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Opinión


10 de febrero de 2016

Memoria Histórica. Excursión unamuniana


Trabajando sobre la Ley de Memoria Histórica para poder ofrecer a los lectores un análisis de la misma más allá del puro comentario de texto filio-fóbico al uso, me permito esta disgresión, que nos aparta momentáneamente del asunto, aunque no del todo.

Porque ocurre que, a veces, la tarea del investigador se ve compensada al tropezar con hallazgos que no pretendía, y que son dignos de reseñar. Claro está que este es un hallazgo conocido, pero que adquiere una significación especial al ser un decreto numérica y físicamente situado a continuación de uno de los tan celosa e incomprensiblemente derogados por la citada ley, y que el lector tendrá ocasión de analizar en otro momento, si los hados me lo permiten. De encontrarse con él, quizá los gestores de la Ley de Memoria Histórica también lo habrían encontrado derogable. Todo es posible.

El Decreto Nº 80 de la Junta de Defensa Nacional confirmando a Miguel de Unamuno como Rector de la Universidad de Salamanca es una pieza única, que no tiene desperdicio. Y a su vez, da pie a poner un poco de luz a la controvertida posición de mi adminado Don Miguel en relación con la espinosa cuestión de la sublevación del 18 de julio de 1936.

 

“DECRETO Nº 80. Ostenta la personalidad de D. Miguel de Unamuno en el campo docente, como en otras manifestaciones de la cultura, bien acusados relieves que la otorgan destacada notoriedad. De otro lado, la cruzada emprendida por España –pueblo y Ejército– para librar a la Civilización de Occidente del secuestro en que gentes incomprensivas de su excelencia la retenían, ha merecido de tan ilustre prócer del saber la adhesión fervorosa y el apoyo entusiasta que de intelecto y espíritu tales cabía esperar.

”A circunstancias tan preclaras y a tan relevantes hechos, cúspide feliz de una vida, ascendente sin rellanos ni altos en su declive, y que antes de ahora movió a homenaje a quienes el poder público representaban, no ha de corresponder la Junta de Defensa Nacional con desdén ni siquiera con olvido o indiferencia, antes al contrario, a fuer de directora del gran movimiento nacional, siente el deber de hacerse eco de unas y otros, de destacarlos ante propios y ajenos y de honrarlos cual requiera la Justicia. Más aún, cuando los verdugos de aquella Civilización cuyas huestes libertadoras han visto reforzado el entusiasmo en su afán santo con el hálito patriótico del pecho siempre sincero del maestro de Salamanca, acusan el matiz dominante de su empresa con la pretensión de derrocar, a golpe de pluma, lo que aquél solamente le fué reconocido por los hombres ya que no por ellos, sino por Dios, otorgado.

”Por tanto, como Presidente de la Junta de Defensa Nacional, y de acuerdo con ésta, vengo en decretar:

”Artículo único.  Se confirma a D. Miguel de Unamuno en los cargos de Rector vitalicio de la Universidad de Salamanca y titular de la cátedra de su nombre en el mismo Centro, con cuantas prerrogativas y atribuciones se le confieren en el Decreto de treinta de septiembre de mil novecientos treinta y cuatro.

”Dado en Burgos a primero de septiembre de mil novecientos treinta y seis.-MIGUEL CABANELLAS.”

 

Como bien sabe el lector, este amor declarado entre Miguel de Unamuno y el Gobierno de Burgos duró bien poco, siendo destituido poco más de mes y medio después, a consecuencia del enfrentamiento público con el general Millán Astray. Pero como la manipulación del pensamiento de Unamuno en esos últimos meses de su vida ha sido también cuantiosa a lo largo de los años, y por los dos lados, cerraré esta excursión a los aledaños del tema que nos ocupa con el manifiesto que el propio Unamuno, de su puño y letra, escribió semanas antes de su muerte, que se producía el último día del año fatídico de 1936[1].

 

“Apenas iniciado el movimiento popular salvador que acaudilla el general Franco me adherí a él diciendo que lo que hay que salvar en España es la civilización occidental cristiana y con ella la independencia nacional, ya que se está aquí, en territorio nacional, ventilando una guerra internacional. El gobierno fantasma de Madrid me destituyó por ello de mi rectoría y luego el de Burgos me restituyó en ella con elogiosos conceptos.

”En tanto me iban horrorizando los caracteres que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel debida a una verdadera enfermedad colectiva, a una epidemia de locura con cierto substrato patológico-corporal. Y en el aspecto religioso a la profunda desesperación típica del alma española que no logra encontrar su propia fe. Y a la vez se nota en nuestra juventud un triste descenso de capacidad mental y un cierto odio a la inteligencia unido a un culto a la violencia por la violencia misma. Las inauditas salvajadas de las hordas marxistas, rojas, exceden toda descripción y he de ahorrarme retórica barata. Y dan el tono, no socialistas, ni comunistas, ni sindicalistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, expresidiarios criminales natos sin ideología alguna. que van a satisfacer feroces pasiones atávicas sin ideología alguna. Y la natural reacción a esto toma también muchas veces, desgraciadamente, caracteres frenopáticos. Es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del duicisio moral. Si el desdichado gobierno de Madrid no ha podido querer resistir la presión del salvajismo apellidado marxista debemos esperar que el gobierno de Burgos sabrá resistir la presión de los que quieren establecer otro régimen de terror. En un principio se dijo, con muy buen sentido, que ya que el movimiento no era una cuartelada o militarada sino algo profundamente popular todos los partidos nacionales anti-marxistas depondrían sus diferencias para unirse bajo la única dirección militar sin prefigurar el régimen que habría de seguir a la victoria definitiva. Pero siguen subsistiendo esos partidos: Renovación Española (monárquicos constitucionales), Tradicionalistas (antiguos carlistas), Acción Popular (monárquicos que acataron la República), y no pocos republicanos que no entraron en el frente llamado popular. A lo que se añade la llamada Falange –partido político aunque lo niegue–, o sea el fascio italiano muy mal traducido. Y éste empieza a querer absorver a los otros y dictar el régimen futuro. Y por haber manifestado mis temores de que esto acreciente el terror, el miedo que España se tiene a sí misma y dificulte la verdadera paz; por haber dicho que vencer no es convencer ni conquistar es convertir, el fascismo español ha hecho que el gobierno de Burgos que me restituyó a mi rectoría… vitalicia! con elogios me haya destituido de ella sin haberme oído antes ni dándome explicaciones. Y esto, como se comprende, me impone cierto sigilo para juzgar lo que está pasando.

”Insisto en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional, ya que España no debe estar al dictado ni de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Y es deber también traer una paz de convencimiento y de conversión y lograr la unión moral de todos los españoles para rehacer la patria que se está ensangrentando, desangrando, arruinándose, envenenándose y entonteciéndose. Y para ello impedir que los reaccionarios se vayan en su reacción más allá de la justicia y hasta de la humanidad, como a las veces tratan. Que no es camino el que se pretenda formar sindicatos nacionales compulsivos, por fuerza y amenaza, obligando por el terror a que se alisten en ellos a los ni convencidos ni convertidos. Triste cosa sería que al bárbaro, anticivil e inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anticivil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro, que en el fondo son lo mismo.”

 

Bueno, una líneas más para, con las palabras escritas por Miguel de Unamuno, posteriores al Manifiesto reproducido, y dirigidas al escritor Nikos Kazantzakis, dejar constancia nuevamente de la mentira según la cual Unamuno se arrepintiera de apoyar a los sublevados, coartada en la que se basan últimamente quienes, al recuperar a Unamuno, lo hacen sectariamente convirtiéndole en “uno de los suyos” siendo que, como no podía ser de otra manera, ser, no era de nadie.

 

“En este momento crítico del dolor de España, sé que tengo que seguir a los soldados. Son los únicos que nos devolverán el orden. Saben lo que significa la disciplina y saben como imponerla. No, no me he convertido en un derechista. No haga usted caso de lo que dice la gente. No he traicionado la causa de la libertad. Pero es que, por ahora, es totalmente esencial que el orden sea restaurado. Pero cualquier día me levantaré –pronto– y me lanzaré a la lucha por la libertad, yo solo. No, no soy fascista ni bolchevique; soy un solitario.”

 

 

Juan Manuel Martínez Valdueza

4 de febrero de 2016

[1] Manuel María Urrutia, Un documento excepcional: El manifiesto de Unamuno. Universidad de Deusto (Bilbao).

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