Num: 6652 | Sábado 23 de enero de 2021
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Lo que la COVID nos deja: 50 000 muertos, un millón de empleos perdidos y un país en reconstrucción

Con el año a punto de concluir, toca hacer un resumen de lo ocurrido, que también sirva de homenaje a aquellos que se han ido y no volverán. Hoy por fin le decimos adiós al 2020

Sanitarios de Urgencias se preparan para su trabajo en el Hospital El Bierzo. / C. Sánchez

50 000. Cincuenta mil abuelos, abuelas, padres, madres… cincuenta mil compañeros de clase, amigos, vecinos… Todos nos han dejado. Hoy, 31 de diciembre, un día en el que solíamos festejar y en el que quizás este año no nos apetezca ni sacar las uvas, sustituimos el esmoquin, los ‘matasuegras’ y las bolas de discoteca por el pijama y un único deseo: despertar de una pesadilla que comenzó hace medio año y de la que aún se desconoce su fecha de caducidad.

Debido a las numerosas restricciones, muchos españoles ni siquiera podrán disfrutar de las míticas comidas y cenas navideñas con todos sus seres queridos. Estas medidas, entre las que se encuentran la limitación de personas por hogar, harán de estas fechas unas de las navidades más atípicas que se recuerdan. Con la tercera ola de este maremoto llamado COVID amagando con enjaularnos de nuevo y una nueva cepa del mismo -que podría agravar aún más la situación- expandiéndose por todo el mundo, la cosa no termina de enderezarse. No obstante, las vacunas, ya comenzadas a administrar, nos permiten fantasear con “volver al pasado”.

UCI del Hospital Universitario de Salamanca / Ical

 

Génesis

El futuro es incierto, por lo que echemos la vista atrás y hagamos un resumen de este 2020. Un pequeño tráiler de este film de terror. Todo comenzó en marzo. Las noticias sobre un extraño virus que asolaba China llegaban a nuestro país como tantas otras que, al no sentir en nuestras propias carnes, ignoramos (como las de los atentados en Afganistán, o como la guerra en Yemen). Nuestros representantes políticos, al igual que nosotros, creyeron que este desastre tampoco nos salpicaría. Sin embargo, la muerte, esta vez en forma de virus, cruzó el Mediterráneo y nos hizo ver lo cruel que puede ser el mundo.

Era un fin de semana aparentemente normal cuando comenzaron los primeros contagios en suelo español: mítines políticos, diversas manifestaciones cargadas posteriormente de polémica y una de las fiestas que reúne más personas en España, las Fallas de Valencia, a punto de comenzar tras la primera mascletá –finalmente se suspendieron .De acuerdo con Statista, en ese momento la ocupación hostelera era de un 52,85 %. Mayor fue la hospitalaria, colapsada por completo solo unos días más tarde. El 15 de marzo, tras esos ‘preliminares COVID’, el virus ya se había apoderado por completo de nuestra sanidad y nos vimos obligados a confinarnos en nuestras casas. Comenzaban tres largos meses sin ver la luz del sol. Esos en los que hubo que reciclarse para no caer en la desesperación y en los que la depresión y la ansiedad nos susurraban al oído: “¿Qué será del mundo que conocías?”

Una Semana Santa encerrados entre cuatro paredes, haciendo ejercicio y elaborando nuevas recetas de cocina. Quién lo diría. Precisamente por esas fechas alcanzamos el famoso pico. Ese en el que las UCI no daban abasto, los casos diarios superaban los 10 000 y más de un millar de compatriotas nos dejaban para siempre sin poder siquiera despedirles. A partir de ahí, las cosas mejoraron. La presión hospitalaria, así como los contagiados y fallecidos, descendían con bastante brío, dividiendo a la mitad esas caóticas cifras. El confinamiento parecía funcionar y ya se manejaban posibles fechas para quitarnos los ‘grilletes’ y ser puestos en libertad, aunque para ello tuviéramos que hacernos deportistas de élite.

Una pequeña tregua

Llegó mayo. Las cifras invitaban al optimismo y por fin salimos a la calle. Los aplausos se cambiaron por trotes y pequeñas caminatas en los horarios fijados: un par de horas recién salido el sol de la mañana y otras dos al ocaso, aprovechando los últimos rayos de este. La hostelería tuvo que esperar un poco más, unas dos o tres semanas aproximadamente. Con el verano a la vuelta de la esquina, volvimos a sentarnos en las terrazas, aunque con menos gente de la que nos gustaría por las restricciones impuestas por el Gobierno. Lo cierto es que nada era igual; el aroma a parrilla, café y tabaco apenas podía discernirse en una extraña atmósfera en la que el olor a gel hidroalcohólico también se abría paso. Las mascarillas tampoco lo ponían fácil; tapar nariz y boca era para algunos un reto mayúsculo, y pronto comenzaron las primeras excusas para no utilizarlas, como el fumar más de la cuenta. La nueva normalidad nos echaba un pulso continuo, pero todo el entrenamiento llevado a cabo durante el confinamiento nos hacía resistir. Al menos ya no estábamos encerrados, y eso ya era un gran paso.

Con la inauguración del verano se temió lo peor. España, un país que lleva años apostando  por el ocio y el turismo como principal fuente de ingreso, se veía en una encrucijada: buscar alternativas para salvar la economía o arriesgar por esas dos vías pese a la pandemia. Para bien o para mal, se eligió lo segundo. Los vuelos pilotos desde Alemania fueron la primera piedra de este ‘proyecto’. Los británicos fueron los siguientes en pisar la Península, como es habitual en ellos durante el periodo estival. En cuanto al ocio nocturno, muchas discotecas abrieron de nuevo sus puertas, aunque se prohibió estar de pie y bailar (pocos lo cumplieron). El miedo al virus disminuía sin control y la nueva normalidad comenzaba a asemejarse bastante a aquel mundo pre-COVID. Tanto es así que la mascarilla no fue obligatoria hasta bien entrado el verano. Pese a estas actitudes “tan españolas” y a ese ansia por volver a sentirnos vivos, la cosa no fue a más. Los casos diarios seguían oscilando entre los 100 y los 400 y apenas se lamentaban fallecidos. El virus había decidido tomarse también unas vacaciones, permitiendo que el sol coloreara durante unos meses nuestros pálidos rostros. Unos rostros que esbozaban de nuevo sonrisas y que soltaban alguna que otra lágrima de la emoción. Aunque por poco tiempo.

Incertidumbre

Como ocurre con todas las pandemias, se advirtió de que la COVID-19 nos azotaría con una segunda oleada, la cual amenazaba con ser más violenta aún que la primera. El que avisa no es traidor, y así sucedió. Con el comienzo del curso escolar y las grandes ciudades como Madrid acogiendo a nuevos estudiantes universitarios, el ‘bicho’ se frotaba las manos. Este había dejado a un lado la tumbona y las gafas de sol y se ponía de nuevo manos a la obra. Tocaba seguir destrozando vidas. Como era de esperar, el número de infectados y fallecidos se acrecentó con la bajada de las temperaturas, y pronto se establecieron nuevas normas para tratar de frenar la nueva curva; limitación de personas en mesas, toques de queda, uso de mascarilla incluso para hacer deporte… Por desgracia, estas no le pararon los pies al virus y, aunque este no acababa provocaba tantas muertes como en la primera ola, su propagación parecía aún más rápida. Tanto es así que en el mes de octubre se alcanzó una cifra récord de contagios diarios: 26 000.

A día de hoy, y tras dejar atrás el segundo pico, las cifras parecen estabilizarse. Los hospitales, con una prominente ocupación UCI (Castilla y León es segunda en la lista con un 29%) siguen preocupando, aunque lo peor ya ha pasado. Si bien la tercera ola mencionada anteriormente nos hace replantearnos si algún día concluirá esta situación, también hay alguna que otra noticia positiva. La mortalidad del virus ha descendido notablemente, casi en un 70%. Además, las primeras vacunas elaboradas por Pfizer ya se están administrando. De esta forma, el personal sanitario y las personas de riesgo, grupos prioritarios para la vacunación, pronto podrán ser inmunizados, dando paso a continuación a los mayores de 60 y personas con patologías menos graves. Se calcula que para el verano al menos un 60% de la población habrá ”pasado ya por la aguja” en nuestro país, según la Agencia Sinc.

Hoy, 31 de diciembre, aunque la inquietud sigue siendo el primer plato de este interminable menú, parece que ya hay una pequeña luz al final del túnel. Un atisbo de esperanza. Hoy por fin concluye la serie ‘2020’ la peor del siglo XXI.

Primera persona en recibir la vacuna contra el COVID-19. / EFE. Creative Commons

 

 

 

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