Num: 6489 | Jueves 13 de agosto de 2020
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Opinión


3 de junio de 2020

La historia de un periodista honrado: Edward Kennedy y la primicia del Siglo XX


Hace unos/pocos días se cumplió el 75 aniversario del final de la II Guerra Mundial; la audición de un podcast de la Biblioteca de la Historia, además de bucear, picado por la curiosidad, en algunos artículos de prensa digital referidos a esta historia que vamos a relatar, (ABC, EL Periódico.com y el blog: Clases de Periodismos) me hizo conocer algo que me era totalmente desconocido: a saber, que Alemania se rindió formalmente dos veces, pues además de la rendición célebre del 8 de mayo en Berlín ante los soviéticos, hubo otra rendición en la ciudad francesa de Reims el día anterior, el 7 de mayo, ante todas las potencias aliadas (EEUU, RU, Francia y la misma URSS); rendición que por una censura política y por una claudicación de las democracias occidentales ante el dictador comunista José Stalin estuvo a punto de ser silenciada de no ser por la honestidad y coraje de un corresponsal de guerra norteamericano, Edward Kennedy, al que su acción le costaría su carrera y el ostracismo profesional, hasta el final de sus días en 1963.

En defensa de su memoria y de su acción, que simbolizaba el ideal de la difusión de la verdad y de la verdadera libertad de prensa, tantas veces nombrada en vano y tantas veces ninguneada en los días que vivimos (en la que se utiliza corporativamente por algunos malos profesionales para otros espúreos fines), escribimos hoy aquí estas líneas.

 

En mayo de 1945, el mes que vio el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, Edward Kenedy era un afamado corresponsal de guerra que trabajaba para la célebre Agencia de Noticias AP (Associated Press).  Había empezado a trabajar para ella diez años antes, en 1935 en París; desde allí marchó a cubrir la Guerra Civil en España, y posteriormente se trasladó a Roma, siendo testigo del auge del fascismo y del gobierno Benito Mussolini; comenzada la II Guerra Mundial, Edward Kennedy informó del conflicto desde los Balcanes, Oriente Medio y el norte de Africa (fue el único reportero americano presente en la toma de Tobruk por Rommel en junio de 1941), y desde allí acompañó a los aliados en el desembarco en Italia (Anzio) y en la liberación de Roma el 5 de junio de 1944; en palabras de un militar norteamericano Edward Kennedy “Tenía más experiencia bélica que muchos militares”.

Tras las gravísimas derrotas alemanas en Rusia y el frente del este en 1943 y 1944 y del desembarco aliado en Normandía, en el verano de ese último año, el cual llevaría a la liberación de Francia y Bélgica, la guerra estaba perdida para el régimen del Tercer Reich (uno de los estados totalitarios más terribles y criminales de la historia de la humanidad). Aún así, el fanático régimen nazi siguió combatiendo hasta la aniquilación total que llevaría a la invasión de la propia Alemania en marzo de 1945. Sin embargo, en abril de aquel año, las tropas aliadas norteamericanas, británicas y francesas, tras cruzar el Rhin y con el camino abierto hasta Berlín, recibieron la orden de Washington y Londres de no avanzar más allá del Elba; habían de a dar tiempo a que fuera el Ejército Soviético el que tomara Berlín. Tras las Conferencias de Teherán de noviembre de 1943 y de Yalta de febrero de 1945, los líderes occidentales, Roosevelt y Churchill, habían cedido a las presiones del dictador comunista de la URSS, José Stalin, para que fuera el Ejército Rojo el que tuviera el honor propagandístico de tomar Berlín, y de que la Alemania nazi se rindiera formalmente, en su capital, ante sus tropas, con la presencia solo testimonial de los aliados.

En este proceder, que repugnó a muchos generales y políticos aliados, tuvo un especial peso el célebre presidente de EEUU, T. Roosevelt, agotado por su mala salud (que le llevaría a la muerte por un ictus antes de ver acaba la guerra) y condicionado  por algunos altos cargos de su gobierno (que habían caído bajo la influencia soviética) quiso así reconocer el sacrificio terrible de los pueblos de Rusia y de su ejército en la derrota del Tercer Reich, pero también la simple y pura razón de estado, la “Real Politik”: aunque la guerra acabara en Europa, Japón, impulsado por su fanatismo imperialista, se negaba a rendirse, y EEUU necesitaba de la URSS y de la buena voluntad de su dictador Stalin, para que, una vez derrotada Alemania, el Ejército Rojo atacara desde Mongolia y Manchuria al Ejército Japonés que ocupaba el norte de China y Corea, a fin de aplastar al Imperio del Sol Naciente.

Las previsiones norteamericanas para realizar un desembarco en Japón eran aterradoras, e inasumibles para un gobierno democrático, en cuanto a pérdidas de vidas humanas; la Operación Downfall, fijada para comenzar en noviembre de 1945 preveía, unas bajas de entre 400.000 y 800.000 soldados norteamericanos y entre 5 y 8 millones de japoneses (soldados y civiles), muertos.

No había alternativa a la ayuda soviética para la derrota final, e incondicional, de Japón, pues el proyecto secreto norteamericano de la bomba atómica era aún una incógnita (la prueba “Trinity” que demostró que el ingenio atómico funcionaba no tuvo lugar hasta el 16 de julio de 1945 en el desierto de Alamogordo, Nuevo Méjico).

Por ello, en la Conferencia de Yalta de febrero de 1945, entre otros asuntos, Roosevelt garantizó a Stalin la preeminencia soviética en la derrota de Alemania con la toma de Berlín y la anexión de los territorios del Extremo Oriente a cambio de que iniciara el conflicto con Japón en un plazo de dos o tres meses tras la derrota del III Reich. Todo ello descorazonó al primer ministro británico Winston Churchill, que conocía bien el peligro que suponía, para el final de las libertades políticas democráticas, dar carta libre a Stalin en el este de Europa confiando en la vaga, y cínicamente falsa, promesa del dictador comunista de que permitiría elecciones libres en todos aquellos países liberados por el Ejército Rojo de la ocupación nazi (desde Polonia a Bulgaria, pasando por Hungría y Rumanía o Checoslovaquia). Aún así, Roosevelt, ansioso por finalizar la guerra y muy enfermo, no escuchó al líder europeo. Su repentina muerte el 12 de abril encumbraría a su vicepresidente Harry Truman (un político bisoño, desconocido y ninguneado por el fallecido) que aún así demostró más firmeza y clarividencia con el avance soviético que el desaparecido. Pero ya era tarde para cambiar el rumbo de las decisiones tomadas en Yalta.

Volviendo a nuestra historia, tras el suicidio de Hitler y la caída de Berlín en manos soviéticas el 2 de mayo de 1945, dos días después, el último gobierno del Tercer Reich, asentado en la ciudad alemana fronteriza con Dinamarca de Flensburgo, al mando del Almirante Karl Dônitz, solicitó la rendición formal alemana al mariscal británico Montgomery, el cual remitió a los representantes alemanes ante el Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada (SHAEF) en la ciudad francesa de Reims donde se hallaba el Comandante Supremo aliado Dwight E. Eisenhower. Allí se iniciaron las conversaciones finales. Hacia Reims saldría en la mañana del domingo 6 de mayo de 1945 un avión desde París en el que viajaban, bajo escolta militar y la dirección del brigadier Frank Aller, Director de Relaciones Públicas del Alto Mando Aliado, 17 periodistas que representaban a las Agencias y Estaciones de Radio y Prensa de todo el Mundo Aliado y de países neutrales; entre ellos estaba Edward Kennedy. Una vez en vuelo se les comunicó que habían sido elegidos para presenciar la rendición del gobierno alemán cuyas negociaciones se cerrarían en las próximas horas, se les obligó a comprometerse en no revelar dicha información hasta que el Cuartel General aliado lo autorizase pues las negociaciones podían fracasar. Todos los presentes dieron su palabra. Llegados a Reims, los corresponsales fueron conducidos al edificio de una Escuela Superior Técnica donde se hallaban reunidas las autoridades aliadas (con la presencia de un general soviético) y alemanas. Allí esperaron durante nueve largas horas. A las 02:41 de la madrugada del 7 de mayo de 1945, los periodistas fueron invitados a entrar en un Salón donde iban a ser testigos de cómo el Jefe del Estado Mayor del Alto Mando de las Fuerzas Armadas alemanas el general Alfred Jodl, firmaba el acta de rendición incondicional. La declaración incluía la frase «todas las fuerzas bajo el mando alemán cesarán las operaciones activas a las 23:01 horas, hora de Europa Central, el 8 de mayo de 1945». Tales palabras no distinguían entre las fuerzas alemanas que luchaban contra los Aliados Occidentales o contra los Soviéticos, por lo cual la declaración del gobierno alemán ponía fin a toda resistencia militar alemana dondequiera que la hubiera. El acta fue firmada por parte de los vencedores por un general norteamericano, un almirante británico, un general ruso y otro francés. Antes de entrar en la sala el brigadier Allen ordenó a los corresponsales retener la noticia hasta que los líderes de los Gobiernos Aliados la hiciesen pública.

A las cuatro de la mañana el brigadier Allen les volvió a reunir para declararles que el Comandante Supremo aliado D. Eisenhower deseaba publicar la noticia cuanto antes como medio de hacer cesar toda resistencia y últimos combates por unidades aisladas y ahorrar vidas, pero que Washington y Londres habían dado orden de esperar para hacer pública la noticia hasta las 15.00 horas del martes, hora de París y se encontraba con las manos atadas. Se les ordenó regresar a París, y esa misma mañana, a las 10,00 horas estaban en un avión. En la capital francesa tendría lugar ese mismo martes una tormentosa rueda de prensa en el hotel Scribe del brigadier Allen con el resto de periodistas aliados y de países neutrales acreditados, los cuales protestaron con vehemencia tanto por la retención de la noticia más importante del siglo XX como por no haber sido escogidos para presenciarla. Allí, Kennedy recibió la información de altos mandos aliados de que la noticia se retendría durante 36 horas para permitir que el dictador Stalin y los soviéticos (que habían montado en cólera al saber de la rendición firmada en Reims) pudieran organizar otra ceremonia de armisticio más solemne y teatral en Berlín, a mayor gloria de la URSS y del Ejército Rojo. La excusa soviética era que la de Reims era una rendición «parcial» y dejaba a las tropas alemanas en libertad para seguir luchando contra las fuerzas soviéticas. Así, al día siguiente, en la noche del 8 de mayo los máximos jefes de la Wehrmacht serían llevados a Berlín, liderados por el general Wilhelm Keitel, donde se firmaría un documento similar en el cuartel general soviético situado en la localidad de Karlshorst (un suburbio de la capital alemana), rindiéndose explícitamente ante la Unión Soviética, y en presencia del famoso general Gueorgui Zhúkov, Comandante en Jefe de las tropas soviéticas en Europa.

Durante las negociaciones de Reims los líderes militares alemanes habían tratado de ganar tiempo para que los restos de varias unidades de la Wehrmacht huyeran lo más al oeste posible, hacia los norteamericanos y británicos, evitando así rendirse al Ejército Rojo. Otras teorías aliadas apuntaron que los intentos de dilación alemán iban orientados a dar tiempo para que muchos jerarcas militares y políticos nazis trataran de escapar a países neutrales.

En París, el rumor y velado conocimiento de estos hechos en el pequeño círculo de la prensa causó extrañeza, desconcierto y, finalmente, indignación; cualquier otra ceremonia añadida a la de Reims carecía de sentido salvo para los fines de la propaganda soviética. Entre estos últimos estaba nuestro testigo de lo acecido en Reims, Edward Kennedy.

Los rumores de la rendición alemana recorrían París, y en los periódicos franceses del mediodía del lunes 7 de mayo se hablaba abiertamente de que la noticia de la rendición alemana era inminente y que en Londres, en el número 10 de Downing Street, se habían colocado ya altavoces para radiar la buena nueva.

Edward Kennedy no podía entender aquello, muchas vidas de soldados y civiles se podían seguir perdiendo si no se comunicaba formalmente la rendición y se radiaba por toda Europa; retener la noticia para dar gusto a un dictador le sublevaba.

Entonces, en aquellos momentos de debate interno de Kennedy, la potente radio del gobierno alemán del Almirante Dônitz emitió desde la ciudad de Flensburgo la noticia de la rendición a las 14.00 horas de aquel lunes hora de París.

Edwrd Kennedy fue consciente de que el gobierno alemán no se hubiera atrevido a radiar la noticia sin el permiso tácito del alto mando aliado (deseoso de salvar vidas de sus soldados al margen de los manejos de las altas esferas políticas). Estaba claro para el corresponsal norteamericano que el mismo Cuartel General Aliado había incumplido la consigna dada a la prensa. Tras tratar de hablar, vanamente, con el brigadier Allen, y luego de discutir con el Comandante Richard Merrick, responsable de la oficina de Censura Militar Aliada, al que le afeó que aquello ya no era un caso de censura militar, pues la guerra había acabado, sino una censura política, injustificable y prohibida por las leyes de un gobierno y un estado democráticos como era el de los EEUU:

 

“Durante cinco años habéis justificado que la única razón de la censura era salvar vidas. La Guerra ha terminado. Yo mismo he asistido a la rendición ¿¡Por qué no debe saberse!?

 

El Comandante Merrick, le retó con suficiencia a que hiciera lo que quisiera, aludiendo a la imposibilidad de sortear la censura de radio o telefonía civil en París. Edward Kennedy decidió finalmente decir la verdad y dar la noticia, para ello utilizó el subterfugio de llamar por una línea militar a su agencia de noticias en Londres. A pesar de las consecuencias que aquel hecho arrostró para su vida, nunca se arrepintió de su acción; aquella era la noticia que todo el mundo estaba esperando desde hacía más de cinco terribles años:

 

“Soy Edward Kennedy desde París. La Guerra ha terminado, voy a empezar a dictar. Solo puedo dictar 200 palabras, es mediodía en París, las 09,36 horas en la costa este de EEUU. Reims, Francia, 7 de mayo de 1945. Alemania se ha rendido incondicionalmente al Ejército Aliado y a la Unión Soviética, esta madrugada, a las 02.41 horas de Francia. La rendición tuvo lugar en una pequeña Escuela que sirve de Cuartel General al Comandante Supremos Aliado General D. E. Eisenhower…”

 

Una vez hubo colgado el teléfono, Kennedy dijo a sus ayudantes de la oficina de AP en París, «Bien, ahora veamos qué sucede», previendo las consecuencias de su acción.

El gran “Scoop” de Edward Kennedy desató una tormenta. En Londres, la prensa también tenía que someterse a la censura, pero los censores militares no tenían instrucciones, de modo que el texto llegó a Nueva York y a todos los medios. Los periódicos norteamericanos lanzaron ediciones extras y The New York Times hizo su histórica portada con un poco común titular de cuatro líneas más la firma de Edward Kennedy. El periodista conservó durante toda su vida aquella primera plana enmarcada, aún hoy uno de los tesoros más preciados de su hija Julia.

Todas las agencias de prensa montaron en cólera por no haber recibido la noticia hasta el extremo de que el general Allen suspendió desde París toda actividad de la Prensa Asociada. Curiosamente en el momento que más se requerían noticias, el mando aliado las suspendió durante unos días.

Al día siguiente, los hechos se precipitaron. El mando militar retiró la acreditación a Kennedy, y su agencia de noticias, la AP, le obligó a regresar a Nueva York, donde fue despedido. Muchos compañeros de profesión, en una actitud que revelaba los celos profesionales y las comprensibles y bajas pasiones humanas, le dieron la espalda, acusándole de falta de ética por no respetar la censura de la noticia. La carrera de Kennedy, considerado hasta entonces brillante y admirada por sus colegas, acabó.

El 8 de agosto la URSS declaró la guerra a Japón (dos días después del primer ataque nuclear norteamericano a Hiroshima) invadiendo y ocupando Manchuria, Corea del Norte y las islas de Sajalín y las Kuriles. Japón se rendiría incondicionalmente el 2 de septiembre de 1945.

En pocos meses todos los pueblos de la Europa del Este, como vaticinó un Churchill al que nadie quiso escuchar (ni su propio pueblo que le hizo perder las elecciones el 26 de julio de 1945), caerían bajo la dictadura comunista del Telón de Acero.

En el debate abierto en EEUU por la acción de Kennedy, la mayor parte de la opinión pública se puso de su lado, pues “El Pueblo y las familias de los soldados destinados en Europa tenían derecho a saberlo”, pero el corporativismo de la profesión, los grandes medios de comunicación y el propio Ejército Norteamericano le vetaron como profesional. Kennedy pidió y exigió ser juzgado por su “delito” para poder defenderse, logrando incluso una declaración formal por escrito de que el mando aliado había autorizado la emisión radiada de la noticia de la rendición de Reims por el gobierno alemán antes de la hora fijada, y el Ejército tuvo que devolverle su acreditación de Corresponsal de Guerra; pero todo dio igual, ningún juez le hizo justicia, ninguna agencia ni gran periódico le contrató, y la omertá de la Prensa y de sus colegas cayeron sobre él.

La prensa y la historiografía soviéticas nunca publicaron una sola palabra sobre la verdadera Rendición de Reims, vendiendo la noticia de que solo el Ejército Rojo, con la escasa ayuda de los aliados occidentales, fue el que derrotó al régimen criminal del III Reich.

A partir de entonces Edward Kennedy trabajó en periódicos de segunda fila y ello gracias a la ayuda de algún colega y amigo, hasta su muerte en 1963 a causa de un accidente de tráfico. Según su hija “Se hizo cargo de periódicos mediocres y consiguió que la AP de California le premiara sus artículos, año tras año”.

Kennedy nunca dejó de reivindicar su profesionalidad; en un artículo publicado en 1948 en el periódico local Atlantic Monthly, aseguró que: “No me arrepiento y lo volvería a hacer”. No había hecho nada malo, repetía, y aseguraba que volvería a tomar la misma decisión a sabiendas de las consecuencias. Justificó su decisión de difundir la noticia, esquivando la censura “…en el hecho irrefutable de que la guerra había terminado, de modo que no se ponía en peligro la seguridad militar, y la gente tenía derecho a saberlo, a saber que sus hijos ya no morirían en los campos de batalla de Europa y que volverían a sus casas”

 

Edward Kennedy escribió su memorias de Corresponsal de guerra, pero nadie mostró tampoco interés en publicarlas (la omertá siguió funcionando, incluso tras su muerte), y las mismas no vieron la luz hasta el año 2012. Ese mismo año, la Associated Press pidió públicamente perdón a los hijos de Edward Kennedy por el despido de su padre en 1945; su Presidente, Tom Curley, que firmó el prologo a sus Memorias, aseguró que el día que sus antecesores despidieron a Kennedy fue «terrible para AP», porque «Kennedy hizo lo correcto».

 

Esta es, pues, la historia que, con todos los matices que se quieran añadir, nos enseña que, en ocasiones, decir la Verdad en la Profesión de la Prensa, cumpliendo con tu trabajo de forma honesta y comprometida, no sirve para lograr un reconocimiento, sino que puede ser la causa principal que destruya una carrera profesional.

La petición que en el año 2012 cincuenta y cuatro periodistas norteamericanos realizaron para que el Edward Kennedy, corresponsal de AP durante la Segunda Guerra Mundial, recibiera un Pulitzer póstumo sigue esperando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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