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Opinión


18 de junio de 2020

La chica blanca


Tenía un pequeño comercio cerca de la plaza de Fernando Miranda. Entonces el suelo de esa plaza era mitad de pavés y mitad de tierra. De allí partían los viejos autocares que iban desde Ponferrada hasta Valdeorras. También otro, muy precario que se adentraba en la comarca montañosa de la Cabrera. Había por la plaza muchos bares, droguerías y el trasiego constante de las personas que iban o venían hacia las cercanas estaciones del ferrocarril. La urbe era más bien tosca, pero también vivían en ella personas educadas, mujeres cordiales y hombres cultos que compraban los periódicos de Barcelona, que llegaban por la mañana en el tren. Entonces todos admirábamos a Cataluña y a su capital.

 

Allí estaba ella, con su mercería. Era bella, delicada, esbelta y llevaba una melena morena. No sé si estaba casada o no; esas cosas no se las plantea un niño de nueve años, como yo era entonces, cuando acompañaba a mi madre a las pequeñas compras de prendas íntimas. Íntimas pero no sofisticadas, eso casi no debía de haber por allí entonces.

 

Un día mi madre me encargó ir a recoger un pequeño paquete que se le había olvidado en aquella tienda. Cuando estuve delante de la chica sentí una dulce revelación. De algo que no supe interpretar, por otra parte. Vi la belleza y vi a un tiempo la bondad, creí verla. Una bondad en la que también habitaban la alegría y la curiosidad. Una humilde maternal curiosidad por un muchacho que no sabía casi nada del mundo, aunque sí algunas cosas de una pequeña ciudad. En la que no solo vivían mineros o artesanos, maestros, curas o médicos. También vivía aquella chica que, sin hacer nada, casi sin decirme nada, me dejó la promesa de un paraíso, algo así. También un aura de melancolía.

 

Volví alguna vez a verla, siempre yendo de compras con mi madre. Se había creado entre ella y yo, o así lo imaginé, algo remotamente parecido a una amistad misteriosa, sin que habláramos nunca. Una amistad solo de vernos, al menos por mi parte. Ella me correspondía con su acogida por aquel niño soñador e ingenuo, que yo era. Acaso, me correspondía, sí.

 

Un día me di cuenta de que aquella mercería ya no estaba allí. Y el aspecto del local daba a entender que el cierre ya duraba un tiempo. Nunca más volví a ver a su antigua dueña. Ni volvió a abrir aquel pequeño negocio. Pero la memoria de la chica dulce, de aquella flor blanca en medio de la ciudad del carbón, quedó en mí. Como algo que casi no existe. Pero existió. Y existe.

 

CÉSAR GAVELA

 

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