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Opinión


16 de abril de 2020

José María Gil Robles


No era berciano, pero tenía un gran vínculo con el Bierzo: era sobrino nieto del gran escritor Enrique Gil y Carrasco, cuya obra admiraba profundamente. José María Gil Robles nació en Salamanca en 1898 y ya era catedrático a los 21 años. Así empezó una larga experiencia jurídica, y después política, que le llevaría a ser el jefe de la oposición en tiempos de la república española, después de haber sido ministro y también de que el presidente Alcalá Zamora no le hubiera dejado presidir el gabinete, lo que hubiera sido de justicia dado su apoyo popular en las urnas. Gil Robles fue ministro de la Guerra, y nombró al general Franco jefe del Estado Mayor del Ejército. El mismo Franco que, andando el tiempo, lo expulsaría de España por haber ido Gil Robles a la reunión que organizaron en Munich demócratas españoles, tanto de derechas como de izquierdas. Gil Robles, en fin, fue el fundador del principal partido conservador de la República, la CEDA, estuvo exiliado en Portugal y cuando pudo volver a España ejerció la abogacía, llevando casos muy famosos de la vida judicial española. Sin duda, fue un nombre muy notable, cuya madre, Petra, había nacido en Ponferrada, ciudad en la que aún viven varios parientes del político.

 

Un día de 1972 José María Gil Robles vino a dar una conferencia a Ponferrada. Concretamente a un edificio social que tenía el Club de Tenis en sus instalaciones del Gericol. Yo cuando me enteré de que venía Gil Robles a la ciudad casi no me lo creía. Lo imaginaba en el exilio, o tal vez lo imaginaba ya muerto, no recuerdo cual opción era la que predominaba. Pero lo que sí hice fue acudir a la charla, donde iba a tener la oportunidad de conocer a un hombre que era historia viva de la República Española, un hombre que aparecía muy profusamente en todos los libros que yo había leído sobre la guerra civil y la república entonces, que ya eran unos cuantos. Un hombre, en fin, que parecía venir de otro mundo, de otro tiempo, de otro país.

 

Pero no. José María venía de Madrid, después de haber sido, en su último tramo profesional, catedrático de la universidad de Oviedo. Venía de Madrid y llenó el salón de personas ávidas de saber cosas de los tiempos de la república, de primera mano de uno de sus protagonistas. Pero, sobre todo, ávidas de ver alguna luz en unos tiempos en los que ya era evidente que el régimen político de entonces tenía pocos años por delante debido a la avanzada edad del general Franco, y al dato, inexorable, de que la sociedad española anhelaba la democratización después de tantos años de dictadura. En buena parte ello se debía a la existencia de una clase media nueva, que aspiraba a vivir en un país homologado con las demás democracias europeas.

 

Ese aroma de libertad se respiraba en la conferencia. En la que Gil Robles habló también del futuro, de la España que él anhelada moderna, democrática, tolerante y reconciliada. Todos los que estábamos en la sala le escuchábamos con enorme interés, y desde la alegría de tener a un trozo de la historia de España ante nosotros. De la más dramática historia de España, cabría decir. A mí me dejó huella aquel hablar suyo, sabio y sereno, y quiso la casualidad que poco tiempo después tuviera un breve trato con su hijo José María Gil-Robles y Gil-Delgado, que llegaría a ser presidente del parlamento europeo, y con su otro hijo Álvaro, que llegaría a ser Defensor del Pueblo, y a quien conocí en la facultad de Derecho de la Complutense cuando yo era alumno y él un joven profesor. Ambos hermanos educados, cultos, cordiales, amigos de ayudar. Tenían buena escuela: la de su padre. Y tenían también, al fondo de su sangre, el recuerdo, siempre emocionante para un berciano, de su antepasado don Enrique Gil y Carrasco, flor de la literatura romántica española.

 

CÉSAR GAVELA

Esta entrada tiene 1 comentario(s).

  1. Estupendo artículo, César. Yo soy también uno de los afortunados, entonces adolescente, que tuve el privilegio de escuchar a Don José María y a fe que no he vuelto a escuchar, a pesar de los años pasados, a un orador de su talla.
    Gracias por refrescar los detalles de la conferencia que impartió en el Club de Tenis. No recordaba yo el año y tenía en mi mente que era una sala pequeña y que fuimos pocos los asistentes. Posteriormente se celebrarían mítines de otros políticos en cines como el Morán, cuyo aforo superaba con mucha diferencia al salón de Club.
    Imprimo y guardo el fenomenal artículo.

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