Num: 7134 | Viernes 20 de mayo de 2022
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Opinión


Estos días ha salido a la venta el libro de Geoffrey Parker El Siglo maldito (que aún no he leído, pero sí el artículo que el autor publicó en la Tercera del ABC), título que podría aludir al siglo recién comenzado, pero que en realidad aborda el estudio de la crisis del siglo XVII. Algunos historiadores, como Hobsbawm (En torno a los orígenes de la Revolución Industrial), interpretaron esa crisis en un sentido positivo, como una etapa de transición del feudalismo al capitalismo (como antes había escrito ya M. Dobb), pero en realidad sus causas  y consecuencias fueron más profundas. En la crisis tuvo un papel preponderante el cambio climático, la llamada “pequeña era glaciar”, que provocó, por ejemplo en buena parte de Europa, inviernos largos y severos y veranos suaves y lluviosos, que tuvieron consecuencias muy negativas para los cultivos. No fue, como escribe Parker, una crisis Europea sino que afectó aún con mayor dureza a otras partes del mundo con terremotos, tifones y huracanes, mucho más dañinos de lo que nos imaginamos, aunque sus ecos llegaran apagados a Europa.

Como aquel siglo, este comienzo de milenio no nos da tregua. Las catástrofes se suceden una tras otra en todos los continentes y países: cuando no es un terremoto el que destruye regiones enteras, con miles de muertos, son tsunamis como los recientes de Tailandia (2004) y Japón (2011), llevándose por delante miles de turistas y vecinos, y provocando desastres como el de la central nuclear de Fukushima, tifones que arrasan islas enteras con miles de muertos, como el ocurrido hace pocos días en Filipinas, etc. Incluso en España ha habido temblores de tierra en Lorca y Canarias, desbordamiento de ríos por las lluvias. Nadie duda que se está produciendo un cambio climático en gran parte provocado por el calentamiento global del planeta; y detrás de ese calentamiento, con más del 90% de certidumbre, está el hombre: emisiones de CO2 y gases fluorados a la atmósfera, deforestación. Es, por tanto, no un fenómeno natural sino antrópico, algo que lo diferencia de la “pequeña era glaciar” del siglo XVII. Tenemos una responsabilidad evidente.

La crisis del siglo XVII tuvo efectos terribles sobre la demografía, por la sucesión de epidemias de peste y las hambrunas. En España, escribía Mateo Alemán en El Guzmán de Alfarache, la llamada peste atlántica dejaba en los primeros años del siglo XVII un rastro de muerte en su descenso de norte a sur, mientras que de Andalucía subía el hambre de sur a norte, hasta Galicia y Asturias. Las crisis agrarias, por el cambio climático, provocaron durante buena parte de la centuria terribles y periódicas hambrunas, arrojando a la miseria, las calles y los caminos a miles de personas. El número de pobres, en muchos lugares llegó a superar el 20% de la población e incluso más (Pilar Sáenz de Heredia en su estudio sobre Ponferrada hablan de porcentajes en torno al 21,4% y 20,4%)). La pauperización de la sociedad, a la que no fue ajena las guerras por la hegemonía europea, provocó a su vez los deseos independentistas de algunos territorios de la corona española contrarios a contribuir a los gastos generales (Unión de Armas): Portugal se independizó en  1640 mientras Cataluña buscaba el apoyo francés para sus veleidades secesionistas.

La crisis actual es sin duda económica (bancarrota del sector inmobiliario, cierre de empresas, crisis bancaria, desaparición del crédito), pero tiene igualmente vertientes sociales y políticas. La consecuencia más dolorosa es el paro que, aunque afecta a muchos países de Europa, en España alcanza proporciones dramáticas, casi seis millones, el 26,5% de la población activa, que en el caso de los jóvenes supera el 40%. Los mejor preparados emigran buscando alguna oportunidad para sus estudios universitarios fuera, pero la mayoría malvive con subsidios y ayudas, o en el trabajo sumergido mal pagado. La presión fiscal para pagar esas ayudas tiene como consecuencia añadida el deterioro de los servicios sociales y el empobrecimiento de las clases medias. De hecho, según el INE, los ingresos de los hogares españoles han caído  hasta los niveles de 2005, y casi el 21,6% de la población española vive en riesgo de pobreza. Ante esta situación, rebrotan los movimientos separatistas en las regiones más favorecidas, que niegan su solidaridad (no hay que olvidar, como dijo Unamuno, que la nación es el ámbito de la solidaridad) a las de menores recursos. Cataluña -también el País Vasco-, lo proclama sin eufemismo.

El pauperismo provocó en la España del barroco un amplio movimiento solidario, tanto de la Iglesia como de los poderes públicos -los concejos- y los particulares. La Contrarreforma, pese a las críticas, mantuvo en vigor el ideal evangélico de la caridad, en parte porque frente a la “sola fe” luterana, el catolicismo hubo de reafirmar el dogma de que una fe sin obras es una fe muerta. Por esa razón se crearon tantas obras pías, cofradías laicas, aunque con un ideal religioso como bandera, de ayuda mutua a los cofrades y también ayuda externa a los necesitados, casas de misericordia, pósitos píos y sobre todo hospitales, instituciones éstas que no hay que entender en el moderno sentido sanitario sino como recintos donde acoger al peregrinos, a los indigentes y enfermos, para darles alojamiento, comida y, en ciertos casos, ayuda médica. Muchas de estas instituciones fueron obras impulsadas por laicos, y también fueron éstos, aunque no solo, los que en sus mandas testamentarias dejaron limosnas para familiares desvalidos y para pobres.

También hoy surgen asociaciones -de la Iglesia y privadas (ONGs)-, para ayudar a los necesitados y llenar el vacío de las administraciones públicas. Éstas tratan de paliar lo mejor que pueden el problema, desde el gobierno central a los ayuntamientos. La Junta de Castilla y León, con el apoyo de la oposición, aprobaba hace unos días un Decreto Ley para reforzar la protección jurídica de las cerca de 100.000 personas (40.000 familias) más vulnerables acogidas a la Red de protección. El ayuntamiento de León, que ha visto cómo el número de los que piden limosna por las calles ha aumentado “considerablemente” en el último año, se plantea realizar  “un censo de transeúntes, y un seguimiento para quitarlos de la calle, porque en la ciudad existen muchas asociaciones que pueden atenderlos: la Asociación Leonesa de Caridad dispone de un comedor social con 100 plazas; el Hogar Municipal del Transeúnte cuenta con 20 plazas para que los hombres pasen la noche; Centro de Acogida Diurna municipal, Calor y Café, con 16 camas para hombres y 4 para mujeres. A estos se pueden añadir el Centro de Día de Cáritas, la  Asociación Leonesa de Caridad y San Vicente de Paúl; Centro de Día de Cruz Roja; y otras. Así podríamos seguir en esta ciudad, en Ponferrada y en muchos pueblos de nuestra provincia.

El pauperismo no gozó siempre de simpatías entre todos los intelectuales, incluso en los comienzos de la modernidad provocó enconados debates ideológicos. En el siglo XVI el ideal evangélico de caridad, tan arraigado en el medioevo, dejó paso a críticas sobre la pobreza y los pobres. Los reyes aprobaron leyes que la perseguían porque bajo ella y la caridad con frecuencia se ocultaban simplemente vagos ociosos. Mientras en el norte de Europa se tomaban medidas contra los que vivían de la mendicidad, en la España del XVII acabarían triunfando las actitudes y las prácticas que veían en el pobre -y en las limosnas- una forma de santificación. En el siglo anterior, Luis Vives (El socorro de los pobres) había cuestionado que ésta fuera una bendición del cielo; era una calamidad personal y social, que había que prohibir para acabar con el círculo vicioso que engendraba. Solo en Europa le escucharon, los españoles se enzarzaron en una estéril polémica sobre las bondades y desgracias de la mendicidad y la caridad, cuyos principales representantes fueron el dominico Domingo Soto (partidario) y el benedictino Juan de Robles (detractor). Al final, el buenismo, triunfó con lo que el problema en lugar de disminuir, aumentó.

En nuestros días, aun sin la altura intelectual de aquellos debates, se reproducen los enfrentamientos entre los que defienden posturas de dureza (reforma laboral, disciplina salarial, menor influencia sindical, para crear empleo) contra los que no se quitan de la boca la palabra solidaridad, que no es sino una forma laica de la caridad: 15 M, Stop desahucios, y tantos otros que se manifiestan un día si y el otro también. En esto, y solo en esto, parecen coincidir la Iglesia, quizá porque ven en el Papa Francisco a un crítico del capitalismo, al tiempo que ocultan su firme defensor de los ideales evangélicos del amor, es decir de la caridad. Pero mientras en el caso del Papa esa es una postura natural (defiende que por encima de los negocios y de la lógica del mercado está la persona, que tiene dignidad, y por ello ha de participar activamente en el bien común, trabajando: la peor pobreza, dice el Papa, es el paro. Francisco no quiere una Iglesia de pobres, sino pobre y para los pobres), la de aquellos se sustenta sobre el Estado, antes tan denostado por la izquierda, como el que tiene la obligación de proporcionar a los ciudadanos los recursos para vivir. Con esto volvemos a un círculo infernal del que nos podremos salir, y en esas estamos.

 

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