Num: 5882 | Sábado 15 de diciembre de 2018
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La España Sagrada


           Hace unos días, con el patrocionio del Instituto de Estudios Bercianos, se presentaba en la Casa de la Cultura de Ponferrada una nueva edición de la España Sagrada del padre Flórez, que ha realizado Rafael Lazcano, cuya relación con el Bierzo le viene por su matrimonio con una mujer de nuestra comarca. La obra, que generosamente regaló al IEB el pasado verano, es uno de los grandes monumentos intelectuales de nuestro país, que responde muy adecuadamente al espíritu ilustrado propio del siglo en que se escribió. Un espíritu ilustrado que, en España, tiene sus propias peculiaridades, siendo la más llamativa, por oposición a la Ilustración europea -y en concreto a la francesa-, que nunca tuvo un aire de ruptura con el pasado, al menos en los intelectuales más representativos, la mayoría de ellos religiosos: Feijóo, Sarmiento, Isla, Mayáns, Flórez.

            La obra, que llegó a contar con 56 tomos, de los cuales el padre Flórez redactó 29, comenzó a editarse en 1747 y no se concluyó hasta el siglo XX. Algunos fueron corregidos y reeditados en vida de su autor, antes de su muerte en 1773, otros fueron obra del P. Risco en el siglo XVIII, y el resto de agustinos continuadores de una obra que honra sobremanera a dicha orden. Flórez, que había nacido en Villadiego (Burgos) en 1702, se formó como teólogo no como historiador. Con diecisiete años ingresó en la Orden de San Agustín en Salamanca. Estudió en esa ciudad y en las de ValladolidÁvila y Alcalá de Henares, en colegios de la orden, siendo posteriormente profesor de teología en el último citado, en donde escribió, como manual para los alumnos, una Teología escolástica en seis volúmenes que, al parecer, no gozó del éxito esperado.

Rafael Lazcano cree que ese fue uno de los motivos por los que, ya con cuarenta años, abandonó la teología inclinándose por la investigación, particularmente por la Historia eclesiástica de España, a la que aplicaría la metodología de la Ilustración -el criticismo-, usando en su discurso abundantes fuentes documentales originales, lo que haría su obra tan moderna y tan diferente a todas las historias anteriores, en las que la verdad pretendida se ve sepultada por todo tipo de leyendas y falsedades propias de los cronicones medievales. Abandonó, pues, su oficio de teólogo y comenzó su trabajo de historiador en 1742. Para ello, se preparó de forma autodidacta en la historia y en las disciplinas auxiliares: paleografía, diplomática, epigrafía, numismática; estudió francés, italiano, portugués y griego; realizó once largos viajes por toda España en busca de documentos y referencias, visitando archivos y contactando con los que le ayudarían en esa pesquisa documental. De este modo, exhumó numerosos documentos, algunos de ellos hoy perdidos. En 1747 publicó el primer tomo de su España Sagrada, que no es una historia  de la Iglesia española sino de las diócesis de nuestro país.

Con la España Sagrada, Flórez pretende que los españoles conozcan la historia, aunque en su caso ese es un interés secundario, pues su fin primordial fue proporcionar los medios o materiales para ello: “no escribo historia, sino lo que se necesita para ello”. Una idea muy ilustrada, como vemos en la obra de los benedictinos Feijóo y Sarmiento, o en todas esas instituciones que nacieron en aquel siglo: Reales Academias de la Lengua, la Historia, las Ciencias Naturales, la Sociedad Económica de Amigos del País, etc. En realidad lo que quiere es educar a la juventud en los valores de la historia, que es maestra de la vida. En numerosas ocasiones así lo declara: “Escribo solamente para los que por la falta de instrucción, no se hallan en la clase de eruditos”. En este sentido, Flórez participa de las mismas intenciones que el P. Sarmiento, cuyas ideas pedagógicas estudió en su tesis doctoral el cacabelense José Santos, desgraciadamente fallecido hace unos meses: “No se tira aquí a brillar entre maestros, sino precisamente a instruir a los discípulos”. La educación es uno de los ideales y de los objetivos de los ilustrados españoles que, como ya he dicho, fueron en su mayor parte religiosos: “No busco que me alabes, sino que me entiendas”.

 

El objetivo del P. Flórez no fue escribir una historia de España, ni siquiera una historia de la Iglesia española, sino publicar los materiales para que tal historia fuera posible, como ya hemos dicho. Pero justamente eso, hecho desde la objetividad y el rigor, proporciona a los lectores una idea clara de su propia historia, la de sus diócesis, la del conjunto de las iglesias de España, que mantuvieron tradiciones y lazos comunes. Sentir de donde venimos y el valor de las gestas de nuestros antepasados es el humus sobre el que debemos construir el futuro. En este sentido, Flórez se relaciona con los autores del siglo anterior (Franscisco Garibay y el padre Mariana) que buscaron crear una conciencia nacional desde lo que podríamos llamar el nacionalismo renacentista. El Estado Nacional exige y promueve la escritura de historias nacionales, porque ellas crean lazos de unión entre los pueblos que forman la nación: sentir que uno forma parte de las gestas de nuestros padres (res gestae es el término latino de historia; el humus en el que han sido enterrados nuestros padres es la patria). Hasta el siglo XIX, en que nace el concepto político de nación, esas historias se tejen en torno a la nación histórica.

Ahora bien, lo que hace realmente novedosa la España Sagrada es la metodología que aplica el P. Flórez. La investigación, dice una y otra vez, ha de ser una búsqueda de la verdad: “A esto no me mueve otra cosa que el amor del interés común de la verdad”, porque la verdad, como dice el Evangelio, nos hace libres. Flórez fue un historiador autodidacta, no solo por su formación de teólogo, sino porque llegó a la historia siendo mayor, como hemos dicho. No partió de cero, pues conoció la obra de algunos autores extranjeros, italianos sobre todo; pero tuvo que formarse en las disciplinas auxiliares de la historia, cosa que logró ampliamente y en las que fue un verdadero maestro. Todo ese enorme esfuerzo no tuvo más objeto que alcanzar la verdad: “He procurado trabajar cuanto he podido, por descubrir, o acercarme a lo más cierto… no puedo lisonjearme de que hallé la verdad, sino de que no he perdonado a trabajo por hallarla”. Como el filósofo que no es sabio sino que ama la sabiduría, el historiador no tiene la verdad sino que la busca incansablemente. No se puede ser más honrado ni más humilde.

 No pretendemos indagar sobre su talante personal, su dedicación intensiva al estudio, la soledad, los achaques, por ejemplo de la vista; tampoco nos interesa su carácter tolerante, su humildad frente a la crítica, que le lleva a aceptar de buen grado aquellas que le permitían enmendar errores, etc. Huyó de las polémicas inútiles, que no llevan sino a una pérdida de tiempo; aunque nunca rehuyó las que consideraba que atentaban contra la verdad, como las que le enfrentaron con su amigo Mayáns en defensa de su cronología, solucionando definitivamente el problema de la Era hispánica; o con algunos eruditos vascos en torno al mito del vasco-cantabrismo. Lo que nos interesa es acercarnos a su metodología, caracterizada por el rigor, la objetividad y la imparcialidad; también por la claridad y la sistematicidad, aunque sus textos a veces nos resulten excesivamente barrocos y floridos. En ese sentido se plantea un esquema de trabajo claro y accesible para los medios de la época: no una completa Historia de España, ni siquiera una historia de la Iglesia, sino sólo la de las diócesis: su geografía, su origen, las principales vicisitudes históricas, los obispos y santos, etc.

Para ello viaja en busca de los materiales necesarios: libros y crónicas, a los que somete a una crítica implacable; documentos originales (pergaminos, tumbos, protocolos), de los que incluirá muchos en apéndices documentales, como ahora se hace en los mejores trabajos de investigación (incluso los publica como los encuentra, con sus grafías e interpolaciones); epígrafes, monedas, muchas de las cuales, así como las lápidas, mandará dibujar para publicarlas en sus lugares correspondientes. En 1769 escribe al párroco de Montoro (Córdoba), con el que mantiene una intensa correspondencia, sobre su reciente viaje por la provincia de Burgos: “sin embargo de muchos riesgos, de precipicios y angostura de caminos, reconocí lo principal que deseaba, y estuve en los monasterios de Cardeña, Arlanza, Silos, San Juan de Ortega, pasando hasta Montes de Oca en busca del sitio de la antigua ciudad episcopal de Auca. La catedral de Burgos me franqueó los libros de su archivo sobre donaciones y privilegios, y quedo trabajando sobre ellos”.

             Este ejemplo vale para todos los otros viajes que realizó, siempre tan llenos de peligros por aquellos ingratos caminos y peores posadas; pero me gustaría apostillarlo con lo que dice respecto al tomo XVI dedicado a la diócesis de Astorga. En el prólogo da las gracias al cabildo de la catedral por las facilidades que le han prestado en el uso de la documentación: “todo me lo ha franqueado (el cabildo); y es tanto su tesoro de monumentos, que excedió mi esperanza. Dióme razón de más de dos mil y quinientas escrituras inéditas…”. Confiesa Flórez que si viviera allí podría escribir no un tomo, sino muchos, tal es la riqueza documental de una de las diócesis más antiguas de España. Tanto el archivero de la catedral, D. José Antonio Molina, como el P. Fr. Ambrosio Alonso, monje de Carracedo, le proporcionan infinidad de documentos; en el caso del monje le explica además la geografía del Bierzo y le hace un estudio de los monasterios de la comarca, que llevará a Flórez a caracterizarla como “Tebaida berciana”.

Esa es la forma de trabajar que además sintetiza en una serie de reglas que ha de tenerse en cuenta para la crítica documental: No apartarse del testimonio de los escritores antiguos sin razones firmes para hacerlo, ser imparcial, modesto, estar al partido de los más, si uno refiere un hecho y otros lo omiten tomar partido por el primero. Y como resumen de sus opiniones escribe: “como las congeturas sobre aspectos internos son inciertos, se ha de insistir en razones, o monumentos públicos; y quando en esto no se encuentre firmeza, basta rebatir los fundamentos con los fundamentos opuestos, y oponer al Historiador, Historiadores: porque la Crítica no pende en todo su uso de pruebas incontestables: bástala algunas veces convencer al suceso de no digno de crédito, por la poca probabilidad, y autoridad que se muestra en el hecho”.  Todo esto lo convierte, sin duda, en un historiador fiable, del que aún podemos aprender mucho y cuyo aparato documental es perfectamente utilizable, ya que muchos documentos de nuestra historia solo él nos los ha conservado.

 Con todo ello, como hemos dicho, comenzó la edición del primer tomo de La España Sagrada en 1747, obra que llegó a alcanzar cincuenta y seis tomos, de los cuales el padre Flórez compuso los 29 primeros, que fueron saliendo hasta 1775 (los dos últimos póstumamente, pues Flórez murió en 1773), dejando su obra inacabada. Sus compañeros agustinos la continuaron: Manuel Risco se ocupó de la edición de los tomos 30 al 42, Antolín Merino y José de la Canal, de los tomos 43 a 46. El resto en el siglo XIX y XX, los últimos por el P. Custodio Vega. Estas ediciones no se hicieron con el moderno rigor paleográfico que hoy impera, pero hay que acudir a la España sagrada todavía hoy, y eso demuestra la solidez del trabajo realizado por los laboriosos agustinos, especialmente los tomos de Flórez que son, sin duda, los mejores.

¿Qué sentido tiene hoy la reedición de la España Sagrada?  ¿Para qué tanto esfuerzo como el realizado generosamente por Rafael Lazcano durante años? El primero conocer, aunque solo fuera por motivos eruditos, una obra que tanta impronta ha dejado en la historiografía y en la cultura española durante los dos siglos y medio últimos. Por supuesto, es una obra historiográficamente superada pero hay muchos datos que, por desgracia, han desaparecido y solo se encuentran en ella. Pensemos en lo sucedido con los archivos de la catedral de Astorga y el del monasterio de Carracedo, ambos destruidos durante la guerra de la Independencia; muchos de los documentos perdidos están referenciados en esta obra. La España Sagrada nos permite lograr una visión amplia y objetiva de la Historia de España y, al mismo tiempo, valorar el papel que la Iglesia, ahora tan denostada, ha jugado positivamente en ella.

Por esa razón, nos parece encomiable la labor de Rafael Lazcano como editor  y como autor del índice (tomo 57). Rafael Lazcano, leonés de Mondreganes (1957), es licenciado en Filosofía y Teología. Ha sido profesor y director de la Revista Agustianiana y de la Editorial Agustiniana. Como historiador ha escrito el Episcopologio agustianiano, varias biografías de personajes de la orden, como Lutero, Mendel, Ana Emmerick, etc., y como colaborador del Diccionario Biográfico Español ha redactado 180 biografías del mismo, todas de religiosos agustinos. La edición de La España Sagrada, que publica la Editorial Agustiana, utiliza los mejores textos de Flórez y de sus continuadores, sin introducir novedad alguna; solo se ha modernizado la grafía, aunque respetando la escritura antigua de algunos nombres propios, ha corregido erratas y equivocaciones, etc. En definitiva, se trata de una obra imprescindible en nuestras bibliotecas.

 

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