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Opinión


19 de diciembre de 2019

Manuel Pérez Turrado


 

La ciudad era muy obrera. La ciudad no era muy católica, solo lo imprescindible. Ponferrada no era Astorga, para nada. Pero había, eso sí, algún cura que mantenía una admirable actitud de compromiso con los más desfavorecidos. Por ejemplo, los sacerdotes que asesoraban a los jóvenes cristianos comprometidos: una cantera de sindicalistas cuando llegó la democracia.

 

Todo eso el régimen lo conocía, perfectamente. Pero no se inquietaba, no había mayores motivos. Uno de estos sacerdotes se llamaba don Manuel Pérez Turrado, y era el coadjutor de la parroquia de San Pedro. A mí me atraía aquel hombre porque tenía un algo tierno, educado, respetuoso, desvalido. Intelectual.

 

Un día fui con mi madre a visitarle. Don Manuel vivía en la pensión Lucre, en la actual calle Diego Antonio González. Tenía cierta fama aquel hospedaje, decían que se comía muy bien. Aunque para mí que eso no debía de importarle mucho a don Manuel. El día que fui con mi madre a verle, a mis ocho años, en cuanto se abrió la puerta de su cuarto, surgió una humareda de tal densidad, que jamás en mi vida he visto nada parecido ni creo que lo llegue a ver, y mejor que no lo vea.

 

Don Manuel se refugiaba en el tabaco, probablemente. Cumplía con sus obligaciones y dedicaba la siesta a fumar y leer la prensa: había varios periódicos allí. Y una montaña de cenizas, de colillas, de cajetillas nuevas de tabaco a la espera. Con todo, lo importante de nuestra visita no era inspeccionar el tabaco en suspensión, sino que mi madre quería despedirse de don Manuel con respeto y cariño porque acababan de echarlo de su trabajo en San Pedro. El coadjutor era un clérigo liberal, algo que no podía tolerar el conservador obispo de Astorga don Marcelo González Martín, quien luego sería primado de España y oficiante en el entierro del dictador Franco.

 

Esos asuntos eclesiásticos hoy a nadie le importan nada; es lógico. Pero en tiempos de gran poder temporal del clero, los alejamientos forzosos de sus sacerdotes más independientes, provocaban un gran enfado y tristeza en los feligreses. La diócesis quería curas febles, irrelevantes, contemporizadores. Y don Manuel era el último romántico de un cristianismo que me atrevería llamar republicano que perduraba en la ciudad.

 

Pocos meses después de su traslado, un grupo de mujeres que lo admiraban, fletó un autobús para ir a visitar a don Manuel a su nuevo y rural destino: Nogarejas. Por casa andan algunas fotos de aquel viaje remoto, en las que aparece mi madre. Y la imagen melancólica del presbítero, rodeado de mujeres y encinas. Don Manuel, que moriría poco después. Nostálgico de la vida urbana y de los periódicos.

 

CÉSAR GAVELA

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