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Opinión


7 de febrero de 2020

Me quedo porque quiero quedarme


 

Hace pocas fechas hemos podido ver en televisión y leer en numerosos medios de comunicación la campaña de promoción de una plataforma de venta online, para productos locales, cuyo eslogan dice “Me quedo porque quiero quedarme”, “#Yomequedo”.

Como ustedes sabrán, esta campaña nace con el objetivo de hacer un guiño a esa España vacía que parece existir solo cuando no hay otra noticia que tratar. No obstante, no es el objetivo de este artículo poner sobre la mesa este problema, prefiero llamarle realidad, de la despoblación sino tratar de reflexionar y sacar a la palestra otras reflexiones y realidades del día a día de los que hemos decidido intentarlo y apostar por quedarnos, renunciando a otras cosas, buenas y malas imagino, y eligiendo las que tenemos y no tenemos aquí.

Realmente uno de los objetivos de este texto pretende que muchos de los lectores, jóvenes, no tan jóvenes y mayores se sientan identificados con algunas de estas reflexiones que permanentemente trato con clientes, alumnos y vecinos de nuestra provincia o zonas similares. “¡Anda!, ¿Pero cómo después de tantos años de estudiar, trabajar en…. (pongan la capital del mundo que deseen en este lugar) has acabado en Astorga?”, “Pues mis hijos, hermanos, nietos, sobrinos… viven en Londres”, “Pues mi hija ahora trabaja entre Múnich y Seattle” … Hasta es frecuente leer, escuchar, incluso en ocasiones sufrir, a esos veraneantes que llegan de la gran urbe y como gesto de solidaridad y humanidad nos regalan soluciones a todos los problemas cotidianos, y trascendentales, de las pequeñas ciudades o pueblos asumiendo que los que aquí vivimos no sabríamos llegar a tan valiosas conclusiones. Seguro son frases que han escuchado, incluso sufrido alguna vez, pues está claro… La moraleja de todo esto es que quedarse es síntoma inequívoco de no haber progresado en la vida. Quedarse, incluso habiéndolo elegido libremente (“insensatos”) y sin la ayuda de los urbanitas más ilustres es probablemente síntoma inequívoco para muchos de “fracaso” personal. Solo cuando aparecen verdaderos “valientes” que montaron un emporio económico apostando por su tierra, se habla positivamente del que se quedó, quizás fruto de ese sentimiento tan humano de la envidia de quitar valor a todo aquello que no hace mi propio ombligo.

No voy a discutir, pues es una obviedad, que de existir un mayor tejido empresarial existiría una mayor oferta de trabajo, pero permítanme dudar que, aunque eso fuera así, lo comentado anteriormente cambiara sustancialmente. Creo firmemente que muchos optarían igualmente por un síntoma de progreso inapelable, vivir en una gran urbe y ser un urbanitas certificado. Quizás al final todo se reduzca a lo que una vez me contó un reputado profesor universitario, “Esa relación entre emigrar para progresar, por necesidad o voluntad, de postguerra aún tiene su poso en tiempos modernos y la opción de quedarse no es otra cosa a ojos de una gran parte de la sociedad que, no haberlo intentado o renunciar al progreso”.

Mientras tanto los jóvenes, y no tan jóvenes, que eligieron o tratan de elegir vivir en la zona deben seguir esforzándose, esforzándonos, en pelear en sus trabajos o negocios, en formarse, explotar ideas de negocio… Sufriendo no solo las dificultades del mercado sino esa convicción moral de luchar contra el estigma de quien se quedó. Claro que la realidad de la España vacía debe tener medidas urgentes por parte de las instituciones, pero también creo que una de las principales medidas que se deben poner en práctica es la de educar en casa, colegio, instituto, universidad… En que irse o quedarse ni es de valientes ni de fracasados, que montar un negocio no es solo cosa de los personajes de Marvel, y que cerrarlo no es sinónimo de tocar el infierno sino una opción que cada uno debe sopesar y valorar, pues a buen seguro cada una de ellas tiene sus pros y sus contras. A mi juicio este aspecto es capital para, al menos, tratar de frenar un fenómeno que muchas veces nos sorprende al ver como se trata de valiente al expatriado, aunque mal viva en la gran urbe, y de fracasado, a los pobrecitos que no tienen una gran superficie ni grandes franquicias a 10 minutos. Mientras tanto unos pocos seguirán sufriendo las lecciones del urbanitas que desea volver a su lugar de origen a la mínima, eso sí, dejando bien claro que él vive y trabaja en la gran urbe.

 

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