Num: 5852 | Jueves 15 de noviembre de 2018
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Nacimiento de una tradición


Según la tradición, la imagen actual de la Virgen de la Encina la trajo Santo Toribio, cuando era arcediano, desde Jerusalén a Astorga en el año 442. Estuvo en la capital de la diócesis hasta las invasiones sarracenas, cuando en el siglo VIII por miedo a que cayera en manos de los infieles la ocultaron en una encina del bosque berciano, donde permanecería varios siglos hasta que, a finales del siglo XII, unos hombres que estaban cortando madera para la construcción de la fortaleza templaria de Ponferrada la encontraron al talar uno de los árboles. Y allí, en el mismo lugar, le construyeron un templo que pusieron bajo su devoción, convirtiéndose desde entonces en la patrona de la villa.

Todas la tradiciones tienen un principio y parece ser que esta de la imagen de la Encina, según las investigaciones de Pilar Sáenz de Tejada Fernández, no se remonta más allá del primer tercio del siglo XVII. Tres son los factores que permiten llevar el inicio de la tradición al siglo XVII. En primer lugar, la imagen actual de la Virgen de la Encina no es la que refiere la tradición, ya que esta presenta una hechadura de comienzos del siglo XVI. En segundo lugar, no se menciona en ninguno de los cientos de documentos relativos a la titularidad de la imagen o de la propia iglesia, anteriores al año 1630, el nombre de Nuestra Señora de la Encina, ni como titular del templo ni como advocación mariana, puesto que entre las diversas titulaciones con las que se la denomina desde el siglo XIII al XVII figuran las de Iglesia de: Santa María, de Nuestra Señora, de Nuestra Señora de la Plaza, de Nuestra Señora de la Villa, de la Natividad de Nuestra Señora y de Nuestra Señora de Septiembre, pero nunca como Virgen de la Encina. Y en tercer lugar, tampoco aparece ninguna referencia de su nombre en los estamentos ni en las partidas bautismales, hasta la época señalada.
La tradición, según la cual la imagen de la Virgen se apareció a unos trabajadores cuando talaban árboles para la construcción de la fortaleza templaria, parece no remontarse más allá de princpios del siglo XVII.

La Virgen, sacada bajo palio por los eclesiásticos de la villa seguidos por las autoridades y el pueblo, en procesión, sofoca el fuego de la casa de Beatriz de Cancelada. En un cuadro de Juan de Peñalosa, se puede observar el arco de la Puerta del Reloj así como varias casas de la plaza las Eras. Fiel testimonio del urbanismo de Ponferrada en el siglo XVII.

Si tenemos en cuenta que las primeras referencias la relacionan con la cofradía de los Esclavos de Nuestra Señora de la Encina y que en sus capitulaciones donde se menciona por primera vez la tradición de origen medieval, podemos pensar que su origen está muy relacionado con esta cofradía formada por mercaderes. Esto se ve reforzado por el hecho de que se cambie la celebracion religiosa del 23 al 8 de septiembre, precisamente el día de la festividad de la cofradía de los Esclavos. El que la cofradía de los Esclavos procesionase su imagen titular el día de su festividad, contribuiría a que, en momentos difíciles (no olvidemos que el sigo XVII es para Castilla y León el más crítico de toda su historia), el concejo sacase a la Virgen de la Encina en las rogativas, para pedir: “por los frutos”, “por lo riguroso del temporal” , “por la falta de agua”, “para la serenidad del tiempo”, “contra la langosta”, “por la conservación de los frutos”, “por la mejora del tiempo”, … llegando con el tiempo a generalizarse esta costumbre. Este hecho y la serie de sucesos milagrosos y sobrenaturales producidos por su intervención, fueron factores que contribuirían a su difusión entre el pueblo y que a partir de un momento dado del siglo XVII se la considere como patrona de toda la villa y que bajo su advocación y titulación se pusiese la iglesia parroquial. Todo ello sin olvidar los afanes, fervor religioso, devoción y amor de sus feligreses devotos, capellanes, ermitaños…

Imagen de la Virgen de La Encina en procesión. / QUINITO

Patrona del Bierzo

Durante la Edad Moderna son varios los santuarios marianos que se reparten la devoción de los fieles de la comarca y de su entorno. Las Vírgenes de la Encina de Ponferrada, de la Peña de Congosto, de las Nieves de Anllares, de Nuestra Señora de Trascastro, de la Aquiana, de la Quinta Angustia de Cacabelos, de las Angustias de Molinaseca y de las Ermitas (Ourense), son las de mayor devoción y no existe, en estos momentos, una jerarquización de santuarios. Todas ellas se proclaman patronas de su villa o lugar y algunas de ellas, como la de la Encina o de La Peña, del Bierzo. La jerarquización será posterior, en el siglo XX, cuando un santuario pase a representar la devoción de todo una provincia o de una comarca, como es el caso del Bierzo, donde se nombra en el año 1908, a la Virgen de la Encina de Ponferrada, patrona de toda la comarca, al igual que había ocurrido en otras regiones; por ejemplo en Asturias, cuando a finales del siglo XIX la Santina de Covadonga se convierte en la patrona de todo el Principado de Asturias.

El hecho de que la villa de Ponferrada hubiese conocido un gran crecimiento económico y demográfico; que se hubiese convertido en la capital administrativa comercial de la comarca; el esfuerzo de las autoridades civiles y religiosas de la villa en potenciar su devoción, principalmente el Rector de la Encina, don Silvestre Losada Carracedo, y del obispo de Astorga, don Julián de Diego y Alcolea; la amplia difusión de sus numerosos milagros por toda la comarca, especialmente el acontecido a la tullida María Manuela de Mendoza; el celo y la devoción que le procesaron desde Ponferrada y desde todas las partes del Bierzo; y el amplio eco, en toda la comarca y en las regiones limítrofes, de las fiestas celebradas en su honor en el mes de septiembre; posibilitaron que a principios del siglo XX fuese la devoción más popular de la comarca berciana. Y de este modo, en una ceremonia religiosa de gran fervor popular celebrada el 8 de septiembre de 1908 en la que participaron miles de bercianos fue coronada la Virgen de la Encina como patrona de todo El Bierzo y el arzobispo de Valladolid, como delegado de su Santidad, procedió a su coronación con estas palabras: “Lo mismo que nuestras manos te ponen la corona en la tierra, merezcamos ser coronados con gloria y honor por Cristo en los cielos…” miles de gargantas, agradecidas a su patrona, entonaron el himno de la coronación:

Salve ¡Oh Reina del Paraíso!…
Salve, ¡Oh Madre del mismo Dios!.
Como patrona de todo El Bierzo
te coronamos, te coronamos.
¡Salve y loor!

En 1576, el concejo y las autoridades de la villa acordaron desmembrar el beneficio de la iglesia Mayor y su anejo San Pedro, en un rector, tres racioneros y tres prebendados (organista, cantor y sacristán) a la muerte de Diego de Yebra.

 

La fama de milagrosa de la imagen favoreció el aumento de su devoción no sólo entre los vecinos de Ponferrada sino también fuera de los límites del Bierzo.

Como reconocimiento del patronazgo del concejo de Ponferrada sobre su iglesia Mayor se instituyó la ceremonia de la Colación del Pez, tradición presente desde tiempos inmemoriables hasta el siglo XX.

El Nuncio de Su Santidad, el 12 de julio de 1958, con motivo de la celebración del cincuentenario de la Coronación de la Virgen como Patrona del Bierzo, le concedió el rango de Basílica Menor, convirtiéndose desde ese momento en la Basílica de la Encina.

Patronazgo

La cuestión del patronazgo de iglesia Mayor de Ponferrada fue una constante causa de enfrentamiento entre el concejo, vecinos y autoridades de la villa por un lado y los deanes y cabildo catedralicio astorgano por otro. Cada uno de ellos venía reclamando para sí, desde la Edad Media, su patronazgo “solus et insolidum”. La polémica surgirá de nuevo con fuerza desde el momento en que se empieza a construir la nueva iglesia del siglo XVI, ya que como se recogía el Concilio de Trento, siguiendo las viejas normas capitulares del IV Concilio de Toledo, en el año 633, las iglesias que se fabricasen de nuevo pertenecerían al obispo en cuyo territorio diocesano se hubiesen construido. Tras una serie de pleitos y demandas que se producen durante toda la segunda mitad del Quinientos, se llega finalmente a un acuerdo en el año 1589, según el cual el concejo de Ponferrada y el cabildo asturicense se alternarán en la presentación del rector y prendados.

Pese al interés del obispo en reducir el patronazgo del concejo, como por ejemplo en 1691, en favor del regimiento de la villa, los vecinos seguirán disponiendo de su privilegio hasta el siglo XIX, si bien es cierto, que con el paso del tiempo estos perderán parte de sus prerrogativas y serán sustituidos por las autoridades políticas de la villa. De este modo, a partir del año 1772 (por orden del fiscal de S.M. del 16 de octubre) no será el concejo quien elija directamente al rector y a los prebendados sino tres apoderados elegidos por cuarenta y ocho personas escogidas previamente por el concejo. Desde 1837 será el ayuntamiento únicamente quien los elija. En cuanto al patronazgo del cabildo de la catedral de Astorga se mantendrá hasta que a mediados del siglo XX lo anule el obispo asturicense don Jesús Mérida Pérez.

En reconocimiento simbólico del patronazgo del concejo y vecinos, se instituyó la colación del pez. Se trataba de una ceremonia que se celebraba anualmente, desde tiempo inmemorial, el día de Pascua de Resurrección. Las autoridades civiles y religiosas de la villa seguidas por el pueblo se dirigían desde la iglesia de la Encina al puente mayor sobre el Sil y allí el Procurador General de la villa, en nombre del consejo y autoridades del regimiento, entregaba unos peces sobre una bandeja de plata al rector y a los prebendados de la iglesia Mayor. Éstos los recibían y los arrojaban al río y pagaban la colación, que aunque al principio era en especie, vino blanco, confituras,… con el paso del tiempo se impuso su paga en dinero, entre 30 y 50 ducados, normalmente 400 reales, que el ayuntamiento invertía en paliar algunas de las necesidades de la villa, así por ejemplo: para ayudar a pagar al médico y al maestro (1756, 1831), para componer las campanas (1772), para reparar el órgano (1773), para ayuda de los soldados (1687), para la ermita de la Vera Cruz (1686), etc.

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