El juego, la droga del siglo XXI

Tres miembros de ABAJ ponen el foco en la importancia de concienciar acerca de esta enfermedad, que cada vez atrae a más jóvenes
Máquinas tragaperras
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“La droga del siglo XXI”. Así define la Asociación Burgalesa para la Rehabilitación del Juego Patológico (ABAJ) la adicción al juego. Una enfermedad que afirman que hoy en día supera en adictos a drogas como la cocaína, la heroína o el alcohol, y que cada vez atrae a jugadores más jóvenes. Desde 1988, esta organización ayuda y acompaña en la rehabilitación de pacientes con ludopatía y familiares en su rehabilitación, y pone el foco en la importancia de “hacer visible” esta enfermedad y concienciar acerca de los peligros del juego.

Con más de tres décadas de historia, ABAJ Burgos cuenta con amplia experiencia en el apoyo a pacientes con adicción al juego. Hoy en día, la asociación cuenta con 180 socios, y entre 60 o 70 personas participan habitualmente en las terapias que se realizan desde la asociación. Sin embargo, les preocupa la tendencia creciente que existe desde hace varios años en la sociedad, motivada muchas veces por las nuevas tecnologías, y cómo esta adicción cada vez se ve más en los jóvenes, que empiezan a jugar a edades más tempranas.

Una situación que empieza a ser palpable en la propia asociación, dado que la media de edad de los pacientes que llegan a ella es “más baja de 30 años”, tal y como señala uno de los miembros de su Junta Directiva. En este sentido, advierten que aquellos jóvenes que llegan a la asociación con 18 años y un problema de adicción al juego, ya jugaban desde un periodo anterior de dos o tres años.

Tiempo perdido en el juego

Tres miembros de la asociación y pacientes rehabilitados han querido compartir su experiencia, para dar a conocer de primera mano en qué consiste esta adicción y los peligros que conlleva. Es el caso de Daniel, que empezó a jugar cuando contaba solo con 16 años, y hasta los 28 años no entró en la asociación para decir adiós a esta enfermedad. “A los 18 años me tocó un gran premio que no esperaba, ese gran premio que hace que la gente se enganche a ello”, recuerda.

Recuerda así que durante los doce años que dedicó parte de su vida al juego, los dos últimos “iba como un zombi”. “Lo único que hacía era trabajar para sacar dinero y jugaba todo el día, en cualquier situación”, continúa. De hecho, explica que para él, el juego suponía una “manera de olvidarse de toda su vida”, porque cuando entraba en las salas de juego “parecía que los problemas se olvidaban”. La realidad es que estos le estaban esperando cuando salía y “se habían alargado”.

“Tenía una doble vida. No hacía otra cosa que no fuese mentir”, afirma. Habla así de la “doble máscara” que tienen los jugadores, porque oculta su adicción “por miedo o vergüenza”, de forma que acaba creándose “otra vida a raíz del juego”. Daniel reconoce que lo que más echa en falta de todos esos años de su vida dedicados al juego es “el tiempo perdido”. “Me perdí una adolescencia entera y muchos proyectos que no llevé a cabo porque estaba jugando”, lamenta.

Por todo esto, en las charlas que dan en los colegios e institutos, siempre explica que su vida tiene tres etapas. Una primera etapa es la de la infancia, que la recuerda como “muy feliz”, sin embargo, después llegó la adolescencia, que recuerda como “nefasta” hasta los 28 años, cuando entró en la asociación. “Una vez entré, esa fue una fase de vida”, dado que desde ese día no ha vuelto a jugar.

La trampa del juego

“El jugador se acuerda solo de lo bonito, ese momento grandioso, pero no te acuerdas nunca del sufrimiento que has pasado”, afirma. En este sentido, el psicólogo de la asociación explica que “todo jugador sabe, cuando empieza a jugar, que va a perder”. “Desde el momento que se inicia la partida, sabe que la va a perder, y si la gana, lo va a perder al día siguiente”, añade.

Eso le ocurría a Héctor, otro exjugador rehabilitado, que afirma que, aunque sabía que iba a perder “necesitaba jugar”. Algo que él mismo califica de “irracional”. En su caso, prefería el juego online, porque se sentía bien dando a un botón y dejando que la “Me sentía bien dándole a un botón y dejar que aquello girase y pudiera ganar dinero de la nada, pero eran fantasías”.

“El juego online era una trampa para humanos”, afirma. Con el tiempo, su ritmo de juego comenzó a ser más elevado, y aunque admite que sentía una “pérdida de control”, el “placer y la sensación de bienestar” que le provocaba el juego “era todo lo que necesitaba para estar bien”.

Héctor admite que nunca había estado a favor del juego, e incluso participó en las protestas contra la apertura de una casa de apuestas en el barrio de Gamonal, a pesar de que por aquel entonces ya jugaba en casinos online. “Pensaba que lo tenía bajo control, un salón de juegos estaba mal, pero jugar online no, porque yo lo controlaba”, afirma. “Al final te estabas autoengañando, y llegó un momento en el que sabía que pasaba algo”.

Fue tras la pérdida de una cantidad elevada de dinero, cuando decidió poner cartas en el asunto y buscar ayuda. “Es un paso muy complicado de dar”, admite, y aunque afirma que la rehabilitación “no es sencilla”, hoy en día no se imagina volviendo a jugar. “La peor decisión que podría tomar es volver a jugar”, sentencia.

Lo mismo le ocurre a Fernando, miembro de la Junta Directiva de la asociación y exjugador rehabilitado. “Mi único objetivo es no jugar. Lo pienso todos los días. Si volviese a hacerlo, sería mi perdición”, afirma. Su experiencia en el juego comenzó veinte años atrás, y recuerda que lo que en principio fue una “pequeña diversión” para ver si conseguía dinero fácil, acabó derivando en “dedicar más y más tiempo a jugar”.

“La adicción cada vez se va metiendo más en ti”, explica, y además del tiempo y el dinero invertido, “dejas atrás proyectos de futuro, a la familia”. Un situación que con el tiempo acaba siendo “insostenible”, tanto en el aspecto físico, como mental, económico y familiar. “No daba la imagen de jugador. Con mis amistades y el resto de la gente daba otra imagen distinta a lo que era”, recuerda.

Al igual que sus compañeros, Fernando también ocultó a su entorno esta enfermedad, hasta que finalmente su familia “tomó las riendas”, y acabó entrando en ABAJ. “Entonces acaba mi vida como jugador y empieza mi rehabilitación”, cuenta. Fue en ese momento cuando empieza un “cambio radical” en su vida, y pasa de una situación de “absoluto descontrol” a otra en la que existía un control familiar, económico, de horarios, de actividades, comportamientos…etcétera. “Para una persona que ha estado jugando tanto tiempo, requiere primero situarse muy bien y elegir: curarse y volver a ser feliz, o la perdición”.

“Después de cinco años y mucho esfuerzo y trabajo, estoy rehabilitado”, afirma con orgullo, a la vez que recuerda que el “gran artífice” de su recuperación ha sido él mismo. Asimismo, reconoce que el ayudar a otros “refuerza”, y trata de ayudar en todo lo posible en la asociación a otros compañeros que viven situaciones similares a la suya.

Miembros de la Asociación Burgalesa para la Rehabilitación del Juego Patológico
Miembros de la Asociación Burgalesa para la Rehabilitación del Juego Patológico. / Ricardo Ordóñez