Num: 6458 | Lunes 13 de julio de 2020
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Un robo sacrílego dio lugar en la Ponferrada del siglo XVI a uno de los milagros acaecidos en España

Un vecino de la calle Rañadero robó una custodia de plata, pero le delataron "unas palomas" y "luces sobrenaturales": el milagro eucarístico de Ponferrada. Ahora se quiere construir una ermita conmemorativa en el lugar de los hechos

La ermita estaba situada donde el actual edificio de Telefónica

Juan de Benavente vivía en la popular calle del Rañadero con su esposa Leonor Fernández. Juan no era natural de Ponferrada, pero estaba bien integrado en la actual capital del Bierzo, donde se dedicaba a la cría y venta de perros para vigilancia y caza, mientras su mujer por su parte, comerciaba con mostaza. No hay constancia de que les fuese mal en los negocios, así que “tuvo que ser el demonio de la avaricia el que hizo concebir en la mente del hombre un robo sacrílego”, cuenta la tradición, recogida por Augusto Quintana Prieto (1917-1996), en su libro de 1952 ‘Un milagro del Santísimo Sacramento’

Un engaño preparado largo tiempo

Todas las tardes Juan rezaba en la antigua iglesia de San Pedro. En este templo, el Santísimo se guardaba en una arqueta de madera y una custodia de plata que desató la codicia de Juan. Dispuesto a hacerse con ella, “con disimulo suficiente para no despertar sospechas, empezó durante semanas a fingir tal devoción eucarística, que tras la jornada de trabajo acudía al templo a rezar a última hora de la tarde, a pesar de las malas caras del sacristán, ya con ganas de echar el cierre”, señala Quintana. Se cuenta que así ganó la confianza del sacristán hasta conseguir que le dejase las llaves, de forma que él pudiese estar en oración hasta muy tarde, devolviéndoselas luego en su casa.

Tras repetir esa operación varias veces, convirtiéndola en habitual, llegó el momento del robo. “Una noche, ya solo ante el tabernáculo, tomó el tesoro y huyó deprisa. El plan consistía ahora en deshacerse de la arqueta de madera, esconder la custodia, y cuando todo se hubiese olvidado, venderla en uno de sus frecuentes viajes a Castilla”.

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Tres impedimentos sobrenaturales

Pero todo empezó a salir mal en cuanto empezaron a intervenir factores sobrenaturales. Él mismo contaría después que cuando quiso tirar la arqueta y las Sagradas Formas al cercano río Sil,  en un campo próximo a los molinos, llamado el Arenal, “una fuerza desconocida le impidió reiteradas veces separarlas de su cuerpo”. Preso de un temor reverencial que a Juan -cristiano al fin y al cabo- le había invadido desde el principio al llevar consigo el Cuerpo de Cristo, y consciente de que algo anormal e imprevisto sucedía, se llevó a casa el producto de su robo y lo escondió debajo de la cama.

Fue todavía peor, porque enseguida su mujer -ajena al delito- y él comprobaron que debajo de ellos brotaba una luz maravillosa e incomprensible. “El pánico invadió al ladrón, que, sin poder conciliar el sueño por la mala conciencia y la certeza de la sobrenaturalidad de esa iluminación, no tardó en levantarse, coger la arqueta y caminar un buen trecho de nuevo hasta el campo de el Arenal, entre el río Sil y los molinos,  donde la arrojó en un denso zarzal. Inquieto por su pecado pero aliviado ante lo que creía el fin definitivo de unos problemas con los que no había contado, volvió a su hogar y  pudo al fin dormir.

Cuando a la mañana siguiente el sacristán descubrió el robo, la ciudad quedó horrorizada ante el blasfemo atrevimiento del ladrón. Las autoridades iniciaron sus pesquisas, pero nadie sospechó de Juan, quien  destacaba entre quienes pedían que al criminal se le cortasen las manos. En la España de 1533 nadie podía imaginar que una ofensa pública a Dios tan grave quedase impune si el responsable era atrapado, y además de las pertinentes averiguaciones se sucedieron los actos de desagravio.

Mientras, él intentó infructuosamente salir de Ponferrada en varias ocasiones para vender la custodia y obtener el botín deseado. Pero también de manera inexplicable, cada vez que cogía el camino, sin saber muy bien cómo terminaba de nuevo llegando a los pies del majestuoso castillo templario de Ponferrada. Se hallaba sobrenaturalmente atrapado en sus límites.

Cuadro del milagro sito en la actual Iglesia de San Pedro de Ponferrada
Cuadro del milagro sito en la actual Iglesia de San Pedro de Ponferrada

Palomas y luces sobrenaturales

Ya empezaba a olvidarse el suceso, cuando los vecinos, se dieron cuenta de que en el campo de el Arenal, junto a un denso zarzal, una persistente bandada de palomas blancas parecía haber hecho un insólito asiento. Tanto, que se entretenían tirando contra ellas a ballesta, sin conseguir matarlas ni espantarlas. Es más: de noche, de aquel lugar poco accesible surgía una luz.

Hasta que un molinero que vivía cerca llamado Nogaledo decidió ir a escudriñar el terreno… e hizo el hallazgo de arqueta con las hostias que milagrosamente llamaban la atención.

La confesión del culpable

Corrió a dar la alerta, gritando: ¡Milagro, milagro!  Y pronto acudieron cientos de vecinos al lugar. Quedaron de rodillas custodiando el lugar hasta que el rector de la basílica de la Encina organizó una procesión solemne para recoger las Sagradas Formas. Cuando lo hizo, las palomas desaparecieron como por ensalmo y nunca volvieron. (El cuadro que representa ese momento se conserva hoy en la actual iglesia de San Pedro, inaugurada en 1962.)
Juan de Benavente, desquiciado ya por los remordimientos, empezó a destacarse de tal forma exigiendo justicia y los peores castigos para el culpable, que despertó las sospechas del corregidor, quien le hizo detener. En ese momento el hombre recobró la serenidad: “¿Vuestra Merced prenderme por el hurto del Santísimo Sacramento? Pues yo lo hice, señor. Y pues el cuerpo lo hizo, el cuerpo lo pague en este mundo, dándome vuestra merced el castigo que merezco, que yo confesaré todo lo que hubo”.

La frase consta textualmente, con apenas variaciones, en boca de todos los testigos del bien documentado suceso, y así lo refiere el sacerdote Augusto Quintana Prieto.

Juan de Benavente fue ejecutado y, tal como había exigido él tantas veces, antes le cortaron las manos. Pero murió “como muy buen cristiano” arrepentido de su acción y tras confesarse y ponerse en paz con el Dios cuyo Cuerpo había profanado. Su mujer le sobrevivió treinta años, soportando el estigma de ser la viuda del profanador.

Proyecto de futura ermita
Proyecto de futura ermita

La vieja ermita y los milagros posteriores

En el lugar de los hechos se erigió una ermita consagrada al Santísimo Sacramento, que fue durante cuatro siglos y medio testigo del crecimiento de la ciudad, de tal forma que su ubicación, periférica en el siglo XVI, pasó a ser central. En 1970 fue derruida para la ejecución del plan urbano que modernizó el barrio llamado de Las Huertas del Sacramento.

Pero en muchos ponferradinos quedó su recuerdo, y se constituyó hace años una asociación por la reconstrucción de la ermita que está a punto de ver conseguido su objetivo. Han logrado la aprobación del Ayuntamiento y, en diciembre de 2012, la cesión de los terrenos para su edificación en el mismo lugar donde estuvo. Diversas empresas locales han aportado buena parte de la financiación precisa, 117.800 euros.

“Admiración y piedad”

Aquel milagro supuso durante muchos años, cuenta Quintana Prieto, un renacer de la devoción eucarística en el Bierzo. La ermita sirvió de forma privilegiada a ese propósito como centro de adoración y destino de romerías, y se atribuyeron a aquel terreno, bendecido por el contacto con el sacramento -paradójicamente gracias a su profanación-, diversos milagros: “Muchas personas enfermas y acalenturadas, yendo primero en romería a la dicha ermita, sacaban tierra de allí, haciendo oraciones, y ponían en unos paños aquello, y milagrosamente recibían salud. Y en agradecimiento de la merced que nuestro Señor les hacía de darles salud, volvían allí los paños con la dicha tierra y los ponían en la cruz que estaba a la puerta de la misma ermita”, explicó en 1616, durante una investigación al respecto, uno de los vecinos, Pedro de Lorenzana.

También ahora la reconstrucción verificará lo que contó don Augusto de la primera edificación del pequeño templo: que “la construcción de la ermita pudiera constituir lo que llamaríamos manifestación externa de admiración y piedad por los milagros eucarísticos que en el campo de el Arenal tuvieron lugar”, se explica en la estampa que la Asociación ProErmita del San Sacramento reparte desde hace tiempo.

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