Num: 6456 | Sábado 11 de julio de 2020
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Opinión


Déjenme que les cuente una historia. Es una historia de no hace mucho, de cuando mi padre era aún más joven que yo, que digo más joven, de cuando mi padre era un crío. En el Portugal de aquella época la gente pobre era muy pobre y quien más quien menos se las tenía que apañar como podía ya no para llegar a fin de mes, sino para llegar como fuera al final del día con algo que llevarse al buche. Mi padre no es que tuviera una infancia paupérrima, pero sí que sé, por lo poco que me contó, que a los ocho años tuvo que dejar el colegio para ayudar a traer dinero a casa. Por lo que nos decía siempre fue espabilado y fino trabajando y cogía los conceptos bastante rápido, ya fuera haciendo la plomada para levantar un tabique sin inclinación, o puliendo oro en la joyería. No obstante el joven Serafín, como decía su madre, la abuela que nunca conocí, era especial. A mis casi 42 años y ya con dos o tres canillas asomando por mi ralo pelo, puedo decir que mi padre era ante todo un rebelde. No se callaba ante nadie y de vez en cuando le daban unas ventoladas que lo tenían sin aparecer por casa durante un par de días mínimo, con la consiguiente preocupación de su madre. Decir que mi padre era rebelde no es nada del otro mundo. Todos hemos sido rebeldes y, paradojas de la existencia, los años me han hecho ver que, por lo menos en el caso de mi padre, esa rebeldía innata que tenía ante la vida era fruto de un deseo irresistible de tranquilidad, de paz, de que “le dejasen vivir tranquilo”. La verdad es que nunca lo consiguió, siempre tuvo dentro esa chispa de rebeldía ante la vida que le había tocado vivir. Pero bueno, quiero pensar que, a pesar de todo, supo encontrar ciertos oasis donde pudo hallar, aunque fuera temporalmente, esa ansiada tranquilidad que desde pequeño buscaba. Y también quiero pensar que, gracias a esa búsqueda, vinimos mi hermano y yo al mundo y, como nosotros dos, otros tantos hijos e hijas de portugueses rebeldes que se fueron de sus casas siendo niños y volvieron a los pocos años a su Portugal natal todavía casi imberbes, con dinero en el bolsillo, una mujer y unos críos. El alcalde de Oporto hablaba hace poco de un iberolux, el gran Saramago y algunos intelectuales de un lado y otro de la frontera también defendieron en su día el concepto de transiberismo, ese hermanamiento entre dos naciones que se complementaban geográficamente pero que siempre vivieron una de espaldas a otra. Mi padre y muchos portugueses que fueron a parar al valle de Laciana en los 70 y en los primeros 80 no deberían tener muy claro esa cosa del transiberismo y ni siquiera serían conscientes de ello. Para ellos lo único que importaba era conseguir un trabajo y formar una familia. Y en aquellos años las minas de la MSP ofrecían mucho trabajo y un buen sueldo. Y si a eso le añadimos que las mujeres de montaña pues tienen un no sé qué, que qué se yo, que no se qué decirte, pues ya estaba el terreno más que abonado para que empezaran a surgir las manifestaciones físicas de ese concepto tan teórico llamado transiberismo. Yo soy transibérico, además mis apellidos me delatan: Silveira Álvarez. Que más español que un Álvarez y más portugués que un Silveira. Pues como mi hermano y como yo, hubo otros tantos tantos y tantas, y los Álvarez, Méndez, Rodríguez, etc. se mezclaban sin ningún pudor con los Teixeira, Da Mota, Dos Reis … Todavía recuerdo los veranos en Oporto, en la playa o en casa de mis tíos y tías, con mis primos y primas portugueses hablando cada uno en su idioma, y entendiéndonos, llegando a mezclar, con el paso de los días, palabras en portugués y español en la misma frase, y, lo que era más fascinante aún, entendiendo todo lo que nos decíamos. Llegamos a inventar un idioma nuevo: El Portuñol. Como nos divertíamos, la verdad. Han pasado ya los años y los transibéricos de Laciana ya andan por la segunda y la tercera generación. Seguro que muchos de nosotros ni nos habíamos planteado que somos el ejemplo vivo de lo que Saramago tanto anhelaba, hijos e hijas de España y Portugal, Portuñoles, la manifestación carnal de ese sentimiento transnacional que alentaban algunos a uno y otro lado de la frontera. La verdad es que, en lo que a mi concierne, me he criado como español, con algún acercamiento a la cultura de mi padre, aunque escaso, y durante muchos años incluso ignoré la vertiente lusa de mi sangre. Ha sido a raíz de la muerte de mi padre, tres años ha, que he ido tomando conciencia de lo que soy, tan portugués como español, aunque soy más de Messi que de Cristiano, una cosa no quita a la otra. Pero sí que tengo claro que si ahora mismo me pidiesen que, a modo de despedida de este artículo, cantase algo, no me iría ni por un fado ni por una copla. Cantaría aquello tan bonito de….. Yo soy portuñol, portuñol, portuñol, yo soy…

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