Num: 5801 | Martes 26 de septiembre de 2018
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Ignacio Fidalgo


Hace 46 años empecé a escribir en la prensa del Bierzo. Y hoy empiezo a escribir en “Bierzo Digital”. En el otoño de 1972 había poco donde elegir, o nada: solo estaba el semanario “Aquiana”, que muchas veces se veía forzado a ser quincenal. Yo tenía 19 años cuando me acerqué una mañana a la calle Calzada de Ponferrada, donde me recibió Ignacio Fidalgo Piensos al fondo de un piso semi vacío. Fidalgo era para mí un héroe porque tenía una revista. Y porque yo quería escribir en ella.

Lo primero que me dijo fue que las colaboraciones tenían que ser gratuitas, lo que me pareció muy bien. Yo era un joven pobre, pero el poder publicar era un sueño. Que pronto vi cumplido. Y así fue como conocí a Fidalgo, del que sabía mucho por leerle cada semana, y porque fue un quijote local. Un hombre que, pese a ser miembro de la Falange Española, era de criterio libre. Decía por la radio lo que le parecía bien o mal, no se sujetaba a consignas. Y un buen día fue defenestrado por su libertad de criterio. A partir de entonces, se volcó en el “Aquiana”; y lo hizo con un evidente marchamo cultural. Con colaboraciones de Ramón Carnicer, de Antonio Pereira, de Ramón González-Alegre y de otras gentes ilustres que nacieron en el Bierzo, y que aunque se fueron de su tierra, siempre dieron testimonio de su amor a la pequeña región natal. Un amor nada folklórico ni anacrónico, sino creativo y universalista. Un gran amor que sigue vivo en los libros de estos excelentes escritores.

Ignacio Fidalgo también amó al Bierzo. Muy profundamente. Ese amor estaba al fondo de su conducta. De su heterodoxia. De su condición de ser propietario de una revista humildísima, en la que trataba de contar el mundo a su paso por el Bierzo. Un mundo muy subjetivo. Lo que hizo que la revista, siempre minoritaria, se fuera volviendo cada vez más misteriosa. “Aquiana” contaba noticias que no es que no pasaran, sino que pasaban poco, si es que vale decirlo así.

Fidalgo se fue quedando cada vez más solo, y su semanario fue adquiriendo un estilo cada vez más surrealista. Un producto inverosímil. Para entonces ya no escribían las gentes iniciales, sino un grupo de colaboradores pintorescos, que producían una prosa que provocaba, -y casi siempre a la vez- la ternura y la risa. Cada número del “Aquiana” era un almanaque estrafalario y animoso, contradictorio y sensacional, que me encantaba leer cuando llegaba a mi buzón, en la lejana Valencia, en aquellos años 70 y 80. Mi último artículo salió en 1985 y fue un recuerdo de aquel gran berciano que fue don Adelino Yebra, el forjador de un museo disparatado en su aristocrático caserón de Villar de los Barrios. Adelino Yebra, aquel solterón gigantesco, entusiasta y deslavazado también fue, como Fidalgo, un personaje literario. En el Bierzo, entonces, aún quedaban muchos.

Fidalgo era inteligente y enamoradizo. Presumido y con marchamo de Salamanca. Para mí fue consejero de amoríos y de templarios. Él sabía buscar muy bien un oro que no existía, pero que él encontraba entre la realidad y la ficción. Por eso fundó museos y articuló ceremonias donde se juntaba la ciencia histórica con la hipótesis descabellada. Yo siempre lo recordaré bastantes años antes de haberle conocido, en una tarde de 1963. Estaba con mis padres y mis tíos en un prado en las orillas del río Valcarce, cerca de Pereje, cuando pasó por la carretera Fidalgo en su Vespa. Nos vio, se detuvo y habló un rato con mis tíos Celso y Pepe. Cuando se fue, pregunté por aquel hombre, y me dijeron que era Fidalgo, el de la radio. El famoso periodista entonces aún no expulsado de la emisora, y que cada día redactaba su seguidísima sección “Ventanal de la ciudad”. En aquella tarde Fidalgo venía de la tierra de las minas de wolframio, de hacer indagaciones, de querer un poco más a este Bierzo nuestro y suyo, un Bierzo que mira más a Valdeorras que a León, y que mira más a Laciana que a Castilla. Y bien, ese Bierzo entre gallego y leonés, entre asturiano y lacianiego y muy antiguamente diocesano, que astorganos somos de nación eclesiástica desde hace mil quinientos años, le debe un homenaje a Ignacio Fidalgo. Hace mucho que se lo debe. Por su pasión, por su independencia, y también por su valía y su extrañeza.

CÉSAR GAVELA

Esta entrada tiene 1 comentario(s).

  1. También conocí y traté a Fidalgo en los 70 y por entonces me parecía bien singular y muy receptivo y Aquiana era una ventana a la información de Valdeorras y Bierzo.

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