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Opinión


25 de agosto de 2022

Quintos que no querían ir al ejército


Hace muchos años leí en un interesante libro sobre la Guerra de la Independencia en Astorga, cuya autora es María del Carmen Gómez Bajo. En el mismo se dice que alguno de los libros publicados sobre este tema, era en realidad una “poetización” de la citada contienda militar. Estoy totalmente de acuerdo. A menudo, el historiador de turno ha tendido a contar la Historia no como realmente ocurrió, sino como le hubiese gustado que sucediera. La Historia se ha utilizado a menudo para adoctrinar a quien la lee. Así las cosas, nada tiene de extraño que a menudo se haya hablado de soldados valientes que iban con entusiasmo a la guerra. Sin embargo, muy a menudo no ha sido así.

Como aficionado desde hace décadas a investigar la historia local, me encontré hace ya años en el Archivo Diocesano de Astorga con unas listas de soldados, o mejor dicho reclutas, que estaban preseleccionados para ir a luchar (obviamente) contra los ejércitos de Napoleón. Los hechos debieron suceder entre junio de 1808 y junio de 1809. Eran, por lo que veo, mozos de Castropodame, muy jóvenes todos (21 años o menos creían tener). Hay muchos detalles que conozco sobre ese llamamiento a filas, ya en parte publicados hace años; pero lo que más me llamó la atención, es que casi todos ponían alguna excusa para no ir a la guerra. La impresión que se tiene al leer con calma esos documentos es que casi todos querían “escaquearse”, como se decía cuando hice el servicio militar.

Esta actitud debió ser bastante generalizada en el Bierzo ante la conocida como Guerra de la Independencia, aunque ello no implica que también hubiese mozos que tuviesen una actitud más patriota. Arsenio García Fuertes, en un trabajo de investigación sobre la Guerra de la Independencia (Revista del I.E. Bercianos. Nº 34.Año 2009), relata como el proceso de reclutamiento presentó dificultades, ya que a muchos “el patriotismo se les enfriaba en el momento de tener que partir a la guerra”. Añade el citado investigador que algo similar sucedía en otros países de Europa.

Los episodios (puntuales pero diversos) que conozco afectan en general a la historia de Castropodame; pero no han de diferir mucho de otros. Debían suceder ante cualquier solicitud para ir a la guerra o simplemente al ejército. Citaré sólo algunos. Muchos tienen relación con la llamada Guerra de Sucesión que en los primeros años del siglo XVIII se libró en España y que lógicamente también afectó al Bierzo.

En 1706-1707 llegó al pueblo una orden de “Su Majestad, que Dios guarde”, pidiendo que todos los hombres capaces de empuñar armas fuesen a luchar a la ciudad de Salamanca. La orden afectaba a hombres solteros y casados, y sin distinción de estamento social. Algunos de los llamados se amotinaron y hubo cierta violencia. Fue preciso encerrarlos en la cárcel hasta que pudieron ser enviados a dicha ciudad. Debían ponerse a las órdenes de D. Antonio de la Vega y Acevedo, teniente general de Castilla la Vieja.

El caso es que en el verano del año 1706, cinco soldados de Castropodame (constan nombres y apellidos), tras partir a la citada ciudad, regresaron al pueblo de improviso alegando que al llegar a Salamanca la ciudad ya se hallaba ocupada por el enemigo. El problema es que regresaron sin la debida orden de licencia (fueron alistados por un período de dos meses) y entonces el juez de Castropodame les hizo detener y encarcelar para que volviesen de nuevo al ejército. Por lo que sabemos, pudieron no obstante eludir la cárcel, pero eso sí, tras hallar a alguien que fuese su fiador. Este fiador se comprometió a entregar al prófugo cuando la Justicia lo reclamase y, en su defecto, el propio fiador debería ir a la guerra. Entonces no se andaban con bromas, por lo que parece. Es una lástima que los protagonistas no hayan dejado escrito alguno de su experiencia. Volver desde Salamanca a Castropodame en 1706 no debería ser tan sencillo.

La práctica de encerrar en la cárcel a los llamados a filas para evitar deserciones debía ser bastante habitual. Está documentado un suceso similar antes de 1705. En otras poblaciones ocurría algo similar. En Ponferrada, por ejemplo, en 1711 un tal Manuel Pérez estaba preso en la cárcel de dicha villa, a la espera de ir al servicio militar. En 1713 otro individuo de nombre Pedro Rodríguez y residente en Congosto se hallaba preso en la cárcel de Ponferrada a la espera de ser enviado al servicio real.

Las excusas y reticencias para enviar hombres al ejército también se ponen de manifiesto en un alistamiento que tuvo lugar en febrero de 1745. En este caso afectaba a las poblaciones de Molinaseca y Castropodame. Se pidieron tres soldados. Castropodame alegó que en el cupo de Molinaseca ya había sirviendo un soldado de Castropodame, llamado Joseph Narcellas, y que por tanto sólo habría de enviar dos más. Las autoridades de Molinaseca presentan la relación de mozos solteros de ese pueblo. Eran ocho. Por parte de Castropodame eran 17 los candidatos. Tras una serie de trámites, se pide que se hagan las alegaciones pertinentes. Todos los de Molinaseca alegaron algo, o se les observó algún defecto para ser excusados. Todos menos un tal Juan Valcarce, hijo de padres desconocidos. Lo único que alegó es no tener aún 18 años, aunque no aportó documentación que lo acreditase. Con los de Castropodame sucedió otro tanto. Sólo uno, de nombre Francisco Cuadrado, carecía de excusa. En consecuencia, se acordó admitir a esos dos alegando que no había lugar, dadas las circunstancias, a realizar ningún tipo de sorteo y añadiendo que aunque al presente tenían poca estatura, parecía que en adelante si la tendrían. En una palabra, que de 25 presentados a duras penas se pudo escoger a dos.

Molestias a los vecinos

Es comprensible que hace siglos eso de ir lejos de tu pueblo a luchar en guerras cuyas motivaciones resultaban completamente desconocidas no resultase nada agradable. Pero es que, además, al resto de los vecinos los gastos militares tampoco debían hacerles mucha gracia. A modo de ejemplo puedo citar la queja que se hizo constar en fecha 23 de febrero de 1713, en Ponferrada, en una reunión a la que asistieron representantes de Castropodame, Pradilla, Préstamo de Tabladillo, Fonfría, Riego, El Acebo, Cobrana, Bembibre y pueblos de su señorío, y cuyos detalles se recogen en un documento del A.H. Provincial de León.

Entre las partidas de gastos de los concejos de los pueblos de siglos atrás debe haber infinidad de alusiones a gastos ocasionados por campañas militares. Los he visto a partir de las primeras décadas del siglo XVII. Incluso había que comprar armas para darlas a los soldados que iban al servicio de Su Majestad y repararlas. Eran en realidad bienes que pertenecían al concejo del lugar. El dato más antiguo que conozco a este respecto es del año 1641, pero es a partir de 1675 cuando son más abundantes. No obstante, creo que el investigador José Diego R. Cubero tiene datos más antiguos y referidos no sólo a Castropodame, sino a otros varios pueblos bercianos. Era preciso asimismo dar dinero, e incluso ropa y calzado, a los soldados que el pueblo debía aportar.

Además, los vecinos debían asistencia a los ejércitos, colaborando con sus medios de transporte (carros, por ejemplo) o facilitando raciones de comida para los animales. En alguna ocasión los concejos se quejaban de esos gravámenes. Los pueblos del entorno de Castropodame se veían obligados a ir con sus medios de transporte a lugares como Molinaseca, Riego o El Acebo para auxiliar al Ejército, que en los años finales del siglo XVIII y comienzos del XIX solía utilizar la ruta de Manjarín para ir de Galicia a Castilla. Asimismo, hay constancia del paso por la otra vía, es decir, la que iba desde Bembibre a Congosto y Cobrana.

No obstante, y para no dejar cabo suelto alguno, añado que incluso en tiempos tan recientes como la II República Española hay constancia de la asistencia del vecindario a la fuerzas armadas. En 1934, el alcalde del Ayuntamiento de Castropodame comunica al pedáneo de la localidad que tropas del Ejército pernoctarían en el pueblo el 25 de febrero y que hay que preparar alojamientos y que conviene comunicarlo en concejo público al vecindario. Eso sí, se puntualiza que, como en las casas no podrán alojarse todos, se habrán de utilizar los pajares.

Para finalizar quiero puntualizar que en este asunto, como en cualquier otro del pasado, la realidad tuvo múltiples caras. Por ello no sería justo afirmar que los llamados a filas eran cobardes siempre o que no querían servir al Rey (como entonces se decía), o que los concejos de los pueblos y los vecinos se negaban por norma a colaborar con los ejércitos. Yo conozco muchos otros datos relacionados con este tema y que debería revisar con más calma, y lo que es mas importante, me consta de modo fehaciente que, al menos en lo que respecta al municipio de Castropodame, hay una enorme cantidad de datos del siglo XIX y posteriores que aún nadie, que yo sepa, ha analizado.

No estaría de más por tanto hacer un análisis de la otra cara de la moneda, resaltando la actitud patriótica y la colaboración de la población con los ejércitos. Pero esto habría de ser en otro artículo.

Guerra de Sucesión. / Wikimedia Commons

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