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Opinión


9 de julio de 2015

Posdemocracia

Por Juan Manuel de Prada


 

Resulta admirable que alguien como José Miguel Ortí Bordás, quien llegara a ocupar puestos de altísima responsabilidad durante la llamada Transición, haya tenido el arrojo intelectual de escribir libros como Oligarquía y sumisión o, más recientemente, Desafección, posdemocracia, antipolítica (Ediciones Encuentro), en los que se atreve a denunciar las múltiples lacras que se han ido adueñando de la democracia. La lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica se torna en la presente coyuntura necesaria y dilucidadora por su rigor crítico, su impulso regenerador y su patriotismo.

Especialmente brillante se nos antoja el capítulo en el que Ortí Bordás analiza la emergencia de lo que demoniza «posdemocracia», forma política degenerada que no es sino el fruto predilecto de la ponzoñosa posmodernidad. Todas las enseñanzas de la tradición que la modernidad ya se había ocupado de cuestionar, hostigar y alancear se han desmoronado en la posmodernidad, arrojándonos a una orfandad que sólo podemos combatir con una suerte de frivolidad lúdica. Inmersos en el caos y el desconcierto (pero un caos apacible y un desconcierto amuermado), después de renegar de cualquier guía o autoridad (y convencidos de que cada quisque puede constituirse en autoridad de sí mismo), los hombres posmodernos nos hemos amorrado a los mass media, hemos cedido a los reclamos publicitarios, nos hemos dejado halagar por los entretenimientos más fútiles y nos hemos ensimismado en la contemplación de nuestro propio ombligo, mendigos de una juventud que queremos alargar grotescamente en el quirófano o mediante el cultivo de aficiones patéticas. Y, por supuesto, celebramos como grandes conquistas humanas la fragmentación de las ideas, la cultura entendida como mero consumo de baratijas perecederas, el pluralismo de las subculturas, la sumisión a las modas, la celebración idiotizante de cualquier novedad y la exaltación de la propia voluntad, pues el hombre posmoderno, cual chiquilín emberrinchado, se siente autorizado para hacer cualquier cosa con tal de satisfacer sus caprichos y apetencias.

Entretanto, el mundo se ha empequeñecido y a la vez homogeneizado, gracias a los avances tecnológicos y la conversión de los pueblos en masas alienadas (lo que más finamente se denomina «ciudadanía»): todos aspiramos a las mismas cosas, al mismo estilo de vida, a los mismos placebos que mitiguen nuestro sinsentido vital, con el mayor placer y el mínimo esfuerzo. Cualquier aspaviento ideológico o estético, cualquier moda adventicia se convierte en religión de temporada: hoy es un partido populista constituido con saldos y retales de las tertulietas televisivas más casposas, mañana un escritorcillo sin fuste alguno que escribe una crónica de sus excesos juveniles, pasado mañana tal o cual tendencia metrosexual o hipster, según impongan los gurús, porque ya sólo somos zascandiles arrastrados por corrientes globales.

Así florece la posdemocracia. Ortí Bordás la define como una ficción política, una parodia o caricatura, «una situación política supuesta y nominalmente democrática de la que ha sido extraditado el pueblo»; y también como «la gran coartada de la oligarquía». En esta posdemocracia, los poderes oligárquicos pueden hacer lo que libérrimamente desean sin estar sometidos a más voluntad que la suya propia, sabedores de que los nuevos núcleos representativos que surgen del pueblo reducido a masa alienada son informales y efímeros, narcisistas y de fuerzas que se disipan con la rapidez del champán o del trending topic. El hombre posmoderno se ha convertido en un hombre de vidrio, escrutado y fiscalizado por el poder que, para mayor inri, se siente indefenso y desvalido cuando le falta esa fiscalización. Son las ventajas de tratar citamos a Ortí Bordás con «un individuo enamorado de sí mismo, medularmente materialista, anclado en el presente y sin más horizonte vital que el disfrute del bienestar y el ejercicio de lo que considera sus derechos inalienables e ilimitados». Allá donde las raíces son negadas, donde los vínculos se consideran un estorbo y la sociedad desarticulada y hedonista se configura como una suma de egoísmos irresponsables que rechazan la búsqueda del bien común, la posdemocracia halla su caldo de cultivo óptimo. Porque nada es más fácil para el poder que halagar necios intereses particulares, para domesticación de masas incapaces para cualquier compromiso fuerte y común.

«Es muy probable acaba afirmando Ortí Bordás que la posdemocracia sea una dictadura dulce, o una autocracia con urnas». Recomiendo muy encarecidamente la lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica.

 

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