Num: 1644 | Miércoles 19 de septiembre de 2018
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La revolución ignorada. Donald Trump y la mayoría (no tan) silenciosa


Desde que Donald Trump asumió la presidencia el conservadurismo estadounidense se ha sometido a una profunda revisión crítica. Para algunos miembros de este movimiento intelectual los resultados de las elecciones presidenciales representaron un episodio incomprensible e irónicamente trágico. Este no era el escenario soñado por sus sofisticados fundadores originales. “No hemos persuadido a nadie… No lo hemos frenado… No lo hemos contenido… La conquista del Partido Republicano se ha completado”, se lamentaba David Brooks en The New York Times. George F. Will, el veterano columnista del Washington Post, abandonó la formación política cuando la nominación de Trump parecía inevitable. En la Conferencia de Acción Política Conservadora que se celebró en febrero de 2018, la distinguida periodista de derechas Mona Charen, después de criticar al presidente por sus comentarios sexistas y de reprocharle a la organización que hubiera invitado a la sobrina de Marine Le Pen, se vio obligada a salir del acto en el que estaba participando escoltada por miembros de seguridad debido a que “su integridad física corría peligro”. George Nash, el decano de los historiadores conservadores, confesaba en un discurso que jamás había visto tanto desacuerdo entre los suyos. Esta separación, sin embargo, ya se había exteriorizado al comienzo de las primarias. En su edición del 22 de enero de 2016, National Reviewpublicó una suerte de manifiesto contra el magnate. Las páginas interiores de aquel histórico symposium venían firmadas por periodistas, economistas, politólogos, historiadores y líderes de opinión. Todos eran nombres conocidos de la derecha norteamericana y todos coincidían en que Trump no simbolizaba los ideales que ésta había defendido a lo largo de las décadas. Los argumentos eran muy diversos. Se mencionaban las donaciones del magnate a las campañas demócratas, su cuestionada trayectoria empresarial y sus comentarios despectivos hacia las mujeres y héroes de guerra como John McCain, así como su egolatría y su extravagante populismo televisivo. “Sería lo peor que le puede pasar a la cultura común estadounidense”, advertía John Podhoretz. “¿Le confiarías las armas nucleares?”, se preguntaba un alarmado Jonah Goldberg. Pero a juicio de la mayoría de los firmantes, más allá de la demagogia, las mentiras y la vulgaridad, lo verdaderamente relevante residía en el hecho de que Donald Trump no era un auténtico conservador. Yuval Levin lo veía como un “desafío” a la ideología; William Kristol sugería que National Review se había fundado precisamente para evitar que triunfaran líderes como él. Los editores de la publicación dejaban finalmente a sus lectores con una inquietante pregunta que pretendía conducir a la reflexión: “Si Trump se convierte en presidente, o en el nominado del Partido Republicano, o incluso en un candidato fallido con un fuerte apoyo conservador, ¿qué diría eso de los conservadores?”.

 

Uno de los primeros en pensar públicamente sobre ello fue Rick Perlstein. El historiador confesaba en un extenso ensayo publicado en The New York Times que, a pesar de haber dedicado años al estudio del ascenso de la derecha, fue incapaz de predecir la victoria de Donald Trump. “Si este es el último capítulo de la historia conservadora, entonces puede que la estuviéramos contando mal”. Al igual que otros académicos y periodistas que se acercaron al movimiento, Perlstein comenzó su relato en 1955, cuando William F. Buckley fundó National Review con el objetivo de convertir al conservadurismo en una alternativa filosófica respetable, o, en palabras del propio Buckley, “para articular una posición en los asuntos mundiales a la que un candidato se pueda adherir sin miedo a sentir sonrojo”. Hasta entonces, en Estados Unidos, como escribió el crítico literario Lionel Trilling, el “liberalismo” (en el sentido estadounidense del término) era la única tradición intelectual. En el país existía lo que Richard Hofstadter, autor de Anti-Intellectualism in American Life, definió como el “consenso”, una influyente teoría, divulgada por varios académicos de prestigio, que presentaba a la sociedad norteamericana como un grupo de personas agrupadas bajo una serie de ideas “moderadas” y valores básicos. La derecha, de acuerdo con Hofstadter, estaba formada por “pseudoconservadores”, unos disparatados charlatanes y extremistas que encarnaban “el estilo paranoico de la política estadounidense”. Para cumplir con su objetivo, Buckley quiso distanciarse de la John Birch Society y sus teorías conspirativas (creían que Dwight Eisenhower era un “rojo”), excluyendo del movimiento a los fanáticos y a los xenófobos; condenó los excesos del individualismo propagado por Ayn Rand y le cerró las puertas de su revista los antisemitas, quienes todavía se cobijaban en otras publicaciones marginales. En su lugar surgiría un grupo de perspicaces colaboradores anticomunistas (Whittaker Chambers, James Burnham), tradicionalistas (Russel Kirk) y libertarians (Frank Chodorov, Milton Friedman). Frank Meyer promovió, con discutibles resultados, el fusionismo, la “necesaria” alianza entre tradicionalistas y libertarians; luego se incorporarían los neoconservadores (Irving Kristol), junto con la derecha cristiana (Jerry Falwell) y su Mayoría Moral, dando como resultado una ideología heterogénea pero pretendidamente coherente que mantendría unida a diversas corrientes de pensamiento gracias a la permanente amenaza del poder soviético. “Cuando esa amenaza desapareció –escribió el joven conservador Mathew Continetti en retrospectiva– la unidad desapareció con ella”.

 

Este movimiento conduciría a la candidatura de Barry Goldwater en 1964, una de las peores derrotas del Partido Republicano en su historia, y a la presidencia de Ronald Reagan en 1980, una de sus grandes victorias, emergiendo de nuevo con Newt Gingrich como presidente del Cámara de Representantes durante la era Clinton y ejerciendo en los últimos años una extraordinaria influencia tanto en política interna como en política exterior (Bush y la guerra de Irak), al tiempo que continuaba ampliando exponencialmente su presencia mediática (Fox News). Pero esta es la historia, reconoce Perlstein, del movimiento conservador moderno. La misma historia que los conservadores se han contado sí mismos y los progresistas como Perlstein se han limitado a reproducir añadiendo algunos matices críticos. Pocos valoraron en su justa medida, por ejemplo, la influencia del senador Joseph McCarthy y sus seguidores, entre los cuales se encontraban Buckley y Goldwater, o el resurgimiento del “segundo” Ku Klux Klan en los años veinte, ni prestaron suficiente atención a la reveladora popularidad de organizaciones de supremacistas blancos como la Legión Negra (a la cual se le atribuye el asesinato del padre de Malcom X) y asociaciones antisemitas como Frente Cristiano, cuya trascendencia en la evolución política de la derecha convencional ha sido ignorada por la mayoría de los historiadores. Estos últimos, enfocándose en la sugestiva historia de unos eruditos carismáticos, obviaron esa narrativa desagradable, la cual ahora parece ser fundamental si queremos comprender el éxito de Donald Trump y el auge de la llamada alt-right. (Perlstein cita a Leo Ribuffo, profesor de la Universidad George Washington, como una honrosa excepción en todo este despiste generalizado).

 

A la luz de los últimos acontecimientos, los errores colectivos glosados por Rick Perlstein parecen bastante evidentes. Pero los trabajos de esos especialistas aludidos en el artículo del Times ya nos facilitaban algunas claves sobre los “excesos” cometidos por el movimiento y la unidad sobre la que éste frágilmente descansaba. Incluso Rich Lowry, actual editor de National Review, reconoció: “una de las grandes ironías de este fenómeno es que Trump representa una versión caricaturesca de la dirección que queríamos que tomara el Partido Republicano”. En las obras de George Nash y Lee Edwards, los guardianes del canon conservador, se reflejan inequívocamente las tensiones que existieron desde el comienzo entre los libertarians y los tradicionalistas a la hora de abordar asuntos fundamentales como el concepto de libertad o la naturaleza del capitalismo, si bien es cierto que dichas divergencias no parecían ser muy importantes teniendo en cuenta el éxito posterior del proyecto periodístico. En The Conservative Intellectual Movement in America, Nash cuenta cómo Russel Kirk, a pesar de que acabaría convirtiéndose en un acreditado columnista de National Review,le pidió a William F. Buckley que no colocara su nombre junto a otros editores de la publicación porque no quería considerarse “parcialmente responsable de la política editorial de la revista” ni estaba dispuesto a compartir ese espacio con Frank Meyer y Frank Chodorov, a quienes el autor de The Conservative Mind veía como “enemigos”. Kirk pensaba, parafraseando a Edmund Burke con admiración, que el “verdadero” conservadurismo era “una comunidad de espíritu” y despreciaba el individualismo definiéndolo como un “atomismo social”. Estas disputas entre liberales y conservadores tampoco deberían ser excluidas de la historia que Persltein nos anima a revisitar. Como recuerda acertadamente Carl T. Bogus, el fundador de National Review no utilizó ni una sola vez el término “conservador” en God and Man at Yale, su primer y célebre libro, para explicar su ideología, pues estaba más interesado en luchar contra “el mal” del colectivismo que en plantear una defensa burkeana de las instituciones (una de las colecciones de artículos de Buckley se titula Reflections of a Libertarian Journalist),sugiriendo además que el “fichaje” de Kirk pudo ser, en cierto modo, una “brillante” estrategia del periodista al transformar un enemigo potencial en un aliado.

 

La relación entre William Buckley y el populismo, sin embargo, es algo más compleja. Y aquí es donde el mea culpa de Perlstein resulta más persuasivo y preocupante. Íntimo amigo de los progresistas Murray Kempton y John Kenneth Galbraith, Buckley compartía el paisaje intelectual de Manhattan con sus adversarios ideológicos. Él era el elocuente presentador de Firing Line, un programa donde los invitados manifestaban sus puntos de vista con total libertad sin ser violentamente interrumpidos, proporcionándole al conservadurismo una cara amable y civilizada. (Christopher Hitchens recordaba que aquel era uno de los pocos espacios televisivos del que uno se podía ir sin lamentarse de no haber tenido el tiempo suficiente para plantear un argumento: si no lo hacía es porque no sabía hacerlo, no porque no le dejaran). Pero Buckley era consciente de que un movimiento con pretensiones de influenciar en Washington no podía prosperar tan solo con una pequeña revista y un programa de entrevistas. Para ello se necesitaba un músculo mediático mucho más potente y el apoyo social de los estados del Sur. Esta urgencia política, quizás, hizo que realizara algunas afirmaciones difíciles de entender en alguien que supuestamente había llegado con la intención de elevar el nivel de la derecha, como cuando dijo que prefería ser gobernado por las primeras dos mil personas de la guía telefónica de Boston que por el profesorado de la Universidad de Harvard, o como cuando escribió, a propósito de la segregación, que los blancos pertenecían a una “raza avanzada”. Lo primero fue una boutade muy aplaudida por los mismos que ahora se lamentan al observar las consecuencias reales que puede tener semejante disparate; lo segundo, en cambio, revela una verdad incómoda que remueve los cimientos (y las conciencias) del conservadurismo norteamericano. Buckley cambió de opinión sobre los derechos civiles, llegando a reconocer la “opresión” que habían padecido los negros durante siglos, y, a finales de los sesenta, publicó un artículo en la revista Look donde comentaba lo positivo que sería para el país la primera presidencia de un afroamericano. Pero el movimiento intelectual conservador, aunque exento de conspiraciones y antisemitismo, había nacido bajo la sombra del supremacismo blanco. William Buckley evolucionó. No estamos tan seguros de que su audiencia hiciera lo mismo.

 

 

II.

 

Matt Taibbi, un reportero de la revista Rolling Stone, cubrió la campaña de Donald Trump y tuvo la oportunidad de conocer bien a sus seguidores. En un reportaje sobre un mitin del candidato republicano, el periodista comentó el manifiesto de National Review y cómo éste había sido recibido entre los votantes: “Lo que estos intelectuales no comprenden –escribía Taibbi– es que a la mayoría de esta gente no le importa nada los ‘principios conservadores’. Sí, millones de personas respondieron a esa retórica durante años. Pero no por los principios conservadores en sí mismos, sino porque estos venían acompañados de una política del resentimiento muy eficaz”. Este resentimiento (“los liberales tienen la culpa de todo”; “las élites de Washington no se preocupan por los intereses de los ciudadanos”) se comenzó a cultivar mucho antes. En Nixoland, el segundo volumen de la trilogía que Perlstein escribió sobre el movimiento conservador (en el primero se ocupaba de Goldwater y en el último de Reagan), el autor reflexionaba sobre el despertar de la “mayoría silenciosa” y sus posibles efectos en la cultura política del país. A su entender, la presidencia de Nixon pudo ser una presidencia fallida, pero su legado sigue vigente. El presidente consiguió que los estadounidenses acabaran creyendo que, en efecto, sí existen dos Américas. En un lado están los “progresistas”, los “cosmopolitas”, los “intelectuales”, los “profesionales”, es decir, los “demócratas”; y en el otro está la “clase media”, la “coalición rural”, la “gente de fe”, los “patriotas”, es decir, los “republicanos”. Nixon se inventó un lenguaje que ahora ya todos hemos asumido. Vivimos, por tanto, en un mundo políticamente nixoniano. Por eso cuando Donald Trump dijo en las primarias de Iowa que la “mayoría silenciosa” había regresado sus seguidores lo entendieron perfectamente.

 

La analogía entre Trump y Nixon se ha convertido en un tema recurrente, aunque, a pesar de sus visibles similitudes (su desprecio hacia la prensa y la apelación a una “América real”), ambos presidentes exhiben unas diferencias nada desdeñables. La más importante de todas es que Nixon hablaba genuinamente como un hombre “hecho a sí mismo” porque, en realidad, lo había sido. En palabras de Frank Rich: “Nixon padeció una de las infancias más dickensianas de la historia da la presidencia”. Trump, en cambio, es un millonario que heredó una fortuna. A Nixon le gustaba presumir de sus orígenes humildes. En su presentación de candidatura a la vicepresidencia con Eisenhower, más de una década antes de pronunciar su famoso discurso sobre los “americanos olvidados”, el político republicano apareció en la televisión para responder a una serie de acusaciones relacionadas con la financiación irregular de su campaña y relató la historia de su familia (incluida la descripción física de su perro Checkers, un cocker spaniel), que había tenido que subsistir, aseguraba, en “circunstancias modestas”.

 

Aquella temprana alocución audiovisual, como recuerda Kevin Mattson en su libro Just Plain Dick, “salvó la carrera de Nixon y lo convirtió en un real American”, un término que se repetía a lo largo de todas las cartas y telegramas que los ciudadanos posteriormente le mandaron. (Sarah Palin volvería a recuperar ese mensaje para la campaña de 2008). Nixon había formado parte de esa mayoría silenciosa o, al menos, pretendía identificarse con ella. Por lo tanto, sus palabras, en ese sentido, no evocan a la retórica empleada por Donald Trump, quien, despreciando el juicio de sus votantes, llegó a decir que la gente no dejaría de apoyarlo aunque él se pusiera a pegar tiros en medio de la Quinta Avenida. ¿Por qué, entonces, esas personas aparentemente tradicionales, pertenecientes a la clase trabajadora y de profundas convicciones religiosas, piensan que un magnate de la construcción, producto de la cultura de la celebridad, es su mejor representante? Mientras Nixon se ponía a él mismo como ejemplo de lo que eran, Trump parece que proyecta una imagen de lo que pueden llegar a ser. Pero ¿es eso lo que realmente quieren ser?

 

Antes de responder a esa pregunta, E. J. Dionne, en su libro Why The Right Went Wrong, nos insta a que examinemos cuidadosamente el conservadurismo contemporáneo sobre el que Rick Perlstein y otros historiadores escribieron sin tener en cuenta las consecuencias de sus fracasos. Según Dionne, la reforma política de un país pasa por la transformación de su derecha. Y la historia de la derecha en Estados Unidos, afirma, “es una historia de desengaño y traición”. Los conservadores hicieron unas promesas que no pudieron cumplir desde que renunciaron al “republicanismo moderado” de Dwight Eisenhower contra el que Buckley se propuso luchar. La radicalización del Partido Republicano no ha sido más que una huida ideológica hacia adelante. Ninguno de sus líderes (Nixon, Reagan, Bush 41, Gingrich, Bush 43) fue capaz de consumar la “revolución” iniciada por Barry Goldwater, cuando este último, oponiéndose a los derechos civiles de Lyndon Johnson, formó una nueva coalición de blancos que se sentían traicionados por los demócratas, tradicionalmente segregacionistas, y que acabarían convirtiéndose poco después en el objetivo de la Estrategia Sureña diseñada por Richard Nixon. (Goldwater proponía privatizar el programa de pensiones y eliminar la financiación federal de las escuelas, así como acabar con los subsidios agrícolas y los delegados sindicales).

 

Ese cúmulo de insatisfacciones condujo a la frustración. El Tea Party, un movimiento que durante la presidencia de Barack Obama protestaba contra las políticas intervencionistas del Gobierno, constituyó el último acto de una obra trágica en la que los héroes nunca comparecían. Golwater y su discurso (“el extremismo en defensa de la libertad no es un vicio y la moderación en busca de la justicia no es una virtud”) resonaba cada vez más fuerte en unas bases que todavía no habían visto transformar aquellas palabras en acciones. Hasta el mitificado Ronald Reagan obtuvo la desaprobación de esa parte de la derecha cuando pactó con la Unión Soviética la reducción de armas estratégicas (Brent Bozell, sobrino de Buckey, dijo que el presidente había “insultado” al movimiento) o subió hasta en once ocasiones los impuestos. De ahí surgieron los “falsos profetas” del Capitolio, como los denominó el expresidente del Cámara de Representantes John Boehner en su melodramática dimisión, quienes, herederos de aquella romantizada campaña del 64, comenzaron a promover una utopía donde no cabía el compromiso.

 

Cualquier espectador mínimamente atento de los debates que tuvieron lugar durante las elecciones primarias republicanas desde la reelección de Barack Obama podría detectar esa trasformación fijándose tan solo en los abucheos de la audiencia, pues éstos solían escucharse, sobre todo, cuando a algunos de los candidatos manifestaba compasión hacia los inmigrantes, enaltecía la diversidad de la nación o criticaba el proyecto “imperialista” en Oriente Medio. El monstruo del nativismo asomaba su cara en prime time ante los ojos impertérritos de los habitantes de las “burbujas liberales” y las sonrisas de unos periodistas que ya comenzaban a ser tratados como cómplices del establishment. Las teorías conspirativas, asimismo, comenzaron a tener bastante éxito. Un sondeo realizado en 2015 mostraba que un 29 por ciento de los republicanos creía que Barack Obama no había nacido en los Estados Unidos (entre los seguidores de Trump, tan solo un 21 por ciento) y un 54 por ciento estaba seguro de que era musulmán (entre los seguidores de Trump, un 66 por ciento). Al primer presidente afroamericano de la historia no solo le habían llamado “marxista” e “islamista”, sino que se había cuestionado su derecho constitucional a ocupar el cargo. El inimitable Dinesh D’Souza decía en su libro The Roots of Obama’s Rage [Las raíces de la ira de Obama] que la ideología del presidente, cargada de “odio”, procedía de la visión anticolonialista de su padre keniano. Poco importaba que Obama, como él mismo escribió, apenas se relacionara con su progenitor. De acuerdo con Newt Gingrich, uno de los héroes del movimiento conservador, el bestseller de D’Souza era “brillante”.

 

Esas tesis, como la sospecha de que Obama no había nacido en Estados Unidos, fueron difundidas a través de diversos medios de comunicación, en programas como el de Lou Dobbs en CNN o el show radiofónico de Rush Limbaugh, con sus veinte millones de oyentes. Cuando David Gregory, presentador de Meet the Press, le preguntó a John Boehner si no sentía la obligación de acabar con todo ese sinsentido, el recién elegido presidente de la Cámara de Representantes respondió que “los ciudadanos americanos tienen derecho a pensar lo que quieran”.

 

Esta equidistancia fue el rasgo distintivo de la oposición conservadora en el Congreso. A pesar de todo, Dionne se muestra inusitadamente optimista. El Partido Republicano puede reformarse. Existen voces “moderadas” en el conservadurismo (David Frum, Charles Murray, Yuval Levin, Ross Douthat, Ramesh Ponnuru, Michael Needham, entre otros) que demandan un cambio. Pero, como el mismo autor señala acertadamente en su libro, dicha disidencia ha sido despreciada en los círculos republicanos. Esos “reformadores”, además, no comparten un programa común y algunos de ellos probablemente rechazarían de plano el diagnóstico elaborado por Dionne, quien, al fin y al cabo, no deja de ser otro progresista que pretende decirle a la derecha cómo tiene que hacer su trabajo.

 

Corey Robin, profesor de Ciencias Políticas del Brooklyn College, no tiene ninguna intención de aconsejarle a los conservadores cuál es el camino que deben escoger. Tan solo quiere señalarles el punto de partida de su extraño viaje. En la primera edición de The Reactionary Mind, el politólogo argumentaba que el conservadurismo se estaba “muriendo”, pero no por sus fracasos, como sugiere Dionne, sino por sus éxitos. “Los constantes triunfos sobre el comunismo, los trabajadores, los afroamericanos y, en cierto grado, sobre las mujeres, hicieron que el movimiento se despojara de su atractivo contrarrevolucionario, al menos para una mayoría del electorado”. Esta colección de ensayos sobre “la mente reaccionaria” es anterior a las elecciones de 2016 y fue actualizada oportunamente para su nueva publicación. El autor sitúa ahora a Donald Trump en la misma tradición que el filósofo Edmund Burke, el economista Friedrich Hayek y el juez del Tribunal Supremo Antonin Scalia, centrándose en el aspecto económico de la ideología y dedicándole una especial atención a las “ideas” del magnate.

 

De acuerdo con Robin, las características que atribuimos a la derecha estadounidense contemporánea (racismo, violencia, populismo y desprecio por la ley, las instituciones y las élites) son elementos constitutivos del conservadurismo histórico que tiene sus orígenes en la Revolución Francesa. Lo que ocurre es que los conservadores han comprendido que, para preservar el poder, especialmente en democracia, necesitan aliarse con las masas. Así nace un populismo ejercido “desde arriba” que atrae a la gente que, como esos oligarcas, también ha perdido algo. De ese modo “utilizan la energía del pueblo para reforzar y restaurar el poder de las élites”. Esa nostalgia la comparten Edmund Burke y los propietarios de los esclavos. Aquí hallamos uno de los puntos más discutibles de su argumento. En la cronología del pensamiento conservador, Robin establece una provocadora línea de continuidad: nada se ha perdido entre Joseph de Maistre y “Joe el fontanero”, entre William Buckley y Sarah Palin. El conservadurismo siempre ha sido un movimiento “extravagante” y “salvaje”. Y si ha conseguido imponerse en determinados momentos de la historia es precisamente gracias a su extravagancia. Sin embargo, como le han recordado en algunas reseñas, esto mismo podría decirse de la izquierda y sus promotores.

 

Lo que llama la atención de The Reactionary Mind, no obstante, es el poco espacio que el autor le dedica a autores y comentaristas conservadores que consiguieron crear otro nuevo establishment mediático. El índice onomástico exhibe esa desequilibrada aproximación: hay ocho entradas para William F. Buckley y seis entradas para David Brooks, pero hay solo dos para Glenn Beck y Dinesh D’Souza y ninguna para Ann Coulter y Rush Limbaugh. Teniendo en cuenta la trascendencia que han tenido los citados polemistas en la formación de opinión pública, dichas ausencias resultan llamativas. Esta desproporción sería más comprensible si el objeto de estudio de esta obra se limitara a la historia intelectual.

 

Pero es que Robin analiza el libro de Donald Trump, The Art of the Deal, y se lo toma muy en serio, colocándolo a la misma altura (o al menos concediéndole la misma extensión) que los textos de Burke y Hayek. Él sabe, por supuesto, que el magnate no escribió ese libro. Lo hizo Tony Schwartz, quien, arrepentido, le dijo al The New Yorkerque había contribuido a crear un monstruo (“le pinté los labios a un cerdo”). Y, según Robin, Schwartz tiene motivos para sentirse mal.

 

Con la ayuda de The Art of the Deal, al parecer, podemos resolver el acertijo. En él se retrata a un personaje a todas luces contradictorio (el plutócrata denunciando a los plutócratas, un producto de la riqueza condenando a la riqueza, un hombre del “mercado” denigrando las virtudes del mercado), pero también se expone con mayor precisión el carácter seductor de esta nueva derecha. “Por un lado, en el libro se celebra la economía como la esfera de los ‘grandes hombres’, donde los fuertes dominan a los débiles, y, por otro, se desarrolla un cuestionamiento persistente, casi conmovedor, del valor del capitalismo, sugiriendo que las actividades económicas son frívolas, que la sociedad debe ser algo mas que simplemente hacer dinero”. En palabras de Steve Bannon: “Un país es algo más que su economía. Somos una sociedad civil”. Los discípulos de William Buckley, tras la caída del muro de Berlín, fueron incapaces de sostener narrativamente al movimiento. La Guerra Fría mantuvo en la misma trinchera al “estadista guerrero” y al “hombre de negocios”, pero cuando esas tensiones geopolíticas desaparecieron, cada uno regresó a su papel correspondiente. El fusionismo se disolvió en el “fin de la historia”. Esto no significa, ni mucho menos, que las ideas del movimiento conservador desaparecieran: simplemente no pudieron construir con ellas un discurso coherente. El éxito de Trump –concluye Robin– consistió en unir las piezas encarnando esas dos visiones sin manifestar preferencia por ninguna de ellas, a veces contraponiéndolas entre sí, o decantándose por una u otra dependiendo de las circunstancias. En esa inconsistencia, paradójicamente, reside su virtud.

 

Cuando uno repasa los principales títulos de la historiografía conservadora puede llegar a la conclusión de que el movimiento se fundó para demoler un antiguo régimen. Hubo, nos cuentan, una “revolución”, cuyos felices agitadores (Buckley, Goldwater, Reagan, Gingrich) se enfrentaron con valentía a las acomodadas élites. Dionne piensa que ese proyecto “utópico” fracasó y Robin insiste en que los insurrectos han tomado el palacio y todavía no nos hemos enterado. Convendría escuchar también, sin embargo, las voces de aquellos que fueron invocados en la revuelta. El pensamiento de una mayoría que, como ambos libros demuestran con sus respectivos enfoques, ha sido mucho más silenciada que silenciosa.

 

 

 

 

Why the Right Went Wrong. From Goldwater to the Tea Party and Beyond, por E. J. Dionne. Simon & Schuster.

 

The Reactionary Mind. Conservatism from Edmund Burke to Donald Trump, por Corey Robin. Oxford University Press.

 

 

Xabier Fole 

 

 

 

Xabier Fole es es columnista de Faro de Vigo. Graduado en Historia por el City College de Nueva York, especializado en historia intelectual de los Estados Unidos, colaboró como fact-checker en The New York Times. Actualmente cursa un doctorado en Literatura Hispánica y Estudios Culturales en la Universidad de Georgetown, Washington, D. C. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Stephen King y la literatura. Una historia de terror, Los ejércitos de la información. Murdoch y los abusos que llevaron al cierre de ‘News of the World’ y Cosas que hacer en Estados Unidos cuando estás muerto. El curioso caso de Francis Scott Fitzgerald. En Twitter: @XabierFole

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