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Opinión


12 de abril de 2019

“Errar es humano, perdonar es divino y rectificar es de sabios”


ERRAR ES HUMANO, PERDONAR ES DIVINO Y RECTIFICAR ES DE SABIOS

(Alexander Pope, poeta inglés del S. XVIII)

Andrés Manuel López Obrador alcanzó la presidencia de México el pasado 1 de diciembre de 2.018 con más del 53% de los votos válidos emitidos. Estos son muchos votos. Más de 30 millones de electores, en un país que supera ampliamente los 123 millones de ciudadanos, optaron por el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, compuesta por Movimiento Regeneración Nacional – MORENA (partido fundado por el propio López Obrador), Partido del Trabajo y Partido Encuentro Social, al que se incorpora en 2.019 el Partido Verde Ecologista de México.

Estados Unidos Mexicanos es el estado con mayor número de hablantes de lengua española del mundo. La propuesta de la coalición ganadora para el gigante latinoamericano consiste en poner al país “en el lado correcto de la historia”, según palabras de Hugo Eric Flores Cervantes, presidente del Partido Encuentro Social. Solo así podrá López Obrador conseguir un cambio real para los mexicanos.

Y atendiendo a esa reubicación en la historia, el presidente azteca, bisnieto de un guardia civil mallorquín y nieto de cántabros de la localidad de Ampuero, apenas cuatro meses después de alzarse con el poder, ha revelado que pidió por carta al rey Felipe VI que nuestro país se disculpase por los abusos cometidos por los españoles durante la conquista del actual México. Como lo leen.

Esto produjo un huracán de declaraciones a ambos lados del Atlántico, y una lucha intelectual entre partidarios y detractores de la propuesta del premier mexicano que culminaron con la rotunda negativa por parte del gobierno español a aceptar los argumentos que se esgrimieron desde Los Pinos para justificar esa disculpa como imprescindible para “la necesaria reconciliación de los pueblos “, según dijo el propio mandatario. López Obrador quiere que esas disculpas sirvan para cerrar unas heridas aún abiertas de forma que en 2.021 se pueda celebrar sin rencor el 200 aniversario de la independencia de México, el 500 aniversario de la conquista de los mexicas por Cortés y el 700 aniversario de la fundación de Tenochtitlán. Casi nada.

La negativa española, vaga y poco contundente como suele ser habitual tratándose de asuntos de esta índole, se basa en la falta de rigor que supone analizar sucesos de hace cinco siglos según los parámetros actuales. Y poco más. Al ser un tema tan gastado y recurrente en los políticos e intelectuales de la América hispana y de gran parte de historiadores del mundo anglosajón, se conoce que nuestros representantes no ven adecuado darle mayor importancia.

Pero se equivocan.

Y mientras se equivocan, en ciudades estadounidenses de origen español, como es el caso de Los Ángeles se retiran estatuas de Cristóbal Colón con el pretexto de que “no hay que celebrar al responsable de un genocidio”.

Aún estamos esperando que retiren las estatuas del General Custer como por ejemplo en Monroe, Michigan.

Es cierto que se trata de un error mayúsculo analizar la historia de forma descontextualizada. Pero es que los nacionalismos es la única forma que tienen de crear relatos míticos que aúnen voluntades y conciencias diversas hacia la identificación de colectivos humanos bajo una misma bandera. Y esto es muy necesario en estados muy jóvenes, como es el caso de los de la América hispana, donde la lucha por liberarse de la tiranía de la monarquía española es prácticamente la única argamasa con la que cuentan para cementar sus conciencias nacionales. Si quitáramos este factor, toda la arquitectura política latinoamericana posiblemente se vendría abajo. Admitir que España tiene que pedir perdón a México, y por extensión a todo un continente, por la invasión de hace cinco siglos, viene a significar que existía una realidad política y jurídica previa, el estado mexicano, soberano e independiente, que fue atacado y conquistado por otra realidad política y jurídica previa, el estado español, que lo anexionó. Solo así se puede justificar la noción de “independencia” y la reclamación de perdón por parte del supuesto país invadido.

Cuando Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano, súbdito de la corona de Castilla, desembarca en 1.519 en Cozumel, hacía menos de treinta años que el reino maya se había venido abajo, encontrándose Yucatán dividido en multitud de estados y cacicazgos. España era una concepción geográfica heredada de épocas antiguas, pero no un estado en el sentido contemporáneo de la palabra. La unificación vendría casi dos siglos después. Cortés no era, por tanto, un funcionario público del estado español. Y por supuesto, los mayas de Yucatán con los que se encontró no tenían ni la más remota idea de algo llamado México. Pretender que España pida perdón a México es un sinsentido tan mayúsculo como pretender que Italia se lo pida a España por la conquista de la península Ibérica por parte de las legiones de Roma.

Es cierto que la conquista fue un acto muy violento, y que la religión católica fue el remedo de “ideología” entendida en términos actuales que se utilizó para justificar toda clase de atrocidades y abusos cometidos por los conquistadores. Exactamente los mismos abusos y atrocidades que los aztecas pudieron cometer contra los tepanecas, tlaxcaltecas y totonacas en el proceso de conquista que culminó con la creación del imperio mexica. El hecho de que realidades políticas posteriores a esos sucesos como son España y México se consideren sucesores naturales de Castilla y Tenoctitlán no significa de ya existiesen en aquella época. Pretender que España le pida perdón a México por los hechos ocurridos es como pretender que los nietos pidan perdón por los abusos de los abuelos.

España no tiene que pedir por nada de lo ocurrido hace quinientos años. México nada tiene por lo que sentirse agraviado de lo que ocurriera hace quinientos años. De hecho, ni España ni México existirían de no ser por lo que allí ocurrió entonces. Ambas naciones nacieron del mismo drama y crecieron merced a muchos otros dramas, propios y ajenos, gracias a los cuales son hoy las grandes naciones de la humanidad que son. Por eso son naciones hermanas. La misma sangre corre por sus venas. Ojalá miles de mexicanos lean este artículo y entiendan el dolor que supone para los españoles de hoy ese sentimiento de agravio del que muchos de ellos hacen gala. Ojalá muchos miles de españoles lean este artículo y entiendan que con razón o sin ella, muchos miles de mexicanos se sienten aún hoy dolidos por algo por lo que no se puede culpar a España.

Y como errar es humano, perdonar divino y rectificar es de sabios, si mi hermano se siente dolido por una falta supuestamente cometida por mí, aunque yo no sea consciente de haber hecho nada malo, es por el cariño que le tengo que le pido perdón de corazón. Y mi hermano, que también me quiere, hará seguramente el mayor acto con el que un ser humano puede semejarse a un dios, que es ser magnánimo y perdonar. A partir de aquí, quizá sea posible rectificar y darnos cuenta desde ambos lados del océano, que somos uno bajo las estrellas y empezar a reclamar el lugar que nos corresponde dentro de este minúsculo grano de arena que orbita al sol azteca en medio de la más insondable inmensidad del universo.

¡Ah ¡ Por si acaso sirviera de algo … Perdón.

¡Y que viva México!

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