Num: 6240 | Domingo 8 de diciembre de 2019
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Opinión


30 de mayo de 2019

José, el mudo


Mi primo José Gavela, hoy joven octogenario de admirable pelambrera, fue, tal vez, el forofo más acendrado de la Deportiva Ponferradina. El que con más energía y algún que otro paraguazo recriminaba al árbitro malvado sus errores y trampas. José se hizo tan famoso en el estadio que cuando algún juez cometía una notoria injusticia contra el equipo local, no digamos si ello implicaba derrota, la grada, presa de la indignación, clamaba venganza, y allí siempre aparecía su nombre, como idóneo justiciero. ¡Qué salga el mudo…! Y el mudo, alguna vez, salía, y actuaba. Y también alguna vez tuvo que ir al cuartelillo.

José Gavela era y es tan apasionado de la Deportiva como hombre raigal y pacífico en su vida cotidiana. Hace muchos años, pasando yo unos días en su aldea en las Asturias de Ibias, que también es la de mi padre y de tres de mis abuelos, José me regaló dos varas de roble que había trabajado con la destreza y la paciencia de los artesanos de las aldeas africanas o amazónicas. Dos varas que siempre están conmigo, ya va para tres décadas, y que acompañan a otros dos amuletos verticales, que siempre tengo muy cerca de la mesa donde trabajo cada día: los bastones de mi padre y de mi abuela materna. Cuatro maderas que me sustentan, que me ofrecen, silenciosas, su parte de tiempo y de misterio mientras me coloco delante del ordenador. Mirando a veces de reojo a los cuatro sabios vegetales.

José, que tiene una sordomudez muy avanzada pero no completa, trabajó en el pequeño almacén de coloniales que mi padre y sus dos hermanos regentaban en el último tramo de la avenida de España, cerca ya del puente de los trenes, justo donde confluye la avenida de Valdés. Él, por su gran fortaleza, cumplía las tareas más duras y físicas, y siempre de buen humor. Uno de sus cometidos consistía en ir a llevar o recoger cajas hasta las estaciones del Norte o de la MSP. Para ello utilizaba una bicicleta a la que se le unía un remolque. Algunas veces, cuando el equipaje era escaso, me dejaban ir con él. Yo entonces me subía al remolque y era el niño más feliz del mundo durante el breve trayecto. José Gavela era por entonces un hombre joven, pero lo curioso es que ahora, casi sesenta años más tarde, todavía lo sigue siendo porque no ha perdido del todo un aura de lozanía en la que parece rebotar el tiempo. Por algo su padre llegó a centenario.

José el Mudo también fue un rey mago. Pero esto no sucedía el día 6 de enero, sino en la mañana de cada 24 de diciembre. Un rey mago que solo actuaba durante cinco minutos: los que mediaban entre su salida del almacén con un gran cesto al hombro, y la llegada a nuestro hogar. Y más concretamente aún, los dos minutos durante los que, locos de alegría, lo divisábamos mi hermano Carlos y yo desde la ventana de nuestro cuarto. ¡Ahí viene…!, decíamos a voces, y allí abajo avanzaba José Gavela con su carga de turrones y mazapanes, de almendras y hojaldres, de botellas de vino, de licor y de cava, y de otras viandas habituales en las fiestas de la Navidad.

Esa imagen de José se volvió intemporal, lo mismo que sus enfados con los árbitros del fútbol que perjudicaban a la Deportiva. Y se une a la imagen de la propia calle, que entonces estaba empedrada, y algunos años cubierta de nieve. Ruido, color y humo de los vetustos autocares que iban a Pombriego y al Barco de Valdeorras y que partían desde la acera de enfrente. Por allí pasaba y de algún modo todavía pasa José Gavela con su equipaje de bebidas y manjares. Y es ahora cuando descubro que todo cabía dentro de los resistentes mimbres de la cesta de José: la ciudad y el mundo, el porvenir y la niñez, el amor y los viajes, el mar y los libros, y también las palabras de los mayores durante la cena, cuando solían evocar hechos y gentes, emociones y sueños del Bierzo y de Asturias.

Ojalá en el cesto intemporal del Mudo también viaje un nuevo ascenso de la Deportiva a segunda división.

CÉSAR GAVELA

Esta entrada tiene 1 comentario(s).

  1. Dice el autor que el pequeño almacén de coloniales de su señor padre y de sus señores tíos estaba cerca del puente de los trenes, un servidor, que también practica la obsesión proustiana de ir a la búsqueda del tiempo perdido, cuando va a Ponferrada siempre permanece unos minutos en ese puente y rememora como cuando de niño iba a ese lugar para confundirse con el humo blanco de las máquinas de vapor que pasaban por debajo (supongo que se trataría de las míticas locomotoras Mikado).

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