Generales del Estado habían vuelto a ser especialmente cicateros con nuestra provincia, que la enésima Mesa por León estaba a un centímetro del fracaso y que el Gobierno no había incluido a León entre las provincias que se iban a beneficiar del paquete de ayudas especiales previstas para la España despoblada.

El contraste entre lo que ocurría en la Comunidad Valenciana y mi querida tierra leonesa no podía ser más notable, ni más inquietante, ni más desesperanzador. Por esta razón, debo confesar que, en un primer momento, me asaltó el deseo de avecindarme en la tierra de la chufa y las fallas, no por razones laborales, que uno ya no está en edad, pero si para poder despertarme todos los días con alguna noticia que, en lugar de encoger mi alma, me ensanche el ánimo.

Pero, para no faltar a la verdad, también debo aclarar que mi propósito de cabreado empadronamiento valenciano tuvo una corta vigencia, y por ello no tardé en dedicar mi tiempo y mi intelecto a preguntarme las razones por las que León llevaba tantos años sufriendo un proceso de acusada decadencia. Y ya metido en harina, quise reflexionar, igualmente, sobre los posibles culpables de ese retroceso.

Aplicando la doctrina oficial más en boga, alguien podría tener la tentación de adjudicar las culpas a Putin, a la guerra de Ucrania o al cambio climático, que da mucho juego. Pero esta adjudicación, aunque cómoda, no parece muy razonable, porque, como es público y notorio, nuestros males provinciales vienen de mucho más atrás.

Por ello, no queda más remedio que pensar que los verdaderos responsables del declive provincial han sido nuestros representantes políticos, empresariales y sindicales, que a lo largo de muchos años no han sabido ni defender nuestros intereses ni plantear soluciones imaginativas para garantizar el futuro. Han preferido dedicar su tiempo y sus energías a la política de campanario y al vistoso, pero inútil, ejercicio del victimismo o al del agravio comparativo, argumento que da mucho juego en las tertulias de bar y en el comité ejecutivo de algún partido de inspiración regionalista.

El ejemplo más palmario de esa inoperancia de los partidos políticos, de las Administraciones y de las organizaciones sociales nos lo han venido ofreciendo las sucesivas `Mesas por León´ que, tras su constitución, siempre con gran aparato propagandístico, no han tardado en dar muestras evidentes de su inutilidad, eso sí, entre reproches y acusaciones mutuas por parte de todos sus integrantes, lo que tampoco ha resultado muy positivo para la consecución  de los beneméritos objetivos previstos en todas las Mesas.

Las Mesas no lograron frenar el deterioro del tejido industrial de León, tampoco supieron corregir la decadencia del otrora potente sector agroganadero leonés y, para remate, tampoco fueron capaces de evitar la desaparición de la minería, un sector que durante muchos años generó en León riqueza y miles de empleos. Y ello a pesar de las repetidas manifestaciones de los partidos mayoritarios, que insistentemente aseguraron a sus fieles en particular y a la ciudadanía en general que el futuro de la minería estaba plenamente asegurado. Amén.

A lo peor es que nuestros próceres siguen pensando que los problemas del siglo XXI se pueden solucionar con fórmulas y estrategias del siglo pasado y, claro, no es así.

Ya digo, es inevitable que algunos sintamos envidia, más o menos sana, al ver lo que ocurre en otros territorios del Reino.

Angel María Fidalgo

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