Num: 6927 | Lunes 25 de octubre de 2021
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Opinión


Suena la campana del Lambrión Chupacandiles en la calle mientras el periodista escribe desde el despacho de su casa este artículo para ustedes. Estamos sumergidos en la cuenta atrás de la Semana Santa, unas jornadas que a todos no nos son indiferentes. Ni a los que la participan en las escenificaciones de la Pasión de Jesús, ni a los que cultivan el culto a la diversión o el ocio. Allá cada uno. Bendita libertad. Pero no quisiera adentrarme más en este tema de rabiosa actualidad que diría el presentador televisivo de turno.

Otro asunto que trae en jaque a toda la ciudadanía de este país nuestro que aún se llama España es la convocatoria de huelga general del próximo día 29. Sobre este particular creo haber reflejado alto y claro, si se me permite, mi análisis o reflexión al respecto. No es el momento de un reproche tal a un Gobierno recién nombrado, aunque mucho nos tememos que el lógico cabreo del respetable se utilice con fines particulares de las centrales sindicales.

El asunto central del artículo de hoy versa sobre el hombre del momento en Ponferrada. Me estoy refiriendo a Monseñor De Cela. Sí, don Antolín. Está bien, Antolín, para muchos de los que tenemos la gran suerte de contar con su amistad. Del párroco de la Basílica de La Encina he escrito mucho durante casi dos décadas en muy diferentes medios de comunicación. Y, lejos de servirme para recitar casi de memoria un perfil sobre su persona me resulta, paradójicamente, tremendamente difícil escribir en esta ocasión. El motivo, no es otro que el rubor. Una pequeña timidez que me invade, como a él, a la hora de las loas mal interpretadas o que pudieran tomarse como un acto más de “lomoterapia” que tanto gustan aplicar algunos medios de comunicación con los, digámoslo así, poderes establecidos.

Pero Monseñor De Cela, nuestro Antolín, no es tan sólo un representante del Ser más poderoso del universo en Ponferrada. Este hombre, sabe como nadie, que los nombramientos, los cargos y las encomiendas se evaporan cuando dejas de ostentarlos o de tutelarlos. Hay quien cree que los pequeños obsequios, las invitaciones, los premios y agasajos son por ser ellos mismos y no por los cargos que, temporalmente ocupan. Eso sucede mucho en política cuando personas que eran tratados como el centro del mundo son condenados al ostracismo por una mera cuestión de interés en cuanto caen de la poltrona. A Antolín, ese mal de altura, el síndrome de la Moncloa, el apearse del choche oficial, el despacho, la moqueta y las prevendas no le dolerán porque nunca los ha sufrido y/o disfrutado. Es un tipo con los pies en la tierra y la cabeza bien amueblada. Bueno, no tanto, porque siempre está brotando de su cerebro un proyecto, una idea, una forma de hacer este perro pero bonito mundo un poco mejor, más humano.

Para los males del cuerpo están los galenos; para los del cerebro se acude al psiquiatra y para los del alma, los católicos acudimos a los sacerdotes. Confieso, y nunca mejor dicho, que Antolín es un gran “médico del alma”. Por mucho que existe una corriente nihilista, donde sólo el materialismo y el culto al dinero parece importar, este sacerdote es de los que dignifican su gremio y a todos los que creemos en Jesucristo. Y mira que hay algunos que, incluso con alzacuellos, se empecinan en tirarse piedras contra su propio tejado quejándose después de la sociedad. ¡Qué mayor realización que ser coherente haciendo lo que crees! Pues Antolín es de esos.

Recuerdo, casi con rubor, insisto, el premio que se le concedió por parte del Ayuntamiento de Ponferrada hace unos años. El homenaje en el Teatro Bérgidum. Su nombramiento como Obispo Emérito y tantos y tantos títulos, que, como medallas de aquél mago Andreu, pudiera Antolín colgarse de la solapa hasta hacerlo inclinar en su caminar del Instituto Gil y Carrasco donde imparte clase hasta la Basílica, de la Basílica al despacho parroquial, de ahí al Comedor social, a una reunión de la Fundación Fustegueras-Valdés, a un Consejo de Administración del Hospital de La Reina, atender a un periodista, solicitar una subvención para un albergue de peregrinos, impartir la eucaristía, oficiar un funeral, escuchar confesión, aguantar el desahogo de una madre que busca solución a sus múltiples problemas, tomar un vino con un amigo, escribir y leer en largas madrugadas, obedecer a su hermana para que cumpla con sus medicamentos y aplaque sus primeros achaques de salud, componer música, acudir a una reunión al Obispado de Astorga, dar catequesis… Son tantas sus tareas que no cabrían aquí.

A Antolín de Cela, le han nombrado Empresario del Año por su faceta de administrador del Hospital de La Reina. Seguro que aprovechará en su momento de protagonismo del acto para rogar a la llamada patronal a que se unan y no caminen divididos en CEL, FELE, Cebra, Club Financiero y demás. Incluso les dará la poción mágica para enfrentarse a la crisis económica y que él nos ha enseñado a muchos: trabajo e imaginación. Y es que Antolín es una rara avis porque ser consecuente predicando y dando ejemplo, vivir en la cultura del esfuerzo con dosis de ilusión y dar a lo material el verdadero uso y valor para lo que fue creado el vil metal, muy pocas personas, como él, lo practican. Enhorabuena.

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