Num: 6959 | Viernes 26 de noviembre de 2021
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Opinión

Hay una frase que se me quedó grabada, yo diría que “enganchada” desde la primera vez que la leí, es de Thomas Merton: “ El hombre cuya oración es tan pura que nunca le pide nada a Dios, no sabe quién es Dios, y no sabe quién es él mismo: porque no conoce su propia necesidad de Dios”.


Hay una frase que se me quedó grabada, yo diría que “enganchada” desde la primera vez que la leí, es de Thomas Merton: “ El hombre cuya oración es tan pura que nunca le pide nada a Dios, no sabe quién es Dios, y no sabe quién es él mismo: porque no conoce su propia necesidad de Dios”.

La tengo dando vueltas y más vueltas en mi pensamiento y diría que en mi corazón. Unas veces más a menudo que otras, en ocasiones casi sin venir a cuento. Esta es una de esas veces. Tal vez sea porque soy de esas personas, al menos espero no ser la única rarita y que haya más apuntadas al club, a las que nos cuesta sentir que necesitamos de los demás y muchísimo más de Dios, y ya no os digo reconocerlo en voz alta y pedir ayuda. Me cuesta, me cuesta…tanto, que siempre creo que puedo con todo. Sentirme necesitada es algo que estoy aprendiendo poco a poco…y con sufrimiento. No penséis que exagero, duele darte cuenta de tu invalidez para muchas cosas, muchas de ellas emocionales. Duele darte cuenta que no puedes, por más que te gustaría, restarle sufrimientos a aquellos a los que quieres, incluso quitárselos del todo. Duele cuando te das cuenta que a pesar de toda tu fortaleza, tienes momentos que el peso de tu vida te sobrepasa. Duele sentirte impotente, punto.

Por eso tal vez cuando leí esta frase por vez primera,  me quedé un rato como en suspenso. Era como si me hablase a mí misma, cara a cara. Otra vez mi orgullo. Y no importa que la suela tener presente, muy a menudo me engaño y me resisto a pedir auxilio a Dios (y a los demás), dándome como excusa que ya está bien de ser una aprovechada, o una pedigüeña, una caradura que no sabe más que pedir…”¡da a gracias a Dios!, me riño a mí misma. ¿Acaso no ves todo lo que te da sin que le pidas? Él ya sabe lo que necesitas, Dios no está para pedirle…Alaba al Señor, es lo que tienes que hacer”.

Ese suele ser mi monólogo habitual para esconder que en realidad es mi orgullo el que me impide humillarme y reconocer mi necesidad. Y ni siquiera es humillarme, porque ¿acaso un hijo pequeño se humilla si se acerca a su padre para pedirle que le lleve en brazos porque le duelen los pies? ¿Es humillante si un hijo se levanta asustado por la noche y corre a donde sus padres? ¿Es humillante si ese hijo le dice a su padre “dame de comer porque yo no llego a la despensa?

Lo que me fastidia es reconocerme en ese “hijo pequeño”. No quiero. Por eso la frasecita de marras, no sólo me impactó por lo que dice de que “no sé quién es Dios” (algo que ya sospechaba), porque puedo sacar notable alto en teoría pero luego en la práctica suspender en mi tú a tú con Él, lo que me noqueó fue no saber quién soy yo misma. Vamos a ver, ¿Quién se va a conocer mejor? Sé cuándo y dónde nací, quienes fueron mis padres, mis hermanos, si estudio o trabajo y hasta donde rezo. Así que cómo no voy a conocerme.

Y para terminar de fastidiarme, la primera parte: “El hombre (o sea yo, mujer, Rosi) cuya oración es tan pura…”. ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Vamos hombre! Perfecta, mi oración era perfecta. Si yo no era de “esos” que siempre le está pidiendo a Dios. Seré farisea…y…mejor me callo.

¿Qué padre no está más que dispuesto a atender la necesidad grande o pequeña, seria o ridícula de su hija? Pues un mal padre. Fíjate que yo que no soy madre, pero sí hermana mayor (lo más parecido), no soy capaz de desatender la petición de mi hermana cuando se “enfrenta” a una araña por más ridícula que me parezca, pero esa es su necesidad, la que en ese momento la paraliza, lo que le supera.

A los que somos así, a los que ni conocemos a Dios ni a nosotros mismos, los que estamos seguros que nunca caeremos, los demás sí, nosotros no, y que creemos que además estamos haciendo lo correcto, que ya somos “tan puros” que no tenemos ninguna necesidad, ya llegará el momento en que te des cuenta de que no somos diferentes a toda la humanidad. Y que eso no es malo, al contrario. Es lo que eres y es lo que

Dios es. Si los santos no hubiesen tenido su “noche oscura”, ¿habrían sentido su necesidad de Dios? ¿Habrían llegado a ser santos?

Yo voy a seguir dándole vueltas a la nada inocua frasecita…espero descubrir quién soy y no asustarme mucho.

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