Num: 6929 | Miércoles 27 de octubre de 2021
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Opinión


Ya sé que que manipulear no existe, aunque debiera. Nunca una “e” fue tan necesaria para poder hacer referencia a algo tan cotidiano como el tratar de forzar la voluntad de otro para sintonizarla con la de uno mismo sin intencionalidad concreta.

Es decir, manipulación en el entorno educacional de las penultimidades, que diría Ortega, allá por los años treinta, intentando poner luz en la crisis sustantiva de la cultura, entendiendo esta como «sistema de convicciones últimas sobre la vida» (El Espectador, 1934).

Excluida ya la ultimidad de la manipulación tanto en su intencionalidad como en su entorno, vayamos a la primera “e”: extraña. Porque bastante extraño resulta querer manipular sin un fin concreto, sin “quiero que finalmente se haga esto o esto otro”. Aquí entrarían los modernos predicadores, cuya potencia reside en el énfasis puesto en sus palabras y no en su contenido, consiguiendo fuertes reacciones en los receptores, dispares y no necesariamente del mismo signo. Un caso especial son los predicadores con mensaje ultimista, que entran en la categoría de manipuleadores al prevalecer en su discurso el énfasis sobre el contenido, anulando a este. Dos ejemplos de libro: José Miguel Monzón Navarro y Federico Jiménez Losantos.

La segunda “e” cae por su propio peso: estúpida. Tal que necia o falta de inteligencia, y es innegable porque presupone ambas no-cualidades en el receptor de los mensajes que, generalmente por prudencia, no rechaza los embates del manipuleador interpretando este lo contrario a lo que debiera. Aquí entran los predicadores de poca monta, diríamos de nivel particular, acosadores de otros en los que perciben capacidad de influencia social, económica, política o simplemente personal. Ejemplos comunes se encuentran en familiares, compañeros de trabajo, convecimos, conocidos y amigos de ocasión.

La “e” de engañosa está implícita en el no-mensaje porque no incluye lo que quiere, es decir, su ultimidad. Pero no solo. También engaña al manipuleador que se convence de la utilidad de sus esfuerzos, cuando lo que provoca generalmente es rechazo, eso sí, camuflado de complacencia, cortesía o sencillamente buena educación (modales, mejor).

Faltaría incluir la “e” de excluyente, quizá la más rotunda y necesaria que hace del manipuleador un todo. Su verborrea intrínseca se circunscribe a la exclusión del no-yo (no-él) como elemento principal, lo que le lleva necesariamente a la creación de un lenguaje propio. Esta retroalimentación ya le sirvió a Chomsky para elaborar sus teorías sobre el lenguaje, y que tan útiles han resultado para desarrollar otros útiles lenguajes: los de las máquinas. Por cierto, es una pena que este hombre sea más conocido por sus posiciones políticas que por su aportación a la nueva Era Digital.

Pero no nos confundamos. Si bien la manipuleación es extraña, estúpida, engañosa y excluyente, el manipuleador no tiene nada de extraño, no siempre es estúpido, casi siempre es engañoso y nada más lejos de sus intenciones que el ser excluyente.

 

 

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