Num: 6917 | Viernes 15 de octubre de 2021
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Opinión


El sábado último, numerosas ciudades españolas fueron escenario de multitudinarias manifestaciones, convocadas por más de cuatrocientas asociaciones en defensa de la vida, en las que no sólo denunciaban la “cultura de la muerte”, tan del gusto de cierta sedicente izquierda en el pasado siglo, sino que daban un sonoro “Sí a la Vida”. La mayoría de estas asociaciones son laicas, aunque muchas se inspiran en el humanismo cristiano, término que ha reaparecido en la prensa últimamente y que, en épocas de crisis moral como la que vivimos, tendrá un eco cada vez mayor.

El pasado 17 de febrero se presentaba en un hotel de Ponferrada el nuevo formato de Bierzo Digital, periódico que busca abrirse un hueco en este tipo de prensa. Ante un público numeroso y heterogéneo, en el que no faltaba una nutrida representación del PP y PSOE, su director y editor, Alejandro García Nistal, sin cortarse un pelo, con la valentía y compromiso que le caracterizan, habló del humanismo cristiano como ideario del mismo. Con los tiempos que corren es insólito, y a la vez reconfortante, que un periódico se declare tan explícitamente cristiano, algo que no parece muy políticamente correcto. Quizá es que ya es hora de acabar con lo políticamente correcto cuando amordaza la libertad de expresión.

Ese mismo viernes en Sevilla se abría el XVIIº congreso del Partido Popular en el que, además de elegir a la nueva dirección, con Mariano Rajoy al frente, se discutió y aprobó el programa del partido y las bases ideológicas del mismo. Una de las cuestiones debatidas fue la moción presentada por Cristina Cifuentes, delegada del gobierno en la comunidad de Madrid, de eliminar de su ideario el humanismo cristiano, moción que fue rechazada por amplia mayoría; es decir, que el PP, partido laico, reconoce en sus estatutos que el humanismo cristiano forma parte irrenuncible de su ideario y de su concepción de la vida.

Pocos días después, en Ponferrada, los populares pusieron a prueba su compromiso con tal ideario, al rechazar una moción presentada en el ayuntamiento por el grupo socialista con motivo del Día de la Mujer. La moción incluía varias cuestiones con las que ambos grupos estaban de acuerdo; pero una de ellas fue vista por el PP como un ataque directo contra el proyecto del gobierno de modificar la ley del aborto, aprobada por el gobierno de Rodríguez Zapatero en la anterior legislatura, especialmente en lo que se refiere al derecho de las niñas de 16 años de poder hacerlo sin el consentimiento de sus padres e incluso sin informarles. Con esto no podían estar de acuerdo los populares y por ello votaron en contra. Aquella moción y lo las manifestaciones del pasado sábado me suscitan estas reflexiones.

La primera se refiere a la justificado o no de llevar este tipo de propuestas a un pleno municipal, cuando sabemos que se trata de competencias del parlamento y no de los corporaciones locales. De todos modos, parece más aceptable que las algaradas callejeras, la instrumentalización de los estudiantes, las posturas vocingleras de los sindicatos, callados durante años, corresponsables de un paro de cinco millones de trabajadores, que a los tres meses de toma de posesión de un gobierno del PP, salen hoy a la calle con una huelga política injustificada contra la reforma laboral. La izquierda socialista y comunista se une, o instrumentaliza, a los indignados para deslegitimar la mayoría absoluta del PP. La historia se repite pero ahora, como diría Marx, como comedia: la huelga ni es verdaderamente huelga ni, por supuesto, general, porque para eso harían falta sindicatos de clase y no los verticales herederos del franquismo que hoy hay.

La moción presentada por los socialistas fue derrotada por el voto de calidad del alcalde al empatar por la ausencia de un concejal socialista. Según la prensa, el alcalde Carlos López Riesco deploró tal ausencia y, por tanto, la victoria. Le he dado vueltas a las palabras del alcalde porque no logro entenderlas bien. No sé si, en su magnanimidad y espíritu democrático, reconocía que la victoria no era legítima, pues de haber estado presentes todos los concejales socialistas, estos no la hubieran perdido -desconocemos si el concejal socialista se ausentó por obligación o por devoción, nada se dice de eso-; o por el contrario, no se sentía cómodo con la victoria, pues hubiera preferido la derrota por no estar de acuerdo con su partido, aunque por disciplina votó en el sentido señalado. Quiero pensar que fue por lo primero y no por lo segundo; es decir, que votó por convicción.

La posturas en torno del aborto están enfrentadas en todos los grupos políticos, también en el PP, partido en el que algunos militantes lo defienden, como hay socialistas que lo rechazan. Un ejemplo claro de lo primero lo han dado los cinco concejales de IAP, con Ismael Álvarez al frente. El empate no se produjo por los socialistas presentes, sino porque los cinco concejales de IAP votaron a favor de la propuesta socialista. Antes de la campaña electoral del mes de mayo, Ismael Álvarez luchó con denuedo por desbancar a Carlos López Riesco como cabeza de lista del PP, se consideraba más legitimado pues él había sido alcalde anteriormente por ese partido. En todo momento afirmó ser del PP y que sólo por el rechazo a su candidatura se presentaba bajo otras siglas. Será ideológicamente cercano al PP pero en algo tan sustancial como el aborto vota con los socialistas.

A la sesión faltó un socialista y ya he dicho que desconozco si lo hizo por obligación o por devoción, es decir que no estaba de acuerdo con la moción. Sabemos, porque así lo confesaron algunos públicamente cuando se tramitó la ley, que no todo el PSOE estuvo de acuerdo con ella, que hubo socialistas que discreparon con dureza, al menos sobre el derecho de una menor a abortar sin conocimiento de sus padres. Tanto el alcalde como el portavoz de la oposición, Samuel Folgueral, se refirieron a este punto, uno para oponerse resueltamente, el otro para justificarlo con el peregrino argumento de que “si la naturaleza permite a una mujer ser madre, también se le debería permitir decidir si quiere serlo”. La naturaleza permite muchas cosas, incluso ser madre a los 10 o 12 años, y también en ella se habla de la ley del más fuerte, pero en el Derecho no.

La confusión mental que algunos tienen les lleva a pensar que la defensa de la vida y, por tanto, la oposición al aborto es una cuestión religiosa y de derechas; por el contrario defender el aborto es una actitud progresista y de izquierdas, lo que probablemente sea cierto, pero de una izquierda extravagante habría que decir. Estoy en contra del aborto y no por razones estrictamente religiosas. Lo estoy, en primer lugar, por razones demográficas y sociológicas. No es ninguna casualidad que el descenso de la natalidad en España, la más baja del mundo, coincida con los años de vigencia de la ley del aborto que son, al mismo tiempo, aquellos en que más número de inmigrantes hemos necesitado para nuestra economía. Esto, a su vez, tiene otro correlato en el número de personas que han adoptado niños en el extranjero. En este último caso, es evidente que hay muchas familias que estarían dispuestas a acoger en adopción a los niños no deseados y que, por tanto, el aborto no es la única solución a ese problema.

Pero esto, al fin y al cabo, no son más que argumentos marginales. La razón principal del rechazo es el derecho a la vida, que el aborto conculca en el caso del más indefenso. Se quiere contraponer el derecho del nasciturus a que efectivamente nazca, con el supuesto derecho de la madre a abortar, es decir a destruir una vida (los datos científicos avalan esa vida desde la concepción, pero cuando se realizan abortos de varios meses lo que encontramos, en las clínicas que lo practican, además del negocio, son niños con todos sus órganos bien visibles) que es diferente a la suya aunque necesaria para su desarrollo, como lo sigue siendo después de nacer. Algunos, llevando la argumentación del aborto a sus extremos, hablan incluso de legalizar el infanticidio (propuesta de los bioeticistas Giublini y Minerva en la revista británica Journal of Medical Ethics), como ya hacían en la Antigüedad los espartanos. Si el niño nace con taras o simplemente no nos gusta, lo arrojamos desde el Taigeto, al fin y al cabo puede considerarse un derecho de los padres, que niños con taras limitan y coartan, o, como en Esparta, del Estado.

La colisión de estos derechos -suponiendo el de la mujer- debería resolverse siempre a favor del nasciturus, que es lo verdaderamente progresista. Este supuesto derecho de la mujer a abortar es la consecuencia más nefasta de la ideología de género, que el anterior gobierno de Rodríguez Zapatero impulsó y defendió, con un aumento del número de abortos verdaderamente escandaloso, más de 100.000 al año. El cambio de paradigma que ha introducido en el debate el ministro Ruiz Gallardón es muy importante y revelador de cómo está cambiando la percepción del problema por aquellos que, hasta no hace mucho, defendieron el aborto. El derecho de la mujer no ha de ser a abortar sino a poder dar a luz en las mejores condiciones, con el mejor trato social y personal. Un dato elocuente de esto es que más del 90% de las mujeres que reciben ayuda, por ejemplo de Red Madre, deciden no tener a sus hijos. El aborto no ha de ser un delito pero tampoco un derecho.

La Iglesia defiende el derecho a la vida ¡pues que bien!, como yo y como otros muchos españoles, católicos o no. Lo más llamativo de las manifestaciones del sábado es que los que se manifiestan con un Sí a la Vida son jóvenes, cada vez más jóvenes, mientras que los defensores del aborto son cada vez más viejos, aquellos que tuvieron algo que ver en su juventud con el espíritu del 68 o con el de la transición democrática. Creo que este aspecto sociológico debería hacer reflexionar a una izquierda que, como ha ocurrido en Andalucía en las pasadas elecciones autonómicas, empieza a estar integrada y a ser votada por lo más retrógrado de la ciudadanía. La historia es un proceso dialéctico y algunos todavía no se han enterado de que, como decía Heráclito, todo fluye; hasta los viejos rockeros, los tópicos y las consignas no resisten el paso del tiempo. ¡Algo está cambiando!.

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